Cardenal de EEUU acusado de ignorar un abuso sexual

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Cardenal de EEUU acusado de ignorar un abuso sexual
El cardenal Daniel DiNardo (centro) oficia una misa de ordenación para siete candidatos al sacerdocio en la catedral del Sagrado Corazón de Houston el 1ro de junio del 2019. DiNardo fue acusado de manejar mal una denuncia de una mujer que dice que un cura se aprovechó de su vulnerabilidad emocional para tener relaciones sexuales con ella. (AP Photo/David J. Phillip)

Cuando el cardenal Daniel DiNardo se vio por primera vez con Laura Pontikes en un salón con paneles de madera en diciembre de 2016, el prelado a cargo de la respuesta de la iglesia católica de Estados Unidos a los escándalos por abusos sexuales dijo todas las cosas indicadas, según recuerda.

La elogió por hacer la denuncia de que su segundo la había manipulado para que iniciasen una relación sexual y la consideró una “víctima”, de acuerdo con su relato. El mismo cura, aseguró, escuchó sus confesiones, dio a su esposo George consejos matrimoniales y presionó a la pareja para que donase cientos de miles de dólares.

Dijo que se le aseguró que el cura, monseñor Frank Rossi, nunca sería pastor ni aconsejaría a mujeres de nuevo.

Pero meses después, la pareja se enteró de que DiNardo había autorizado a Rossi a que asumiese un nuevo trabajo como pastor en una iglesia dos horas al este de Texas. Cuando George Pontikes encaró a DiNardo, el cardenal le advirtió que la iglesia respondería con firmeza a cualquier demanda y que su familia y su negocio podrían verse perjudicados, según contó el esposo.

El martes, en respuesta a indagaciones de la Associated Press, la iglesia cumplió su promesa de hacer a un lado a Rossi, anunciando en un comunicado de su nuevo obispo que se le daba una licencia temporal.

Pontikes, una ejecutiva de la industria de la construcción de Texas de 55 años, atravesaba por un mal momento de su vida cuando buscó ayuda espiritual en monseñor Rossi, desde hacía mucho tiempo el número dos de la arquidiócesis de Galveston-Houston que encabeza DiNardo. Lo que hizo Rossi, aseguró, fue aprovecharse de su vulnerabilidad emocional para embarcarla en una relación física que, le dijo, había sido bendecida por Dios.

“Recibió a una mujer que fue a una iglesia en busca de Dios y se la quedó él”, dijo a la AP.

El encuentro sexual de Rossi con Pontikes está siendo investigado por la policía de Houston. Sin embargo, el manejo que hizo DiNardo del caso plantea serias interrogantes para la iglesia en la era del movimiento #MeToo (#yotambién), en que poderosos individuos e instituciones están siendo obligados a responder a denuncias de abusos sexuales.

En su condición de presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, DiNardo presidirá la semana que viene un encuentro en Baltimore en el que se abordará la crisis de credibilidad de la iglesia por la forma deficiente en que ha manejado los abusos sexuales de curas, 17 años después de que se comprometió a limpiar la casa. Se espera que DiNardo presente nuevas propuestas acerca de cómo los obispos deben responder a denuncias de infracciones sexuales o de negligencia en el manejo de abusos.

El caso de Pontikes, no obstante, revela que incluso los líderes de la jerarquía católica que se comprometieron a ayudar a las víctimas continúan fallándoles. Pontikes dijo que DiNardo no debió haber permitido que siguiese ejerciendo un cura “que sedujo, traicionó y se aprovechó sexualmente” de ella, declaró el terapeuta de la mujer a fiscales de Texas.

El encuentro del 11 al 14 de junio en Baltimore es un nuevo esfuerzo de la iglesia por hacer frente a los abusos sexuales de curas en todo el mundo. En poco más de un año, el papa Francisco admitió haber cometido “graves errores” en el peor caso de encubrimiento en Chile, un cardenal australiano fue condenado por abusos y uno francés fue condenado por no denunciar a un pedófilo.

En Estados Unidos, un jurado investigador de Pensilvania criticó a los líderes de la iglesia por “ocultar la verdad” y procuradores generales de al menos 15 estados están investigando presuntos abusos sexuales de curas católicos y su encubrimiento.

