La cábala, las risas y el ambiente de vestuario que rodean a la Selección Mexicana tras su mejor fase de grupos en la historia de los Mundiales
Con nueve puntos en la fase de grupos y un ambiente de camaradería inusual, el equipo de Javier Aguirre combina seriedad táctica y humor genuino de cara a los octavos de final.
Hay Mundiales que se recuerdan por los goles, por las gestas épicas o por las eliminaciones dolorosas. El de la Selección Mexicana en este torneo podría recordarse, además, por algo mucho más íntimo: el sonido de las carcajadas en los entrenamientos. Un día después de la victoria frente a la República Checa, todos los jugadores del Tri formaron un corro improvisado, señalaron a Erik Lira como protagonista involuntario, corearon a una sola voz "¡la cábala, la cábala!" y acto seguido salieron corriendo hacia los lados entre risas. Así, sin más ceremonias, concluyó el ritual que ha acompañado cada triunfo mexicano en la fase de grupos.
Nueve puntos y un récord histórico
Los números avalan el estado de ánimo. México cerró la primera ronda con nueve puntos, la mejor cosecha de su historia en una Copa del Mundo. Tres victorias, ninguna derrota y un plantel que llega a los octavos de final con la confianza intacta. La cifra no es menor si se pone en contexto: en torneos anteriores, el Tri habitualmente dependía del último partido para clasificar y en varias ocasiones lo hizo con sobresaltos. Esta vez, la clasificación se selló con comodidad y con margen para experimentar.
Bajo la dirección de Javier Aguirre, el equipo ha encontrado un equilibrio que en otros procesos brilló por su ausencia. El entrenador capitalino, conocido por su carácter directo y su capacidad para gestionar vestuarios, ha apostado por un clima de confianza que se traduce, puertas adentro, en libertad para bromear sin que ello comprometa la intensidad del trabajo.
La cábala: entre superstición infantil y cohesión grupal
El ritual en cuestión es tan sencillo como efectivo para medir el ambiente de un vestuario. Se trata de lo que en México se conoce popularmente como calzón chino: estirar la ropa interior de un compañero desde la parte trasera, una travesura de patio de colegio que aquí funciona como termómetro de la unión grupal. Algunos jugadores la consideran genuinamente una cábala, una superstición futbolística más en un deporte repleto de ellas. Para otros no es más que una broma. Lo que importa es que han participado todos, con una víctima diferente en cada ocasión.
La última vez le tocó a Orbelín Pineda, el mismo jugador que en otro momento de la concentración salió literalmente por los aires mientras sus compañeros gritaban el ya clásico "¡Quiere volar! ¡Quiere volar!", una frase que se ha popularizado en los festejos del equipo. También hubo espacio para que Santiago Giménez caminara descalzo por el vestuario imitando a Alexis Vega, atacante del Toluca, con suficiente fidelidad como para arrancar carcajadas generales. Son pequeños instantes, fugaces y espontáneos, pero revelan mucho sobre el estado anímico de un grupo.
La cábala no es más que un calzón chino, pero han participado todos. La mayoría de veces con una víctima diferente, como juego entre niños. Una escapatoria a la infancia en medio de una Copa del Mundo.Crónica interna del entrenamiento
El contraste con otros procesos: de la disciplina militar a las risas
El contraste con etapas anteriores de la Selección Mexicana resulta llamativo. Durante varios ciclos, los entrenamientos se caracterizaban por una disciplina casi castrense: silencio, solemnidad y una distancia visible entre jugadores y cuerpo técnico. Las ruedas de prensa eran protocolarias y los futbolistas raramente mostraban su cara más desenfadada ante las cámaras. El equipo actual, en cambio, bromea con los periodistas a silbidos, se ríe a carcajadas en mitad de los calentamientos y genera un ambiente que recuerda más a una concentración de clubes en pretemporada que a la tensión habitual de un gran torneo.
Eso no significa ausencia de rigor. Aguirre es un técnico que exige intensidad en los entrenamientos y claridad táctica en los partidos. Pero ha sabido distinguir entre el tiempo del trabajo y el tiempo del descanso emocional, y en ese segundo espacio ha dejado crecer la personalidad del grupo sin cortapisas.
Dos días de encierro antes de los octavos
Con la euforia de la fase de grupos aún en el aire, la Selección Mexicana tiene previsto encerrarse durante el sábado y el domingo para preparar su compromiso de dieciseisavos de final. El rival aún no estaba confirmado en el momento del cierre de la fase de grupos, pero la dinámica del equipo no cambiará: trabajo, análisis del oponente y, al final de la sesión, la cábala de turno.
El objetivo declarado del grupo es completar un Mundial histórico, una ambición que se sustenta ahora en estadísticas concretas y no solo en promesas. Nueve puntos en la fase de grupos, el mejor arranque de la historia del Tri, y un vestuario en el que reina la cohesión. El fútbol mexicano ha vivido muchos momentos de esperanza que luego se diluyeron en los octavos de final. Esta vez, la diferencia puede estar precisamente en esos detalles aparentemente menores: la risa compartida, el ritual absurdo y la escapatoria colectiva a la infancia que, partido a partido, va construyendo algo parecido a un equipo de verdad.
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