Lectodependientes: ¿Placer o Necesidad?


En el mundo hay dos clases de personas: los que leen por placer y los que leen por necesidad, los demás son simples seres humanos. Las primeras personas son tediosas y predecibles, leen importantes textos o novelas livianas una tarde estival bajo el aroma de los eucaliptos... porque su experiencia recorre ese tipo de escenarios clichés; saben defenderse en conversaciones y van periódicamente a una librería o hacen sus compras por internet. La lectura nunca les falta y seleccionan con cierta gravedad y desenvolvimiento su material de lectura. Creo que ya se dijo todo sobre esos que leen por placer, tan morigerados y dudosos.

En su lugar, los lectores por necesidad son criaturas temibles y vergonzantes, nadie quiere a uno de ellos en su casa. Hay que verlos andando por todas partes hojeando cosas, no solo libros, sino todo aquello que tenga letras. Leen avisos, instrucciones, pasquines, señales de tránsito, legislaturas, cartillas, informes, fotocopias ajenas ¡fotocopias ajenas! y hasta los ingredientes de la Coca-Cola®, como si fueran reales. El lectodependiente, que así he decidido llamarlo, no va a la librería cada tanto, él va a la librería cada que puede, cada que se topa con ella, pero también acude a librerías de viejo porque allí hay verdaderos tesoros polvorientos y llenos de virus que contagian enfermedades desconocidas.

Regularmente los lectodependientes son pobres, porque se les va la vida leyendo, y no saben nada, hablan y titubean, nunca están seguro de las cosas, porque esa no es su virtud; en realidad no la tienen. Por ejemplo, les preguntan cómo se escribe intersección y se quedan meditabundos porque recuerdan que Saramago ha escrito interjección, que significa otra cosa, ¿qué es lo que significa? ¿¡Ay, qué significa!? Y luego piensan los libros que falta leer de él, la plata que se necesitaría para comprarlos... el que preguntó se marcha y el lectodependiente vuelve a sus azares de lectura.

Lo peor de esta gente está por descubrirse, son tales sus ansias y desespero que incluso han leído libros de superación personal y artículos del Centro Democrático, aunque nunca lo admitirán, pero yo los he visto y no me siento orgulloso de ello. Sin embargo ellos son gentiles, porque su manía les han enseñado que hay que ayudar al que lo necesita; eso sí, nunca hay que pedirles recomendar un libro, sería lo peor para ellos, porque se dan cuenta o recuerdan que hay una infinidad de libros que quisieran releer y no pueden porque el libro era prestado, se lo robaron o se lo comieron las hormigas.

Son irreflexivos en sus actividades, y acudiendo al lugar común, devoran páginas y páginas llenas de tinta que nunca satisfacen por completo. Leen de forma embarazosa caminando por anaqueles o de pie en un bus urbano, leen en el baño y no dejan el libro ni cuando tienen en la mano opuesta papel, y no precisamente para escribir; leen mientras le sirven en un restaurante, cuando están esperando que sea su turno para consignar, cuando están consignando, son irredimibles los lectodependientes. Pero estos personajes no son amantes de la lectura, no aman leer, simple y llanamente necesitan hacerlo, por eso la lectura no se les nota, solo se les huele en los dedos mellados por pasar y pasar hojas de cuanta cosa se les atraviesa. Son amantes tiernos y pacientes, porque se les conquista y ya está, ahí se quedan rezagados mientras les quieren y les dan espacio para perder el tiempo en lecturas policiacas o recetarios de lentejas.

Finalmente mueren un día de tantos y ni cuenta se dan, porque los lectodependientes viven sus vidas por medio de personajes, ficticios o no, que han influido y almibarado sus existencias con historias fatuas o maravillosas, pero en cualquier caso más saludables que aquellas que están en la realidad que agobia y de la cual pretenden escapar desesperadamente.

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Esta sección contiene notas humorísticas y satíricas que no corresponden a la realidad. Podría no ser apto para menores de 18 años, se recomienda discreción.

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