La arquidiócesis de Galveston-Houston reconoció la relación sexual entre Rossi y Pontikes, pero afirmó que fue consensual. En una declaración escrita enviada a la AP defendió su manejo del caso, diciendo que Rossi fue dado de baja temporalmente de inmediato y recibió terapia tras conocerse la denuncia de Pontikes.

Rossi regresó al ministerio activo, sin restricciones, con base en recomendaciones de un programa de “renovación” que completó, indicó el comunicado.

Pontikes hizo una denuncia ante la policía en agosto y Rossi, de 62 años, está siendo investigado por las autoridades de Texas, que desistieron de revelar qué cargos podrían radicarle. Bajo las leyes de Texas, un miembro del clero puede ser acusado de violar a un adulto si explotó una dependencia emocional en el marco de una relación espiritual.

El abogado de Rossi, Dan Cogdell, dijo que el religioso está cooperando con la investigación y que ha hablado con la policía. No hizo más comentarios.

La denuncia de Pontikes contra DiNardo plantea interrogantes acerca de cómo el prelado ha lidiado con abusos en el pasado. SNAP, una organización nacional de sobrevivientes al abuso de curas, pidió su renuncia como líder de la conferencia de obispos porque permitió que curas depredadores siguiesen ejerciendo su ministerio en Houston y en su diócesis previa, en Sioux City, Iowa.

Y cuando la policía allanó la oficina de DiNardo en noviembre como parte de la investigación de una denuncia de abuso, encontró archivos bajo llave en una caja fuerte que la arquidiócesis no había entregado, de acuerdo con documentos policiales difundidos el mes pasado.

Rossi había ayudado a manejar denuncias de abusos en Galveston-Houston por más de dos décadas. Pero en un boletín difundido en febrero minimizó la cantidad de casos a nivel nacional, acusó a la prensa de exagerar el escándalo e insistió en que la gran mayoría de los acusados eran “buenas personas” que simplemente “tomaron una terrible decisión equivocada”.

Pontikes suministró a la AP siete años de cartas electrónicas con Rossi, terapeutas, curas y amigos, así como información financiera y comunicaciones con la arquidiócesis. En abril le dijo al Vaticano que Rossi escuchó sus confesiones cuando ya habían iniciado una relación física, lo que constituye un delito potencialmente grave bajo las leyes eclesiásticas sobre el que DiNardo nunca le preguntó nada. El Vaticano dijo que está estudiando la denuncia.

La iglesia, que lleva años lidiando con denuncias de abusos sexuales de menores, se ve obligada ahora a reconocer que los adultos también pueden ser explotados sexualmente por los curas. El año pasado, en medio de revelaciones de que el ex cardenal Theodore McCarrick había abusado de seminaristas, DiNardo usó su púlpito para ofrecer disculpas por el pobre desempeño de la cúpula de la iglesia.

“Esto es particularmente cierto para los adultos que son hostigados sexualmente por personas con poder”, dijo DiNardo el 27 de agosto del año pasado. “Haremos mejor las cosas”.

Esa declaración le dio esperanzas a Pontikes, pero no cambió nada, según dijo. Ahora dio la cara para proteger a otras mujeres y sacar a la luz el manejo que hizo DiNardo de su caso, que la dejó tan afectada que casi no puede dormir ni trabajar.

“No van a jugar con mi vida como lo están haciendo”, dijo Pontikes. “No pueden salirse con la suya... Alguien tiene que dar la cara y decir la maldita verdad”.

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Pontikes conoció a Rossi en un confesionario de la iglesia católica San Miguel el Arcángel en diciembre del 2007. En aquel momento confrontaba un vacío en su vida derivado del distanciamiento emocional de su marido y crecientes presiones en el negocio familiar, y optó por volcarse a su fe, dando donaciones sustanciales durante las misas.

La afabilidad de Rossi y su sonrisa rompieron el hielo.

Pronto el carismático y elegante cura la llamaba “querida Laura” y asistía a comidas familiares. En el 2008, mientras le mostraba un cuadro religioso en una bodega de su casa, Rossi le puso la mano debajo de su saco y la posó en su cintura descubierta, según contó Pontikes.

Ella se paralizó, avergonzada, pero no supo qué hacer. Y no hizo nada.

