Tu juicio me molesta

Alguien que está obsesionado con engañar a los demás y con evadir las consecuencias emanadas desde estos engaños se alejará, sin duda, de aquel que lo encare por las faltas que ha cometido. Esta persona concentra básicamente dos problemas: carece de libertad y de madurez y les causa daño a quienes la rodean. Su falta de libertad se evidencia tanto en la incapacidad para cumplir con los acuerdos, compromisos y contratos que hace cuanto en su evasión de las consecuencias emanadas de los incumplimientos. En otras palabras, alcanza un compromiso sin tener la capacidad de cumplirlo y hace lo posible por escapar de las consecuencias cuando, en efecto, ha incurrido en un incumplimiento. Alguien así, pues, no es libre ni ha alcanzado la condición de individuo verdadero, puesto que un individuo verdadero solamente se compromete con aquello que se sabe capaz de cumplir y, en caso de no cumplirlo, asume plenamente las consecuencias y no oculta las causas concretas ni las motivaciones personales del incumplimiento.

Esta persona también carece de madurez porque se niega a identificar y comunicar sus emociones: vive en una negación constante de las emociones propias y ajenas, ignorante de quién es realmente e incapaz de conocer la identidad de otras personas o de reconocerse en ellas. Esta inmadurez puede detectarse en comportamientos que corresponden, de manera más evidente, a la deshonestidad, el secretismo, la desconsideración y el narcisismo. La deshonestidad tiene que ver tanto con la desconexión del individuo con sus emociones cuanto con su incapacidad para establecer compromisos serios con otras personas. El secretismo se vincula con el afán de evadir las consecuencias emanadas del incumplimiento de los acuerdos o de otras transgresiones. La desconsideración parece consecuencia natural de la incapacidad del individuo para reconocerse a sí mismo como sujeto libre y verdadero y, por ende, también a los demás. El narcisismo, por último, le impide al sujeto reconocer sus errores y transgresiones, encerrándolo de manera permanente en el refugio que brinda la inmadurez.

Problema y solución están perfectamente identificados. Lamentablemente, el sujeto se niega a colaborar con la solución y, reaccionando como el chiquillo malcriado que es en el fondo de su corazón, se niega siquiera a hablar del asunto. Y aquí uno se queda sin solución: no sabe qué hacer frente a alguien evidentemente disminuido en su condición humana y que, no obstante, se niega a recibir ayuda para superar la situación. Claro, él disfruta de los pequeños e inmediatos placeres infantiles que le otorgan el engaño y la adrenalina de escapar de sus consecuencias; pero se está negando a vivir como una persona real y a disfrutar de los verdaderos placeres: esos que vienen con la capacidad de hacer compromisos reales y de asumir las consecuencias de nuestras faltas. Comparar esto con la satisfacción efímera del inmaduro es como comparar la experiencia de un niño y de un adulto mirando Los Simpson (cf. Simpsons 6.21). El inmaduro, por supuesto, es incapaz de ver la diferencia o de sopesar las ventajas: está contento en su pequeño corral de engaños y escapes furtivos. ¿Cómo ayudar a alguien así, incapaz de reconocer sus propias limitaciones incluso después de hacer un ejercicio racional de conmutación para ponerse en el lugar de los otros?

Uno puede haber aplicado ya los métodos de conmutación, permutación, ley y definición sin resultados positivos. Estos son los más comunes para ser utilizados en cualquier situación y uno se siente inseguro si ellos han fallado. Si no hay voluntad de la otra parte, no parece descabellado que estos métodos resulten inútiles (a pesar de su probada efectividad). Y, para convencer a alguien, como sabemos, hace falta recurrir a argumentos convincentes, si bien muchas veces falaces. En este punto la situación se complica porque resulta difícil utilizar argumentos falaces de forma consciente: parece más aceptable solo utilizar argumentos que sabemos bien fundados y racionales. De todas maneras, tampoco estoy seguro de que algún argumento, fundamentado o falaz, tenga efecto sobre alguien que rechaza hablar y se limita a decir «tu juicio me molesta».

Podría decirse, incluso, que no vale la pena ayudar a alguien así, puesto que, en su afán de escapar desde las consecuencias de sus engaños es capaz incluso de «excomulgar» a quien intenta ayudarlo, rompiendo permanente las comunicaciones con él. Y esta excomunión resulta sumamente significativa porque manifiesta la capacidad del transgresor para desechar a quienes, sin importar cuán cercanos sean a él, se atrevan a sacudir el polvo que descansa sobre la dimensión moral de su persona. Alcanzar este juicio, sin embargo, no es tan sencillo para quien ama sinceramente al transgresor: suena saludable y sensato, pero no se ajusta a lo que deseará quien experimente verdadera caridad. Esta persona, en cambio, no renunciará a prestar ayuda y, por ende, corregir, sino que insistirá en su noble esfuerzo aun cuando este parezca inútil.

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