Perú en la cuerda floja: el inesperado ascenso de José Jerí y el eterno ciclo de inestabilidad política
El Congreso destituye a Dina Boluarte tras una ola de violencia e inseguridad. José Jerí, sin experiencia presidencial, asume en medio de escándalos, contradicciones y una nación en crisis.
Perú tiene un nuevo presidente. Otra vez. Como si fuera parte de una tradición política ya institucionalizada, el país sudamericano amaneció el viernes con su séptimo presidente en menos de una década. Esta vez, el abogado y congresista José Jerí, de 38 años, asumió el cargo tras la abrupta destitución de Dina Boluarte, señalada por el Congreso por su incapacidad para frenar la ola de criminalidad que asola al país.
Un salto al vacío: Jerí llega al poder en medio de caos
La sesión del Congreso, realizada en la noche del jueves, concluyó con una votación arrolladora: 124 congresistas votaron a favor de la destitución. No hubo ni un solo voto en contra. La presidenta Boluarte fue convocada para defenderse antes de la medianoche. No se presentó. El Congreso no esperó más.
La escena fue, como muchas otras en la historia reciente del Perú, surrealista. Minutos después del mensaje de Boluarte en cadena nacional, donde destacaba los logros de su administración, la transmisión fue interrumpida para mostrar la juramentación de Jerí. Un espectáculo político que solo puede describirse como evidencia palpable de una democracia profundamente fracturada.
De defensor de la institucionalidad a presidente interino
Lo irónico del ascenso de Jerí es que, apenas en agosto, en una entrevista con El Comercio, negó rotundamente querer reemplazar a Boluarte. Se declaró creyente de la “institucionalidad presidencial” y alegó que ella estaba cerca de concluir su mandato. Sin embargo, bastó una crisis más —esta vez desatada por un tiroteo en un concierto que dejó cinco heridos— para que los mismos partidos que sostenían a Boluarte impulsaran la presidencia de Jerí.
El joven abogado asumió así un cargo para el que pocos lo veían preparado. Su carrera política comenzó como congresista sustituto del expresidente Martín Vizcarra en 2021. Desde entonces, su ascenso ha sido meteórico: de diputado sustituto a presidente del Congreso, y ahora presidente de la República.
Una administración marcada por el desencanto
Boluarte pasará a la historia como la primera mujer en ocupar la presidencia peruana, pero también como uno de los gobiernos más impopulares de los últimos tiempos. Durante los primeros tres meses de su mandato, se registraron más de 500 protestas pidiendo su renuncia.
Pero el golpe final vino desde un frente distinto: el de la inseguridad ciudadana. Según cifras oficiales, entre enero y mediados de agosto de 2024 se registraron 6,041 homicidios, la cifra más alta desde 2017 para ese mismo período. Además, las denuncias de extorsión alcanzaron 15,989 casos, un aumento del 28% respecto al mismo período del año anterior.
Boluarte, en vez de asumir responsabilidad, optó por culpar a la migración ilegal, especialmente de ciudadanos venezolanos. En un discurso pronunciado en una ceremonia militar el miércoles, afirmó que “este crimen ha sido fortalecido por la inmigración ilegal” y acusó a gobiernos anteriores de “abrir las puertas” a criminales extranjeros. Este discurso, aunque populista, no logró acallar la presión social.
Sospechas y escándalos rodean al nuevo presidente
La figura de Jerí no llega exenta de polémica. En los primeros meses de 2024, la Fiscalía General abrió una investigación preliminar por presunta violación en su contra, que fue archivada unos meses después sin mayores explicaciones. Jerí ha negado tajantemente las acusaciones, pero la falta de transparencia en el procedimiento ha sembrado dudas en la opinión pública.
A pesar de esa nube de sospechas, Jerí fue elegido como presidente del Congreso en julio con el respaldo de la misma coalición multipartidaria que defendía a Boluarte. Ahora, estos mismos actores apuestan por su capacidad de mantener cierta estabilidad de cara a las elecciones programadas para abril de 2025.
