Argentina no juega con Messi, juega por él
Argentina no tiene el mejor plantel del mundo; tiene algo que nadie más puede comprar

Hay una ironía deliciosa en que el último capítulo de Lionel Messi con la camiseta albiceleste pueda escribirse este domingo contra España. Porque hace más de veinte años, cuando era un adolescente flaco que deslumbraba en La Masia, la Federación Española hizo todo lo posible por convencerlo de vestir la roja. Tenía los papeles, tenía el club, tenía el futuro asegurado en un fútbol que lo había adoptado; y sin embargo eligió a Argentina, un país que lo había visto partir a los 13 años y que tardaría dos décadas en abrazarlo del todo. La AFA, consciente del riesgo, improvisó amistosos juveniles en 2004 solo para atarlo reglamentariamente. Fue, visto en retrospectiva, la decisión más importante en la historia moderna del fútbol argentino; aunque durante muchos años pareció una condena para ambas partes.
... un ecosistema mediático y futbolero lo señaló como el culpable, el "pecho frío"
El peso de la camiseta
Porque conviene recordarlo: la relación entre Messi y Argentina no fue siempre este idilio que hoy vemos en cada Mundial. Fue, durante más de una década, una historia de desencuentros. El país le exigía ser Maradona; él respondía con un silencio incómodo, con un perfil bajo que muchos confundieron con desinterés. Llegaron las finales perdidas, y con ellas el juicio popular: el Mundial de Brasil 2014, tan cerca y tan lejos en el Maracaná; la Copa América de 2015 en Chile, caída por penales ante el anfitrión; y la más cruel de todas, la del Centenario en 2016, otra vez Chile, otra vez los penales, y esta vez con Messi enviando su remate por encima del travesaño.
Tres finales en tres años consecutivos. Tres derrotas. Y un ecosistema mediático y futbolero que en lugar de sostenerlo lo señaló como el culpable, el "pecho frío", el que jugaba para el Barcelona pero no sentía la celeste y blanca.
Se terminó para mí la selección Lionel Messi
La renuncia que avergonzó a un país
Aquella noche de junio de 2016, en el vestuario del MetLife Stadium, Messi anunció que dejaba la selección. No fue un berrinche; fue el quiebre de un hombre que había dado todo y solo recibía reproches. "Se terminó para mí la selección" fue la frase que recorrió el mundo, y que obligó a Argentina a mirarse al espejo. Habíamos empujado al mejor jugador de nuestra historia, quizás de la historia, a renunciar a los 29 años, en plenitud, por sentirse despreciado en su propia casa.
La reacción fue inmediata y reveladora: campañas populares, murales, el famoso "no te vayas, Lio" convertido en clamor nacional. Volvió semanas después, claro. Pero esa renuncia dejó una marca; fue el punto de inflexión en el que el país entendió que tenía que dejar de exigirle a Messi que fuera un salvador solitario y empezar a construirle un equipo.
La revolución silenciosa
El regreso no fue triunfal de inmediato; hubo que tocar fondo en Rusia 2018 para que llegara la reconstrucción. Y ahí aparece la figura de Lionel Scaloni, un técnico sin currículum que hizo lo que ningún entrenador consagrado había logrado: armar una selección alrededor de Messi pero no dependiente de su genialidad individual, sino de su liderazgo emocional. Llegó la Copa América de 2021 en el Maracaná, la primera estrella en 28 años, ganada justamente en Brasil. Después la Finalissima ante Italia, el Mundial de Qatar 2022 con aquella final inolvidable ante Francia, la Copa América de 2024. Y ahora, a los 39 años, una nueva final del mundo.
El Messi de esta era es otro: canta, encara, discute, abraza, llora. Se convirtió en el capitán que Argentina siempre quiso que fuera, cuando Argentina finalmente lo dejó serlo.
Una selección que juega por él
Y acá llegamos al punto más incómodo, el que nadie quiere decir en voz alta mientras dure la fiesta: Argentina no es, plantel contra plantel, la selección más talentosa del mundo. No lo es. Francia tiene más desequilibrio individual, España tiene más fútbol colectivo y una generación dorada encabezada por Lamine Yamal, Inglaterra tiene más profundidad de recambio. Los nombres argentinos son muy buenos futbolistas, algunos excelentes; pero pongan a Enzo Fernández, a Julián Álvarez, a Mac Allister o a Lautaro Martínez en una comparación fría de mercado y de rendimiento individual contra los planteles europeos de élite, y la balanza no favorece a la albiceleste.
Es un fenómeno futbolístico casi único: un equipo cuya ventaja competitiva no es táctica ni física sino mística
Entonces, ¿cómo se explica lo que estamos viendo? ¿Cómo se explica la remontada ante Egipto, la épica contra Suiza, los dos goles sobre el final ante Inglaterra con Messi asistiendo en ambos? Se explica porque esta selección juega por él. No con él; por él. Cada partido de este Mundial es una misión colectiva con un objetivo emocional: que Messi se vaya como merece. Los jugadores lo dicen sin decirlo, se les nota en cómo lo cargan en andas, en cómo lo miran, en cómo corren los metros que él ya no puede correr. Es un fenómeno futbolístico casi único: un equipo cuya ventaja competitiva no es táctica ni física sino mística.
El día después
Y ese es precisamente el problema que Argentina no quiere mirar de frente. Cuando Messi se retire, y será pronto, gane o pierda el domingo, la selección no solo perderá al mejor jugador de su historia; perderá el motivo. Perderá esa fuerza inexplicable que convierte a buenos jugadores en héroes de remontadas imposibles. El talento seguirá ahí, la estructura de Scaloni también, si es que continúa; pero la causa se habrá ido.
Argentina descubrirá entonces lo que significa competir sin la marea emocional que la empuja desde 2021, y es probable que el resultado sea una selección competitiva pero terrenal, capaz de ganar y de perder como cualquier otra, sin ese último empujón sobrenatural en el minuto 92. Habrá que aprender a jugar sin él, y ese aprendizaje va a doler.
Mientras tanto, queda el domingo. Queda España, el país que pudo tenerlo y no lo tuvo, ahora con su propio heredero de La Masia enfrente. Queda la posibilidad de un bicampeonato que no se logra desde Brasil en 1962. Y queda, sobre todo, la certeza de estar viendo los últimos capítulos de la historia deportiva más extraordinaria que nos tocó vivir. Argentina juega por Messi; disfrutemos mientras todavía haya un Messi por quien jugar.
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