FutbolPublished 4 months ago 5 min read

Santiago Silva y sus icónicos festejos en Banfield: "Hacía cosas que hoy me dan vergüenza"

El Tanque uruguayo repasó su etapa en el fútbol argentino y recordó los extravagantes festejos de gol que lo convirtieron en un ídolo popular, especialmente su célebre rutina con Papelito Fernández en Banfield durante el Apertura 2009.

Santiago Silva siempre fue mucho más que un delantero centro con olfato goleador. El apodo de El Tanque le quedó chico cuando el uruguayo comenzó a poblar la memoria colectiva del fútbol argentino con festejos que mezclaban delirio, físico y una cuota enorme de personalidad. Años después de aquellas actuaciones, el exatacante volvió a hablar de esos momentos en una entrevista con las cuentas oficiales de la Copa Argentina, y lo hizo con una honestidad que arranca carcajadas: "Quedó el Loco Silva porque hacía cosas por ahí festejando que hoy veo y me da vergüenza".

La huella del "Loco Silva" en el fútbol argentino

Silva llegó a la Argentina para jugar en Banfield a mediados de la década de 2000 y rápidamente se transformó en uno de los centrodelanteros más queridos del fútbol local. Su capacidad para resolver situaciones difíciles dentro del área, su potencia física y su carácter combativo lo volvieron un referente. Pero fue su despliegue emocional después de convertir lo que terminó de instalarle ese apodo que todavía resuena en las canchas.

"Era consciente de la alegría que le generaba al futbolero, porque la gente me lo hacía ver", reconoció el delantero nacido en Montevideo en 1981. Esa conciencia del vínculo con el público no era arrogancia, sino una lectura genuina del fenómeno que él mismo había contribuido a construir partido a partido, gol a gol, festejo a festejo.

El festejo con Papelito Fernández: una locura con consecuencias físicas

Entre todos los momentos recordados, Silva destacó especialmente una celebración compartida con su compatriota Fabián "Papelito" Fernández durante el Apertura 2009, torneo en el que Banfield protagonizó una de las campañas más sorprendentes de su historia reciente. La rutina, coordinada entre los dos uruguayos, implicaba un salto sincronizado y una caída al suelo que desafiaba toda lógica corporal.

"Hay un festejo con Papelito Fernández que es una locura, porque había que ponerse en el aire así y después caerse al piso, pero no caés con los brazos porque te estás agarrando y caés con el cuerpo", describió Silva con precisión casi coreográfica. Y añadió el detalle que mejor grafica la intensidad del momento: "Entonces nos hemos lastimado, el línea se reía".

La imagen de un juez de línea riendo ante el espectáculo de dos futbolistas tirándose al piso de manera deliberada resume perfectamente el espíritu de esas celebraciones: eran absurdas, eran divertidas y eran, sobre todo, completamente sinceras. No había cálculo de marketing ni poses estudiadas para las redes sociales. Era pura descarga emocional.

La euforia como parte esencial del gol

Pero Silva no se quedó solo en la anécdota pintoresca. En la misma entrevista, el Tanque también reflexionó sobre la naturaleza del grito del gol y sobre lo que significa convertir para un delantero. Sus palabras revelan una filosofía simple pero poderosa sobre el oficio de ser nueve:

"Como tengo esos festejos, tengo goles gritando de euforia total porque era un tarado mental dentro de esa euforia. Porque considero que los goles se gritan con euforia porque es la culminación".

La palabra culminación es clave. Para Silva, el gol no es simplemente un resultado parcial dentro de un partido, sino el punto de llegada de todo un proceso colectivo. Cada pase, cada corrida, cada bloqueo defensivo que el equipo realiza tiene su remate natural en el instante en que el balón cruza la línea. Festejar con el cuerpo entero, aunque eso implique golpearse contra el césped, es la respuesta lógica a esa acumulación de esfuerzo.

El privilegio de ser nueve

En ese mismo hilo de pensamiento, Silva subrayó la posición especial que ocupan los delanteros dentro de la dinámica de un equipo: "Los delanteros o los nueves tenemos el privilegio de terminar algo de un equipo". La afirmación no suena a egocentrismo, sino a reconocimiento de un rol específico dentro de una estructura colectiva.

El centrodelantero es, en la arquitectura del fútbol, el último eslabón visible de una cadena que comienza con el arquero, pasa por los defensores, los volantes y los extremos, y termina en el área rival. Silva siempre tuvo claro que su trabajo era honrar esa cadena con el gol, y que la euforia posterior era, también, una manera de agradecerle al resto.

  • Silva jugó en Banfield entre 2007 y 2010, período en el que el club ganó el Clausura 2009 bajo la conducción de Julio Falcioni.
  • El Apertura 2009 fue también una campaña destacada del Taladro, con Silva y Fernández como dupla ofensiva titular.
  • A lo largo de su carrera en Argentina, Silva también vistió las camisetas de Vélez Sársfield, Godoy Cruz, Lanús y Atlético Tucumán, entre otros clubes.
  • Disputó más de 400 partidos en el fútbol profesional entre Uruguay, Argentina, España y México.

Una memoria que el tiempo no borra

Lo más llamativo del testimonio de Silva no es la anécdota en sí, sino la lucidez con la que el exjugador analiza su propio legado. Muchos futbolistas prefieren hablar de títulos, de estadísticas o de grandes partidos. Silva, en cambio, elige hablar de la relación con la gente y de los momentos que hicieron reír o vibrar a las tribunas. Eso dice mucho de quién es y de por qué su figura sigue siendo tan querida en el fútbol argentino.

Que un futbolista diga "me da vergüenza" al ver sus propios festejos y, al mismo tiempo, defienda con convicción la euforia como parte esencial del gol, no es una contradicción. Es la descripción perfecta de alguien que vivió el fútbol con una intensidad que muy pocos se permiten, y que hoy puede mirarlo con la perspectiva y la sonrisa del que sabe que valió la pena cada caída al piso.

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