FutbolPublished 4 months ago 8 min read

De Pelé a Messi: los 50 años de intentos por conquistar el corazón deportivo de Estados Unidos

El fútbol lleva medio siglo tratando de abrirse paso en el mercado deportivo más poderoso del mundo, entre barreras culturales profundas, estrellas importadas y un Mundial en 2026 que puede cambiarlo todo.

La relación entre el fútbol y los Estados Unidos es, cuando menos, peculiar. No se trata de una historia de indiferencia pura ni de amor incondicional, sino de un vínculo complejo, lleno de matices, avances y retrocesos, que lleva más de cinco décadas intentando encontrar su lugar definitivo. Con el Mundial de 2026 en el horizonte, ese proceso vive su momento más decisivo.

El soccer crece de forma sostenida en popularidad en territorio norteamericano, pero choca contra una muralla cultural que frena su expansión masiva. En un país donde el football americano funciona casi como una religión y el béisbol lleva más de un siglo siendo llamado "el pasatiempo americano", el fútbol ocupa todavía un lugar secundario en el imaginario colectivo. Las brechas de popularidad con los deportes dominantes siguen siendo enormes, aunque se van reduciendo con cada ciclo.

El origen del término "soccer": una historia que no nació en América

Una de las fricciones más visibles entre los aficionados globales del fútbol y los estadounidenses es el propio nombre del deporte. Para el mundo, es football. Para los americanos, soccer. Pero el origen de esa palabra tiene una historia que muy pocos conocen y que obliga a revisar los prejuicios.

A mediados del siglo XIX, el término football era una denominación genérica que englobaba varios deportes practicados a pie, diferenciándose así de los juegos ecuestres asociados a la aristocracia. A medida que el fútbol y el rugby ganaban forma propia, surgió la necesidad de distinguirlos con nombres específicos. En 1880, en la Universidad de Oxford, se acuñaron los términos "rugger" para el rugby y "soccer" para el fútbol, tomando el sufijo del término association, como en Association Football.

Fue el propio Reino Unido quien exportó ese término hacia los Estados Unidos durante el siglo XX, especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el deporte comenzó a practicarse con mayor regularidad en suelo americano. Más tarde, los británicos abandonaron el uso de soccer precisamente para diferenciarse de los norteamericanos, reservando el término football de manera exclusiva. Estados Unidos, en cambio, mantuvo el nombre con el que conoció el deporte, y lo conserva hasta hoy. En ese sentido, la llamada "barrera del nombre" tiene un origen europeo, no americano.

Un deporte de niños que pierde adeptos en la adolescencia

El fútbol es el deporte juvenil más practicado en los Estados Unidos. Millones de niños y niñas lo juegan cada fin de semana en parques y canchas de todo el país, atraídos por su accesibilidad, el bajo coste del equipamiento necesario y la percepción de ser un deporte de menor riesgo físico que el football americano o el hockey sobre hielo. Sin embargo, existe un problema estructural: esa práctica masiva no se traduce en seguimiento adulto ni en consumo del producto profesional.

El motivo tiene raíces en el propio modelo deportivo estadounidense. En EE.UU., el deporte juvenil está profundamente ligado al sistema educativo y universitario. El camino hacia el profesionalismo es largo y casi siempre pasa por la universidad, donde los jóvenes pueden llegar a competir hasta los 21 o 22 años antes de dar el salto a una liga mayor. En el fútbol global, ese modelo es radicalmente diferente: las academias de los clubes forman jugadores desde los 8 o 10 años, y es habitual que un talento debute en el fútbol profesional con 17 o 18 años. Casos como el de Lamine Yamal, figura mundial con apenas 16 años, ilustran una dinámica completamente ajena al ecosistema deportivo norteamericano.

Para intentar cerrar esa brecha, varios clubes de la Major League Soccer (MLS) han creado academias propias en los últimos años, apostando por la cantera local en lugar de depender exclusivamente del draft universitario. Es un paso en la dirección correcta, aunque las diferencias de nivel y recursos respecto a las grandes academias europeas y sudamericanas siguen siendo considerables.

Pelé, la NASL y el primer gran experimento

A falta de una cantera sólida y de estrellas propias capaces de competir en el escaparate global, la solución norteamericana siempre fue importar el talento. Y el primer gran intento llegó en 1975, cuando la North American Soccer League (NASL) convenció a Pelé, un brasileño de 34 años con tres Copas del Mundo en su palmarés, para jugar en el New York Cosmos.