Durante una cena del 2009 Rossi le pidió a la pareja que aportase dinero para un ambicioso proyecto que incluía la reconstrucción de la rectoría de San Miguel, donde vivía el párroco. Su empresa construyó la nueva rectoría por 900.000 dólares y la pareja donó más de la mitad de esa suma. Además, Laura Pontikes donó casi 250.000 dólares en obras de arte religioso y muebles, incluido un pergamino del siglo XVIII de la Virgen María, valuado en 20.000 dólares, de acuerdo con documentos obtenidos por la AP.

En total, los Pontikes dicen haberle dado a la iglesia unos dos millones de dólares a lo largo de nueve años, pero Rossi pedía más todavía, incluidos 750.000 dólares para una capilla que ellos no pudieron financiar. La arquidiócesis sostiene que la firma de construcción de la pareja se benefició con contratos por 24 millones de dólares en ese período.

Pontikes empezó a ver a Rossi en busca de apoyo espiritual con regularidad en el 2010, en momentos en que su esposo trataba de que se anulase su primer matrimonio. La pareja quería que el matrimonio civil que habían contraído dos décadas atrás fuese reconocido por la iglesia.

Rossi casó a la pareja en una ceremonia religiosa en San Miguel en agosto del 2012. Menos de cuatro meses después, durante una sesión de asesoría espiritual en su oficina, dijo Pontikes, Rossi puso en marcha una relación física con un abrazo íntimo, de contenido sexual. Al día siguiente, Rossi le escribió una carta electrónica encabezada con la palabra “bendiciones”.

“Fue hermosa la visita de ayer y el seguir revelando el amor de Dios en tu vida”, le escribió el cura.

Ella se sentía bendecida y especial, aunque también conflictuada, consciente de que había cruzado una cierta raya. La misma confusión la invadió todas las veces que él la indujo a realizar actos sexuales en su oficina durante las sesiones de apoyo espiritual, indicó Pontikes.

La mujer llamaba por teléfono y le enviaba mensajes electrónicos a Rossi varias veces por día, hablándole de cuestiones espirituales y de problemas familiares y laborales, y él le respondía brindándole la atención que ella deseaba. Con el correr del tiempo, ella se preguntaba cuáles eran sus sentimientos hacia él.

“He bloqueado mi fe por el temor que siento por mi amor hacia ti”, le escribió el 5 de enero del 2013.

Rossi le aseguró que esos sentimientos hacia un soporte emocional eran normales y que los “toqueteos sagrados” no solo son aprobados sino alentados por San Pablo el Apóstol.

El arquitecto de Houston, Ken Newberry, se sentía consternado al ver a su vieja amiga y cliente caer bajo el hechizo de Rossi. “Parecía hipnotizada o cautivada”, dijo Newberry.

Acotó que le parecía estar viendo el proceso que llevó a los abusos que sufrió a manos de un cura católico cuando tenía 15 años. Un día le dijo a Pontikes que no soportaba ver eso, porque la hacía recordar su propio trauma.

“Alguien te habla de Dios, te seducen y te dicen que esto está bien”, señaló. “Es algo muy, muy confuso, abrumador”.

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Rossi siguió siendo su confesor después de iniciada la relación sexual, dijo Pontikes. El 20 de diciembre, unas dos semanas después de su primer abrazo sexual en la oficina de Rossi, el cura aceptó escuchar su confesión.

Pocos meses después, Pontikes se apresuraba para alcanzar un vuelo para visitar a una amiga cuyo marido había muerto. Llena de culpa por su creciente intimidad con Rossi, quiso aliviar su conciencia confesándose antes de partir.

Él le dijo que no tenía tiempo, pero ella lo fue a buscar, lo siguió e hizo que la escuchase, según la mujer. Le confesó que se había portado mal con su pastor.

Él la absolvió de su pecado y le dijo, “sigue adelante y no vuelvas a pecar”.

La “absolución de un cómplice” es uno de los delitos más graves en la ley canónica. Debe ser denunciada al Vaticano y puede conllevar la excomunión. Ocurre cuando un cura absuelve a alguien con quien ha cometido un pecado sexual, incluido tan solo un contacto físico de contenido sexual.

La arquidiócesis afirma que Rossi nunca tomó confesión a Pontikes durante o después de su relación física. Las cartas entregadas por Pontikes a las autoridades eclesiásticas, no obstante, incluyen varias referencias a la confesión.

