Abandono: No es fácil decir adiós


Tomar la decisión de abandonar el hogar que nos acogió desde el comienzo de nuestra vida, nunca es sencillo. No es fácil decir adiós a las paredes que contuvieron el eco de nuestros llantos, a la cocina que fue cómplice de las escapadas nocturnas en la búsqueda de algo para comer en secreto, a las sabanas y los sofás que sirvieron de fuerte para protegernos de enemigos, de casa para nuestras muñecas y de rincones de lectura.

No es fácil decir adiós, pero es mucho más difícil sentir que en lugar de estar decidiendo irte, con ánimos de regresar... Lo estás abandonando para siempre, con una endeble esperanza de que tal vez, un día, los pies vuelvan a tocar el mismo suelo que sintió las pisadas de nuestros primeros pasos. Quisiéramos irnos con la fuerza interna de quien sabe que le espera algo maravilloso.

Que a través del cielo y sobrevolando el mar, se encuentra el paraíso en la tierra, que está dispuesto a brindarnos un segundo hogar y todas las oportunidades que se nos han negado en el lugar que dejamos atrás. Desearíamos sentirnos contentos por el futuro, por esos amigos que vienen, por las experiencias que estamos por vivir, por los momentos, las aventuras, las comidas, los paisajes... Todo se escucha increíble, pero imaginarlo trae un sabor agridulce, que viaja desde el alma y se atasca en la garganta.

Abandonamos el hogar. Abandonamos a la familia. Abandonamos a nuestros amigos, que son como hermanos. Abandonamos las calles que nos hacían sentir inseguros, pero que considerábamos nuestras. Abandonamos las mejores comidas, los mejores paisajes, los mejores recuerdos... Quisiéramos irnos con la fuerza interna de quien sabe que le espera algo maravilloso... Pero nos vamos cabizbajos, con los ojos llenos de lágrimas y el dolor de alguien que ha sido derrotado y lo ha perdido todo.

Una vez te encuentras en el cielo, en ese avión, no puedes hacer más que acariciar la ventanilla y observar todo lo que dejas atrás, mientras recuerdas lo que olvidaste meter en tu equipaje: Todo. Porque tu vida, tu familia, tus amigos, tu país... No cupieron en el insignificante bolso. La ropa, los zapatos... No son nada. No valen nada. Lo verdaderamente importante se ha quedado atrás.

Abandoné mi país. Y peor aún: Me abandoné a mí misma dentro de él... ...y espero un día regresar para recuperarme.

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