Pandemia y ascenso argentino: clubes en crisis, ollas populares y futbolistas que trabajan para sobrevivir
Con los campeonatos suspendidos, las cuotas sociales desplomadas hasta un 80% y decenas de contratos próximos a vencer, los clubes de la Primera Nacional, la Primera B y la Primera C enfrentan la peor crisis de su historia reciente mientras sus jugadores entrenan solos, trabajan en clínicas y organizan ollas populares para alimentar a sus vecinos.
El coronavirus no eligió categorías. Golpeó al fútbol argentino de arriba abajo, pero donde el impacto duele con más crudeza es en el ascenso, ese universo de clubes de barrio que no cuentan con los contratos televisivos multimillonarios ni los patrocinadores globales que amortiguan la caída en la élite. Con las canchas cerradas, las cuotas sociales en caída libre y decenas de futbolistas a punto de quedarse sin contrato, la Primera Nacional, la Primera B y la Primera C atraviesan una tormenta que va mucho más allá de cuándo volverá el balón a rodar.
Deportivo Morón: el 70% menos de cuotas y 15 contratos en el aire
Deportivo Morón, uno de los animadores habituales de la Primera Nacional, la segunda división del fútbol argentino, ilustra con números concretos la magnitud del problema. "La cuota social bajó un 70 por ciento desde abril y se sostiene únicamente por débito automático", reconoció Ángel Moretto, secretario del club. La institución lanzó una campaña de retención: quienes abonen sus cuotas de corrido hasta fin de año acceden a un 25% de descuento y reciben una camiseta de regalo. Una medida creativa, pero insuficiente. "La cuota ayuda a cubrir el déficit mensual, pero no alcanza", admitió Moretto sin rodeos.
En el plano deportivo-laboral, el Gallo tiene 15 contratos que vencen el 30 de junio, la fecha límite que la AFA fijó como horizonte de sostenimiento económico a través de los fondos de televisación. Mientras esa fecha no llegue, los salarios se pagan. Lo que ocurra después es una incógnita que quita el sueño a dirigentes y futbolistas por igual.
Cristian Lillo, volante y referente del plantel, describió con precisión quirúrgica la cotidianeidad del futbolista del ascenso en cuarentena: "Es una situación fea. Entrenamos con lo que manda el profe todos los días, hay que hacerlo para no perder estado físico, pero entrenar solo y en un espacio reducido no está bueno". Lillo fue más allá del vestuario y puso el foco en la dimensión social del problema: "A nadie le conviene que no arranque el fútbol y que se queden desempleados cientos de compañeros. No hay que olvidarse de que el jugador del ascenso vive día a día".
Lillo no solo habla: también actúa. Además de futbolista profesional, es presidente de la Sociedad de Fomento Alianza, el club del barrio en el que creció. Desde esa doble trinchera, organiza ollas populares para los vecinos del oeste del Gran Buenos Aires. "Hay gente que no da más. Por eso tomamos la decisión, con todas las precauciones, de ayudar a los vecinos para que puedan comer. Recibimos donaciones, pero socialmente está todo muy difícil", explicó el jugador.
Almirante Brown convierte su gimnasio en hospital de emergencia
El caso de Almirante Brown, conjunto de Isidro Casanova que compite en la Primera B, la tercera categoría del fútbol argentino, añade una dimensión que excede lo meramente deportivo o económico. El club, ubicado en una zona densamente poblada del conurbano bonaerense donde las autoridades sanitarias anticipaban un aumento sostenido de contagios, tomó una decisión sin precedentes en su historia: habilitar su gimnasio como hospital de emergencia con 80 camas, a pedido del entonces ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, quien contactó personalmente al presidente del club, Maximiliano Levy.
Roberto Coniglio, responsable de la Secretaría de Prensa del Mirasol, explicó el estado de situación económica del club: "Veníamos al día con los pagos. Se logró un consenso con el plantel para seguir cobrando con el dinero que baja la AFA. Si bien no cubre el total de los salarios, es un porcentaje importante. Sin ese acuerdo, sería imposible sostenerse". El detalle es significativo: en junio vencían 20 contratos, pero desde la institución informaron que se llegó a un acuerdo colectivo para extenderlos hasta fin de año, con el objetivo explícito de no dejar a ningún jugador sin trabajo en medio de la crisis.
Rodrigo Alonso, delantero del plantel, subrayó el valor del diálogo entre partes: "Estamos en contacto diario con la dirigencia. La buena voluntad de todos hace que esta situación sea llevadera". Alonso también se pronunció sobre el futuro competitivo: "Lo más lógico, si la situación no se modifica, es que no haya descensos en la temporada 2019/2020 y que los ascensos se definan por logros deportivos. En lo que coincidimos la mayoría es en que no se eliminen los descensos en temporadas futuras, porque eso atentaría contra la competencia".