Edward Peters, experto en las leyes canónicas y asesor de la Signatura apostólica --el tribunal supremo del Vaticano-- dice que DiNardo debió haber interrogado a Pontikes sobre la posibilidad de que Rossi hubiese cometido una irregularidad relacionada con la confesión. Pontikes asegura que ni DiNardo ni sus subordinados lo hicieron.

La relación sexual se intensificó durante un viaje de marzo del 2013 a Taormina, Sicilia, una de varias vacaciones familiares en las que Rossi acompañó a los Pontikes, que pagaron todos sus gastos. La familia empezó incluso a construir una cabaña para él en su casa de fin de semana de Trinity Bay.

George Pontikes, quien no sabía nada de los encuentros sexuales de su esposa, le pidió consejos a Rossi después del viaje. Ella parecía cada vez más distante, irritable y distraída, le dijo, y la pareja estaba a punto de separarse.

“No sé si pido ayuda o compasión”, le escribió el 3 de abril del 2013. “Sé que Laura lo escucha”.

Rossi le respondió que ella tenía un estado de ánimo cambiante. “Mi sensación es que está a punto de una crisis debido al estrés”.

George Pontikes volvió a contactarlo dos semanas después.

“Frank, Laura está a punto de estallar”, le escribió a Rossi. “Quiero ayudar. Pero ella no quiere. Creo que tú deberías intentar algo. Ella confía en ti”.

Cuatro días después, un viernes por la noche, después de que George se había acostado, el cura y la feligresa tuvieron su primera relación sexual plena en el baño de la piscina de su casa de Houston, dijo Laura Pontikes. Fue el primero de una media docena de encuentros a lo largo de más de un año, añadió.

“Ojalá lo hubiera evitado, pero no lo hice, no pude hacerlo”, dijo ella.

La arquidiócesis niega las afirmaciones de Pontikes. Dice que la relación incluyó contactos sexuales, pero no relaciones plenas. Indicó asimismo que Rossi puso fin a la relación física y que Pontikes siguió enviándole “cientos de mensajes sobre todo por email y el teléfono”.

Si bien Pontikes reconoció la correspondencia, dijo que era un esfuerzo desesperado por conservar la relación espiritual, porque pensaba que era vital para su fe. Rossi le aseguró que su relación era “una bendición de Dios”.

“Rezo fervorosamente y exploro en lo profundo de mi alma”, le escribió el párroco en el 2015, después de que la relación física se había terminado. “Me duele todo mi ser”.

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La situación afectó tanto a Pontikes que buscó una terapia. Lentamente, se fue haciendo a la idea de que Rossi se había aprovechado de ella. Sus sospechas se confirmaron cuando vio cómo se manejaba con otras mujeres y recordó haber visto cómo le tocaba el hombro descubierto a una de ellas en su boda.

Un día dos amigas le dijeron la forma inapropiada en que trató a otra mujer en un peregrinaje a Tierra Santa y eso fue la gota que colmó el vaso. Ella les contó su historia a sus amigas y estas le dijeron que lo denunciase.

Pontikes hizo la denuncia ante la arquidiócesis el 7 de abril del 2016. Se reunió con el obispo auxiliar George Sheltz y con la monja Gina Iadanza. No le hicieron preguntas, según relata Pontikes, pero Iadanza escribió todo lo que ella dijo. Al irse les dejó una pila de cartas electrónicas.

Esa noche, sentada en su sala de estar, le contó todo a su marido.

“¿Qué has hecho?”, le dijo George Pontikes a su esposa, conmocionado.

En los días siguientes Laura se internó en una clínica para lidiar con el trauma. George habló con el terapeuta de ella, le leyó las cartas entre Rossi y su esposa, y empezó a darse cuenta de que el cura la había manipulado y los había traicionado a ambos. Estaba furioso.

Menos de un mes después de denunciar a Rossi, dijo Laura Pontikes, recibió una llamada de Iadanza. Ella y su esposo escucharon juntos.

“Ella dijo que habían completado su investigación y que una comisión había decidido que había que entregarlo a las autoridades”, dijo Pontikes. “Caí presa del pánico. No quería arruinarle la vida a nadie, por más que la mía fuese un desastre”.

