Reseña: En “Happily”, 10 millennials entran a un Airbnb y...

Reseña: En “Happily”, 10 millennials entran a un Airbnb y...
En esta imagen proporcionada por Saban Films Joel McHale, izquierda, y Kerry Bishé en una escena de la película “Happily". (Saban Films via AP)

Un nuevo género de película de suspenso ha emergido en los últimos años: películas de terror que se desarrollan en un Airbnb.

Algunas constantes: millennials atractivos, mucho alcohol y una hermosa casa alquilada para un fin de semana. Entonces pasa algo aterrador y alguien pregunta: “¿Cómo conseguimos este lugar?”. Y se dan cuenta que la casa LOS ELIGIÓ a ellos, pero ya es demasiado tarde para escapar.

Para cuando “Happily”, una ambiciosa y por momentos absorbente ópera prima de BenDavid Grabinski que peca de ser bastante inconsistente, llega a este punto, nos ha perdido. Comienza a sentirse como otra película de terror hipster, de esas con millennials guapos e implementos de cocina de primera. Es una lástima, porque el primer acto es delicioso.

“Happily” comienza con esta pregunta: ¿La ley de “rendimientos decrecientes” se aplica en un sentido biológico a los matrimonios, o puede una pareja mantenerse tan enamorada como el primer día que se conoció, año tras año? La pareja que analizan es la de Tom (Joel McHale) y Janet (Kerry Bishe), ambos ridículamente atractivos, quienes siguen en la etapa de su luna de miel. Estos dos no pueden ir a una fiesta sin tener una escena candente en el baño.

A sus amigos esto les fastidia, y no sólo porque esté ocupado el baño. Les choca que esta luna de miel haya durado 14 años y no muestre señales de acabarse.

“Se van a la casa para el round 2”, bromea su amiga Karen hastiada y con un poco de envidia en una de esas fiestas. Ella y su esposo Val no tienen el mismo problema. Otro “problema” que tienen Janet y Tom es que siempre se perdondan cualquier transgresión. Perdón genuino, no el cese al fuego cansado en el que caen las parejas.

Unas noches después en una cena, Karen y Val les cancelan a Janet y Tom un fin de semana de vacaciones y les devuelven su depósito. “Todos los odian”, les explica Karen. “¡Ustedes nunca pelean!”. La pareja protesta, pero demuestra que Karen está en lo cierto toqueteándose bajo la mesa.

Desconcertados se van a casa y dicen: “Nosotros no somos los raros, ellos son”. Pero pronto surgen peores problemas. Un hombre tenebroso (Stephen Root) llega a su casa con un portafolio y les explica que trabaja para “la ciudad” y que tienen algo que arreglar: una rara disfunción dual por la cual la ley de los rendimientos decrecientes inexplicablemente no funciona con ellos. Esto debe corregirse con una inyección. Una vez que los inyecten, “serán finalmente normales por completo”, y no tienen opción.

No quiero revelar mucho, pero a partir de este punto surge la violencia. La película ahora se trata de un cadáver, y de un fin de semana con ocho amigos, porque de pronto los vuelven a invitar y esta vez ellos van con un secreto terrible.

El segundo acto se convierte en algo más torpe y menos interesante. No ayuda que ninguno de estos amigos sea remotamente atractivo o convincente. Están la calmada Patricia (Natalie Morales), quien reservó la casa, y su raro esposo Donald (Jon Daly); están Karen Karen (Natalie Zea), que no padece de celos y quiere acostarse con Tom para demostrar que él está cansado de su esposa, y su irritable esposo Val (Paul Scheer); están Richard (Breckin Meyer), un tipo obsesionado con rompecabezas y su pobre novia a la que trata mal, Gretel (Charlyne Yi). Carla (Shannon Woodward) y su pareja Maude (Kirby Howell-Baptiste) parecen los únicos con los que valdría la pena pasar un fin de semana.

¿Por qué están todos ahí? Hay un motivo aterrador por el que terminaron en esta casa particular, y esto se revela a su debido tiempo. Pero la duda que realmente surge es, ¿por qué esta gente está junta? Nadie parece disfrutar de la compañía del otro o divertirse en lo más mínimo. Sí, el inesperado asesinato crea una atmósfera tensa, pero no se siente que hayan disfrutado NUNCA estar juntos.

Sin revelar ningún secreto, la cinta avanza en un modo de película de terror antes de que en el tercer acto se resuelvan las cosas de una forma inesperada y de algún modo ingeniosa. Pero para entonces quizá ya te hayas cansado de este grupo.

Podríamos decir que es la ley de rendimientos decrecientes.

“Happily”, un estreno de Saban Films, tiene una clasificación R (que requiere que los menores de 17 años la vean acompañados de un padre o tutor) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por contenido sexual, lenguaje soez y escenas breves de violencia. Duración: 96 minutos. Dos estrellas de cuatro.

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