El monolingüismo es curable


Uno de mis amigos de Canberra llevaba esta frase (la del título) impresa sobre una polera. Recuerdo que él habla perfectamente mandarín aparte de inglés (que es su lengua materna). Quizá su polera debería haber dicho unilingüismo o monoglotismo, pero no es necesario ser tan puristas cuando tenemos ejemplos como sociología o narratología. No estoy seguro de que este amigo haya hablado castellano, pero era capaz de pronunciar perfectamente el alófono alveolar vibrante simple [?]: este suele ser un desafío para cualquier angloparlante.

Me acuerdo de él y de su polera porque, recientemente, El Espectador ha reportado (02-01-2017) que la diversidad lingüística es una amenaza para la investigación científica porque deja algunos descubrimientos fuera del alcance de quienes no leen la lengua en la que están publicados. Aunque el problema parece planteado en el sentido de que la diversidad lingüística obstaculiza el desarrollo de la ciencia, la solución propuesta no apunta a combatir esta diversidad, sino a abrazarla y adjuntar resúmenes en las lenguas más ampliamente habladas en cada artículo.

Cuando leí el planteamiento de este problema por primera vez, imaginé que la solución propuesta sería publicar todos los nuevos descubrimientos y propuestas en inglés. Pensé, de inmediato, que una decisión así atentaría contra la potencia creadora de quienes no tienen el inglés como lengua materna y rebajaría los estándares de desempeño de los investigadores al no esperar de ellos que sean capaces de indagar información en lenguas distintas de la materna. Supongo que es difícil pensar en cualquier área de la Academia en la que no haya que recurrir por lo menos a dos lenguas diferentes para conseguir toda la información relevante.

En filología y arte antiguo, las disciplinas a las que dedico más tiempo, resulta imprescindible leer alemán (lo que hago con mucha dificultad) e inglés. Pero también es importante leer francés, italiano, latín y griego antiguo. Se trata de algo inevitable y que, personalmente, no cambiaría porque siento que la experiencia de indagar datos en todas estas lenguas ha sido enriquecedora para mi formación como académico e investigador. Admito, por cierto, que esta sensación puede ser enteramente subjetiva y que, en realidad, puede dar lo mismo si encontramos la información que buscamos en una sola lengua. Yo quiero contribuir, de todas maneras, a que el castellano se convierta en una lengua importante para la filología y el arte antiguo. Así que me sentiría incómodo, en definitiva, teniendo que escribir en inglés en lugar de castellano para compartir mis opiniones e interpretaciones.

La solución propuesta por El Espectador, no obstante, me sorprendió gratamente y me ha parecido tanto sensata cuanto útil. De hecho, muchas veces me he preguntado si acaso habrá informaciones relevantes para mis investigaciones en las revistas hebreas, árabes, indias, chinas y japonesas. Y esta incógnita aumentó cuando hallé, por casualidad, el nro 13 de la revista Senshoku no bi (1981). Mientras indagaba sobre datos relativos a un tejido copto del siglo 5to dC (Washington DC, Textile 71.117), hice una búsqueda de imágenes en Google utilizando una fotografía del tejido que tenía guardada en mi computador. La búsqueda arrojó, entre otros resultados, la portada de esa revista. Accedí a la página y copié lo que interpreté como el título del volumen en el sitio japonés de Amazon. Encontré el ejemplar a la venta y traté de hacer yo solo el proceso de compra, pero fallé y tuve que pedirle ayuda a mi amigo Kenta para completarlo. De hecho, él se encargó de hacer la compra y me remitió el volumen desde Tokio a Santiago. ¿Cómo no imaginar, entonces, que debe haber otros materiales relevantes a los que no he podido acceder a causa de la barrera lingüística?

Si bien me seduce la idea de contar con resúmenes en mandarín, hindi, hebreo, árabe, etc., creo que lo más efectivo es que los investigadores superen la barrera del monolingüismo. Ellos, más que nadie, se beneficiarán de leer otras lenguas aparte de la materna. Y la única manera de poner en contacto a unos investigadores con otros es que ellos se entrenen para leer textos escritos en distintas lenguas.

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