El debate sobre el formato no es menor para Almirante. La Fragata se había consagrado campeón del Apertura 2019, lo que le garantizaba un lugar en la final por el ascenso a la Primera Nacional. El Clausura 2020, que de haberse ganado le hubiera dado el ascenso directo, quedó suspendido sin resolución. Su situación deportiva permanecía, al cierre de estos testimonios, en un limbo institucional.
Ituzaingó: recaudación de socios a la baja y una factura de agua imposible de pagar
En la Primera C, cuarta categoría del fútbol organizado argentino, Ituzaingó atraviesa las mismas turbulencias con un margen de maniobra todavía más estrecho. Hernando Politano, presidente del club, graficó el absurdo de la situación con un ejemplo doméstico: "Nos llegó la factura del agua y, estando el club sin usarse, era más cara que la anterior. No se puede pagar. Por supuesto ya hicimos el reclamo".
Los números son elocuentes: la recaudación de cuotas sociales cayó un 80%. El club trabaja para migrar los cobros hacia plataformas digitales como Mercado Pago, eliminando la dependencia de la ventanilla presencial. En materia de plantilla, solo tres futbolistas tenían continuidad de contrato garantizada; el resto vería vencer sus vínculos el 30 de junio. Politano confió en poder encontrar salidas negociadas para todos, apoyándose en los fondos de televisación que la AFA distribuye. "Por ahora lo venimos sobrellevando con lo que aporta la AFA. Con los jugadores llegamos a un acuerdo con algunos descuentos; todos lo entienden y hay buena predisposición", indicó el dirigente.
A pocas cuadras del estadio, en la Ciudad Deportiva del club, las ollas populares se convirtieron en una actividad semanal para asistir a socios y vecinos del barrio con necesidades urgentes de alimentación.
El arquero que limpia una clínica para llegar a fin de mes
El retrato más descarnado de la realidad del futbolista del ascenso lo encarna Blas Pisano, arquero de Ituzaingó. Pisano trabaja como personal de limpieza en una clínica de Ramos Mejía, a varios kilómetros de su domicilio en Merlo. En tiempos normales, coordina sus turnos laborales con los entrenamientos y los partidos. En tiempos de pandemia, su labor adquirió una dimensión de riesgo sanitario real.
"Ahora es delicado. Lo tengo que hacer con la máxima precaución para evitar un contagio. Cuando había partidos, cambiaba los horarios para poder cumplir", relató Pisano. El guardameta describió el esqueleto de guardia mínima que mantiene operativa la clínica: él, una enfermera, los médicos de turno y un administrativo. "A los pacientes los atienden solo para urgencias. Por ahora, por suerte, no tuvimos ningún ingreso con sospecha de coronavirus, pero hay que estar atentos y cuidarse mucho", afirmó.
La historia de Pisano no es una excepción: es la norma silenciosa del fútbol de ascenso argentino. Cientos de jugadores combinan sus contratos deportivos, muchas veces con sueldos que no superan el salario mínimo, con empleos en la economía informal o en sectores esenciales. La pandemia los expuso, los vulneró y, al mismo tiempo, los mostró con una dimensión humana que los estadios habitualmente ocultan.
El rol de la AFA y la incertidumbre del mercado de pases
El único colchón que amortigua el derrumbe es el aporte extraordinario de la AFA, que redistribuye fondos de los contratos televisivos hacia los clubes del ascenso para garantizar el pago de salarios al menos hasta el 30 de junio. Sin ese oxígeno artificial, la crisis sería de proporciones catastróficas: los clubes de la Primera Nacional, la Primera B y la Primera C no tienen reservas propias para sostener planteles profesionales durante meses sin actividad ni ingresos de taquilla.
Los tres clubes consultados coinciden en que los acuerdos salariales con descuentos consensuados fueron la llave para evitar conflictos mayores. La solidaridad interna, en este contexto, no es un valor abstracto: es una necesidad de supervivencia. Sin ella, el fútbol del ascenso argentino no llegaría al reinicio de la competencia con sus estructuras intactas.
- Deportivo Morón: caída del 70% en cuotas sociales, 15 contratos a vencer el 30 de junio.
- Almirante Brown: 20 contratos extendidos hasta fin de año, gimnasio habilitado con 80 camas de emergencia sanitaria.
- Ituzaingó: caída del 80% en recaudación de socios, salarios pagados con descuentos acordados y un arquero que trabaja en una clínica para completar sus ingresos.
El fútbol del ascenso argentino siempre fue territorio de pasión a prueba de precariedad. Pero la pandemia de COVID-19 impuso una prueba sin antecedentes: gestionar la supervivencia institucional, garantizar un mínimo de seguridad económica para decenas de trabajadores del deporte y, al mismo tiempo, no desentenderse de los barrios que les dieron identidad. Las ollas populares, los gimnasios reconvertidos en hospitales y los arqueros que limpian clínicas son, en definitiva, la otra cara del fútbol argentino. La que nunca aparece en los resúmenes de goles, pero que define mejor que cualquier estadística qué son realmente estos clubes para sus comunidades.
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