Una nación atrapada en el “síndrome del presidente caído”
Jerí se convierte en el sétimo presidente peruano desde 2016. Desde Pedro Pablo Kuczynski, pasando por Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte... ¿y ahora José Jerí?
¿Qué explica esta perpetua inestabilidad? Según el Instituto de Estudios Peruanos, más del 80% de los ciudadanos desconfían tanto del Congreso como del Ejecutivo. La figura presidencial, antes respetada y hasta venerada, se ha convertido en una silla eléctrica, a la que pocos quieren aspirar por convicción, sino por cálculo político momentáneo.
La inseguridad y su impacto político
La situación de violencia estructural en Perú no puede separarse de esta inestabilidad política. Mientras el gobierno central cambia de mando cada año (o menos), los graves problemas sociales —narcotráfico, crimen organizado, desempleo— proliferan.
Un informe de la Defensoría del Pueblo en agosto de 2024 reveló algo alarmante: más del 60% de los peruanos siente que su vida está en peligro al salir de casa. Esto crea un caldo de cultivo para el autoritarismo punitivo, donde los discursos antiinmigrantes y de mano dura ganan terreno ante la ausencia de gobernabilidad efectiva.
¿Se puede confiar en las instituciones?
Quizás la pregunta más importante de todas es cómo recuperar la confianza en las instituciones. En palabras de la socióloga María Isabel Remy, “en Perú, el sistema político ha colapsado. Ya no es solo una crisis institucional, sino una crisis de sentido”.
La figura de un presidente interino como Jerí, sin trayectoria ejecutiva ni capital político propio, difícilmente puede surtir el efecto regenerador que Perú necesita. A menos de un año de las elecciones generales, la verdadera interrogante es si los partidos presentarán alternativas viables o si, nuevamente, el país optará por “el mal menor”.
El círculo vicioso: Congreso vs. Presidencia
La Constitución peruana permite que el Congreso destituya al presidente alegando “incapacidad moral permanente”. Esta figura legal ambigua ha sido utilizada en nueve intentos contra Boluarte, siendo esta última la que logró su salida. Pero el problema no es la herramienta legal, sino su uso arbitrario y politizado.
En lugar de corregir errores de gestión gubernamental, el Congreso ha usado el juicio político como arma de chantaje y control, lo que ha generado una gobernabilidad precaria. Y mientras tanto, los problemas reales del país siguen sin resolverse.
Los desafíos inmediatos de Jerí
La legitimidad de José Jerí dependerá, en gran parte, de cómo logre enfrentar tres retos fundamentales:
- Seguridad ciudadana: reducir la violencia y restaurar la sensación de seguridad es clave para calmar la explosiva situación social.
- Neutralidad electoral: Jerí ha prometido supervisar unas elecciones justas. Pero con un Congreso muy poderoso, ese compromiso será puesto a prueba.
- Reconciliación nacional: luego de años de polarización y violencia política, toca unificar al país bajo un nuevo contrato social.
Una ciudadanía que reclama cambios verdaderos
Hay una fatiga clara en la ciudadanía peruana. Protestas, cambio de presidentes, escándalos... y sin embargo, los problemas siguen creciendo. La crisis actual no será resuelta con un cambio de rostro desde el Congreso, sino con una reforma profunda del sistema político, que reinvente la relación entre el Estado y sus ciudadanos.
Como dijo el historiador Antonio Zapata en una entrevista reciente: “No se trata solo de reemplazar a un mal presidente. Se trata de cambiar las reglas del juego. Y eso solo ocurrirá si los ciudadanos exigen un nuevo pacto fundacional”.
¿Será Jerí un simple pasajero más en la montaña rusa presidencial peruana? ¿O podrá, contra todo pronóstico, aportar alguna estabilidad mínima al país? Por ahora, el país observa, con escepticismo y esperanza, lo que vendrá.