La arquidiócesis dijo que no estaba obligada por ley a denunciar a Rossi a la policía y que Pontikes “resistió vehementemente” la idea de que lo hiciese ella. Sin embargo, Joe Bailey, entonces procurador adjunto del condado de Harris que ahora asesora a los Pontikes, aseguró que las faltas de Rossi eran claras y que debió haber sido denunciado de inmediato. La arquidiócesis finalmente hizo la denuncia el año pasado y dijo que estaba cooperando con la investigación.

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Para los Pontikes, el caso tiene que ver tanto con DiNardo como con Rossi.

La arquidiócesis de DiNardo es conocida por su reserva entre las víctimas. En el allanamiento de la diócesis en noviembre, los fiscales, apoyados por 60 miembros de los rangers de Texas y por agentes federales, confiscaron documentos relacionados con el reverendo Manuel La Rosa López, quien había sido acusado de abusar de menores. Dos de las presuntas víctimas de La Rosa López acusaron a DiNardo de minimizar sus denuncias y de mantenerlo en el ministerio, junto a menores, hasta su arresto en septiembre.

DiNardo también permitió que el reverendo John Keller oficiase misa el mismo día en que su nombre apareció en la lista de la arquidiócesis de curas acusados de abusos, a pesar de que las versiones de que había toqueteado a un chico de 16 años circulaban desde el 2003.

En el 2002, siendo obispo de Sioux City, en Iowa, DiNardo se disculpó por haber permitido que el reverendo George McFadden siguiese trabajando como cura después de haber molestado a por lo menos 25 menores.

Rossi, por su parte, ayudó a manejar las denuncias de abusos de Galveston-Houston como vicecanciller, canciller y vicario general de la arquidiócesis. Pontikes recuerda que se vanaglorió de que sus superiores no podían hacerle nada dado que “sabía dónde estaban enterrados todos los huesos”.

En 1998, Rossi firmó un documento que decía que el reverendo Jesse Linam había recibido una “jubilación completa por razones médicas”, según documentos obtenidos por la AP. La carta no revelaba que Linam había sido marginado del ministerio cinco años atrás tras admitir abusos sexuales. En una carta del 2003 con un préstamo de 2.000 dólares para que Linam pagase deudas con abogados, Rossi escribió: “Jesse, sé que estos han sido tiempos duros para ti. También lo han sido para el obispo (Joseph) Fiorenza y para mí”.

En su nuevo puesto en el este de Texas, Rossi sigue solidarizándose con curas acusados de abusos.

“Esta gente necesita nuestra oraciones. Ellos también sufren por el daño que saben que han causado”, escribió en un boletín de la parroquia del 2 y 3 de febrero.

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Un mes después de que Pontikes lo denunciase, Rossi le envió una carta electrónica al personal de San Miguel, acompañada de una carta a los feligreses en la que anunciaba su renuncia como pastor, efectiva el 7 de mayo del 2016.

“Enfrento asuntos personales muy difíciles que afectan mi sacerdocio y que requieren mi total atención”, escribió Rossi. Dijo que regresaría después de “un período de renovación”.

Pontikes dijo que Iadanza le aseguró que Rossi jamás volvería a ser pastor y que la arquidiócesis le estaba buscando un puesto como capellán de puerto o en alguna prisión, donde no tendría acceso a mujeres. La arquidiócesis afirmó que la versión que dio Pontikes de los comentarios de Iadanza “no fueron exactos”, pero no dio detalles.

Los Pontikes se enteraron del regreso de Rossi a Houston cuando un párroco los invitó a todos a una fiesta de Navidad. George Pontikes exigió posteriormente a DiNardo en una reunión que tomase medidas contra Rossi y afirma que se fue de ese encuentro con la sensación de que lo estaban amenazando.

“Me dijo que esto podía terminar en algún tribunal civil o penal y que teníamos que resolver el asunto porque ‘Laura no podría sobrellevarlo, tú no podrías sobrellevarlo y tu negocio no podría sobrellevarlo”, le habría dicho DiNardo, de acuerdo con al relato de George Pontikes.

“Le dije, ‘y ustedes tampoco’”, agregó. “Él dijo, ‘tienes razón. Pondré todo sobre la mesa, dinero, arte... Busquemos una mediación”.

