El Papa que habló en Tsotsil: un legado que transformó la fe en Chiapas

Juan Pérez Gómez y una comunidad indígena reimaginan el catolicismo gracias a la revolución espiritual del Papa Francisco

Por generaciones, el pueblo Tsotsil ha mantenido una relación simbiótica con la tierra, los rituales mayas y una espiritualidad profunda vinculada con la naturaleza. Pero jamás imaginaron que un Papa cambiaría su historia para siempre.

En las montañas del sur de México, en el aislado municipio de Simojovel, un humilde y sereno personaje reconfigura el rostro de la fe católica. Él es Juan Pérez Gómez, un diácono indígena ordenado en 2022, durante uno de los papados más revolucionarios que ha tenido la Iglesia: el de Francisco.

En este análisis profundizaremos en cómo la visión pastoral y social del Papa Francisco impactó la vida religiosa y cotidiana de comunidades indígenas marginadas como los Tsotsiles de Chiapas, y cómo líderes como Juan Pérez Gómez mantienen viva una de las revoluciones más profundas del catolicismo moderno.

La voz de Francisco llega al fin del mundo

Quiero una Iglesia pobre para los pobres”, dijo el papa Francisco pocos días después de asumir el papado en 2013. Con esta frase, quedó claro que su pontificado iba a distanciarse radicalmente de las formas tradicionales del Vaticano.

Francisco —nacido Jorge Mario Bergoglio en Buenos Aires— eligió su nombre pontificio en honor a San Francisco de Asís, un símbolo de pobreza, humildad y amor por la naturaleza. Desde su elección, priorizó las periferias, los grupos invisibilizados y las voces silenciadas, particularmente las indígenas.

Con gestos simbólicos y discursos poderosos, Francisco reformuló la teología de la liberación en un marco más pastoral y ecológico. En 2015 publicó Laudato Si’, una encíclica sobre el cuidado de “nuestra casa común”, que hoy es lectura frecuente en comunidades como Simojovel.

La Iglesia de los pueblos originarios

Uno de los principales legados de Francisco fue reafirmar la importancia de integrar las culturas indígenas en la liturgia católica. En palabras del propio pontífice:

“No todo lo que es parte de una cultura es pecaminoso. La fe no destruye culturas, las purifica, las enriquece y las eleva”.

Con esta premisa, el papa empujó procesos como el Sínodo para la Amazonía en 2019, que defendió el papel de los laicos, los indígenas, e incluso puso sobre la mesa el debate sobre el celibato sacerdotal.

En México, este impulso encontró eco en figuras como Juan Pérez Gómez, quien fue uno de los primeros diáconos indígenas tzotziles ordenados bajo el enfoque intercultural impulsado por Francisco. A sus 57 años, casado y acompañado por su esposa Crecencia López, ejerce su vocación mezclando las tradiciones mayas con la liturgia católica.

El evangelio en lengua originaria

Durante una reciente misa dominical en Simojovel, Juan leyó el evangelio no en español, sino en tsotsil, su lengua materna. Frente a un altar adornado con flores, velas y símbolos tanto católicos como mayas, se bendijeron las hostias en una ceremonia donde el incienso ancestral se fundió con el aroma del copal y los cantos tradicionales resonaban entre palmas tejidas.

Ña’tel bjolkotik b’a jlumtik ta lekil yich’,” pronunció Juan, lo que en español significa: “Bienaventurados los que luchan por sus pueblos con justicia y verdad”.

Estas misas no solo son actos de fe, sino de reconocimiento cultural, político y social. El hecho de que un diácono indígena tenga voz y representación activa en la comunidad es un ejemplo claro del mensaje de Francisco hecho realidad.

La fe que trabaja la tierra

Juan y su esposa viven en una casa sencilla y trabajan en su pequeña parcela para subsistir. Cultivan maíz, frijol, y crían aves. Como él mismo ha dicho:

“Ser diácono no me separa de mi pueblo ni de la tierra. Al contrario, me compromete más a luchar por ella y por los derechos que muchas veces nos han sido negados”.

En Simojovel, donde las comunidades indígenas aún enfrentan pobreza, abandono institucional y violencia por parte del crimen organizado, la figura del diácono va más allá del rito religioso: es un símbolo de resistencia y esperanza.

Honrando a Francisco tras su partida

El 21 de abril de 2025, el mundo se despidió de uno de los papas más influyentes de los últimos tiempos. Su funeral fue seguido por millones, y en lugares tan apartados como Simojovel, se realizaron misas conmemorativas en su honor, con lágrimas y oraciones pronunciadas en lenguas originarias.

“Él nos vio cuando nadie nos veía,” dijo una mujer tsotsil que asistió al servicio. “Nos recordó que también somos Iglesia. Que también somos hijos de Dios.”

Las ofrendas de flores silvestres, el altar decorado con imágenes de la Virgen de Guadalupe y los cantos bilingües eran testimonio de cómo la vida de Francisco sigue viva en cada rincón olvidado de América Latina.

El nuevo rostro del catolicismo

Francisco defendió de forma inquebrantable los derechos humanos, denunció el extractivismo en territorios indígenas, y pidió una Iglesia menos clerical. Su visión encontró resistencia en sectores conservadores, pero también aceptación fervorosa en comunidades que nunca habían sido parte sustancial de la narrativa oficial del Vaticano.

Hoy, el caso de Juan Pérez Gómez es emblema de lo que algunos teólogos llaman “la descentralización del poder pastoral”. La Iglesia ya no está exclusivamente en Roma, Buenos Aires o Ciudad de México. También habita en la selva chiapaneca, en los rezos en tsotsil y en las manos callosas de quienes siembran mientras oran.

Según un informe del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP), el 63% de los católicos indígenas en México considera que el papado de Francisco los “acercó espiritualmente al Vaticano”, y 7 de cada 10 creen que su visión debe continuar con el próximo pontífice.

Una comunidad que celebra y sobrevive

A pesar de la precariedad, Simojovel muestra cómo la fe puede ser una fuente de agencia y transformación. La misa en memoria de Francisco terminó con una celebración comunitaria donde se compartieron alimentos, se cantaron alabanzas tradicionales y se bendijo una pila de hostias en una ceremonia que integraba símbolos ancestrales con la doctrina católica.

“Aquí no hay contradicción”, dice Pérez Gómez. “Jesús también habló con parábolas rurales, con pescadores, con campesinos. Yo solo hago lo que Él haría: anunciar el amor en la lengua que cada uno entiende, sobre la tierra que cada uno ama.

El futuro de una Iglesia mestiza y plurilingüe

Lo que comenzó como un gesto papal hacia la diversidad, ha terminado por transformar profundamente la Iglesia latinoamericana. Cada vez más, la fe vive en experiencias comunitarias que rompen el molde eurocéntrico del catolicismo tradicional.

Simojovel no está sola. Experiencias similares acontecen en Perú con los quechuas, en Bolivia con los aymaras, y en Colombia con los pueblos amazónicos. El mensaje es claro: la Iglesia del futuro será indígena, mestiza, contextual y humilde.

Mientras el mundo debate sobre quién será el próximo Papa, en Chiapas ya se sabe que el verdadero legado de Francisco no lleva mitra ni vive en el Vaticano. Habla tsotsil, cultiva el maíz y predica el evangelio entre árboles de café y caminos de tierra.

Y eso, quizás, sea el verdadero milagro del siglo XXI.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press