La apuesta fue histórica. Pelé disputó tres temporadas en Nueva York, llenó estadios, apareció en portadas de revistas y abrió las puertas del fútbol internacional a un país que prácticamente desconocía ese mundo. Tras él llegaron otros nombres ilustres: Franz Beckenbauer, campeón del mundo con Alemania Occidental, el goleador Gerd Müller, el peruano Teófilo Cubillas y el legendario George Best, entre muchos otros.

El experimento, sin embargo, fue efímero. La NASL no logró consolidar una base de aficionados adultos estable ni generar ingresos suficientes para sostener el modelo. En 1985, la liga desapareció. El fútbol en Estados Unidos volvió a cero.

La era Beckham y la figura del jugador franquicia

La Major League Soccer nació en 1996 como parte del legado del Mundial de 1994, disputado en suelo americano. Durante su primera década fue una liga modesta, sin grandes nombres, orientada a consolidar una estructura profesional básica. El punto de inflexión llegó en 2007, cuando David Beckham firmó con el Los Angeles Galaxy.

Su llegada no fue solo un fichaje deportivo: fue el catalizador de una nueva figura contractual, el "jugador franquicia" (también conocido como Designated Player Rule), que permitía a los clubes de la MLS contratar a un futbolista fuera de los límites salariales impuestos por la liga. Era, en esencia, un mecanismo creado para atraer estrellas mundiales.

Y así llegaron, uno tras otro. Thierry Henry al New York Red Bulls, Kaká al Orlando City, Wayne Rooney al DC United, Zlatan Ibrahimovic al LA Galaxy. Nombres que decoraban la marquesina de la liga, que llenaban temporalmente los estadios y que generaban picos de atención mediática. Pero la mayoría llegaba en el ocaso de sus carreras, con 30 o más años, buscando un retiro dorado más que un desafío deportivo real. La MLS ganaba visibilidad, pero no credibilidad competitiva a nivel global.

Messi y el antes y el después

Todo lo anterior, sin embargo, quedó pequeño en comparación con lo que ocurrió en el verano de 2023. Lionel Messi, considerado por una amplia mayoría como el mejor futbolista de todos los tiempos, firmó con el Inter Miami, club cofundado por el propio Beckham y con apenas tres años de vida en el momento del fichaje.

El impacto fue inmediato y sin precedentes. Los índices de audiencia televisiva de la MLS marcaron récords históricos. Las entradas para los partidos del Inter Miami se agotaban en minutos, con precios que se multiplicaban en el mercado secundario. Las camisetas del argentino se convirtieron en las más vendidas de todo el fútbol en América del Norte. Las redes sociales de la liga explotaron. Messi no solo trajo su fútbol, sino también una visibilidad global que el fútbol estadounidense nunca había tenido.

Los números lo confirman: según datos de la propia MLS, la temporada 2023 registró la mayor asistencia media de su historia, superando los 23.000 espectadores por partido. Apple TV+, el socio televisivo de la liga, reportó incrementos sustanciales en suscripciones vinculados directamente a la llegada del rosarino.

El reto de 2026: convertir el impacto en rutina

El fútbol en Estados Unidos ha vivido de impactos puntuales: Pelé en 1975, el Mundial de 1994, Beckham en 2007, Messi en 2023. Cada uno generó un pico de atención real. El problema estructural es que ninguno de ellos ha logrado transformar ese interés episódico en hábito cotidiano, en la forma en que los aficionados al football americano o al béisbol consumen sus deportes semana a semana, generación tras generación.

El Mundial de 2026, que se disputará de forma conjunta entre Estados Unidos, México y Canadá, con la mayor parte de las sedes en territorio norteamericano, representa la mayor oportunidad de la historia para dar ese salto definitivo. Será la segunda vez que el país alberga el torneo más importante del planeta, después de la edición de 1994 que batió todos los récords de asistencia de la historia.

La diferencia es que, en 2026, el ecosistema del fútbol en EE.UU. es incomparablemente más sólido que hace tres décadas. Hay más academias, más jugadores formados localmente, una liga profesional consolidada y, por primera vez, una generación de jóvenes que ha crecido viendo fútbol de primer nivel, primero a través de plataformas digitales y ahora en sus propios estadios gracias a Messi.

El desafío más complejo, como siempre, sigue siendo el mismo: convertir el espectáculo en identidad. Que el fútbol deje de ser una novedad o un evento y pase a formar parte del tejido cultural americano, del mismo modo en que el béisbol acompañó a varias generaciones o la NFL convirtió los domingos en una institución. Ese es el único objetivo que nunca se ha alcanzado. Y 2026 es, probablemente, la mejor oportunidad que el fútbol ha tenido jamás para lograrlo.

Comments 0

With your Google, Facebook or Apple account.
We use cookies to improve and personalize your experience on our site. For more information, read our privacy policy.Accept