Scott Allen, abogado de los Pontikes, también pensó que la iglesia estaba hostigando a la pareja. Después de una reunión del 31 de mayo del 2017, escribió que el abogado de la arquidiócesis Robert Schick había tratado de disuadirlos de que acudiesen a los tribunales mencionando “la exposición de Laura, de George, de su negocio” y el “posible impacto en la comunidad de San Miguel”.

“A pesar del intento de ‘cordialidad’, me pareció que el tono y el contenido eran... amenazantes y hasta insultantes”, escribió Allen.

La arquidiócesis no respondió a preguntas sobre estos contactos.

La “jubilación” de Rossi fue anunciada junto con su nombramiento como pastor de Nuestra Señora de Pines en Woodville Texas, una humilde parroquia con capacidad para unos 100 feligreses. Laura Pontikes dijo que Iadanza le había asegurado que Rossi sería vigilado estrechamente. DiNardo, mientras tanto, justificó sus medidas ante George.

“Empezaron diciéndome cosas como ‘se arruinó su vida, George. Ya lo castigamos’”, expresó George Pontikes. “Lo mandamos al este de Texas. Nunca podrá ascender”.

Hacia octubre del 2017, el doctor Ken Buckle, terapeuta católico de Laura Pontikes, había delineado una propuesta de mediación. Incluía una disculpa formal por las acciones de Rossi y de la arquidiócesis, una vigilancia permanente de Rossi y cinco años de terapia, con informes anuales a la pareja, y políticas “más compasivas” en los casos de conductas inapropiadas.

Pero los Pontikes dijeron que durante dos años de mediación, la iglesia se enfocó exclusivamente en un arreglo financiero.

Lo sucedido entre Pontikes y Rossi está siendo investigado por la policía de Houston y fiscales del condado de Harris han citado a declarar a sus terapeutas en nombre de un jurado investigador.

En una declaración jurada a la que tuvo acceso la AP, Buckle escribió que Pontikes sobrellevaba una crisis como consecuencia de un “abuso sexual y religioso” y que la decisión de reubicar a Rossi en otra parroquia había sido “muy angustiante” para ella. Las leyes de Texas estipulan que no hay consentimiento en una relación sexual si un cura explota la dependencia emocional de una persona.

“Se reconoce que la persona no puede consentir realmente”, dijo Tahira Khan Merritt, abogada de Dallas que representa a víctimas de abusos. “Y la iglesia lo sabe”.

La arquidiócesis dijo que informó al nuevo obispo de Rossi acerca de su violación del voto de castidad y del tiempo que había pasado en un programa de renovación.

El obispo de Beaumont, Curtis Guillory, no respondió a preguntas sobre qué otra información o recomendaciones de monitoreo había hecho DiNardo. Le dijo a la AP que había aceptado a Rossi en su diócesis como un cura retirado de Houston “con todo en orden” y que no le informaron de denuncias de conductas inadecuadas en su parroquia. Un comunicado difundido el martes en el portal de Beaumont dice que se había dado una licencia administartiva temporal a Rossi a la espera de que se complete la investigación.

Ni la investigación penal ni una mediación de años con la arquidiócesis parecen haber afectado el ministerio de Rossi. Como de costumbre, encabezó un peregrinaje de 13 días a Tierra Santa y Jordania en noviembre.

Los asientos de su nueva parroquia estaban llenos de gente el Domingo de Ramos, en que Rossi ofició la misa y luego saludó a los feligreses en perfecto español.

“A veces, traicionamos al Señor, a través de nuestras pérfidas acciones pecaminosas”, dijo Rossi en su homilía. “Y luego nos arrepentimos de nuestros pecados”.

Los boletines de la parroquia de Rossi incluyen recomendaciones sobre el amor y la sexualidad en una pareja, y cómo deben comunicarse. Laura Pontikes leyó los boletines furiosa. Le parecieron un intento de Rossi de encontrar mujeres con problemas matrimoniales que podrían buscar asesoría.

Incluyó los boletines en su carta de abril al Vaticano. Uno de ellos decía que "tomarse de las manos, besarse, abrazarse y la intimidad sexual son todas formas de comunicar el amor matrimonial. Para una personas cuyo lenguaje básico del amor es el contacto físico, ese contacto con la esposa es esencial”.

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El reportero Nomaan Merchant colaboró en este despacho.

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