Sudán, Rusia y Brasil: Cuando la violencia estatal y el poder militar eclipsan los derechos humanos
De una masacre en un hospital a drones nucleares indetectables y operaciones policiales brutalmente letales, el autoritarismo armado avanza sin control
El mundo parece oscilar peligrosamente entre la represión interna extrema y la demostración de fuerza militar sin precedentes. Lo que sucedió durante los últimos días en Sudán, Rusia y Brasil muestra la coexistencia de tres formas modernas de violencia de Estado: guerra civil con atrocidades, desarrollo armamentístico descontrolado y uso desproporcionado de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad. Más que eventos aislados, son síntomas de un orden mundial cada vez menos condicionado por los derechos humanos y la rendición de cuentas.
Sudán: el horror en un hospital cercado
La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó el miércoles algo que suena a tragedia de guerra: más de 460 personas fueron asesinadas en el Hospital de Maternidad Saudí en el-Fasher, capital de la provincia de Darfur del Norte, durante un ataque de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Este grupo paramilitar ha estado en guerra contra el ejército sudanés desde abril de 2023, intentando tomar el control del país.
“Los Janjaweed no mostraron piedad por nadie”, declaró Umm Amena, madre de cuatro niños que logró escapar tras dos días de sitio.
Las RSF, una fuerza que tiene su origen en los tristemente célebres milicianos Janjaweed responsables de genocidios en Darfur a principios de siglo, entraron al hospital —el último bastión de atención médica en la ciudad— y, según la Red de Médicos de Sudán, asesinaron a sangre fría a pacientes, familiares y personal médico.
El asedio de más de 500 días a la ciudad culminó en una de las peores masacres hospitalarias de la historia reciente. No se trata de un caso aislado: numerosos hospitales han sido blanco en conflictos como el sirio, y lamentablemente el derecho internacional y las convenciones de Ginebra parecen tener cada vez menos peso.
Rusia: tecnología nuclear para infundir temor
Mientras tanto, en Moscú, Vladimir Putin volvió a exhibir el músculo nuclear. El presidente ruso declaró con orgullo que Rusia ha probado exitosamente el dron submarino nuclear Poseidón, un dispositivo autónomo de propulsión nuclear y con capacidad de cargar armas nucleares. Según dijo, es indetectable por cualquier sistema de defensa conocido.
Durante su intervención desde un hospital militar, Putin aseguró: “El Poseidón ha realizado con éxito su primera navegación impulsada por energía nuclear. No hay forma de interceptarlo”.
Y no quedó ahí. El mandatario ruso también profundizó sobre otro proyecto de arma estratégica: el misil de crucero Burevestnik, que recorrió 14.000 kilómetros en 15 horas en una reciente prueba. Equipado con un reactor nuclear “1,000 veces más pequeño que los de submarinos”, este misil también promete burlar por completo los sistemas de defensa aérea.
Ambas armas fueron presentadas ya en 2018, pero es la reiteración del mensaje lo que inquieta: Rusia sigue presionando al mundo con su supremacía nuclear, y lo hace en un contexto en el que las tensiones con Estados Unidos siguen escalando por la guerra en Ucrania y las posturas maximalistas del Kremlin.
Brasil: la guerra urbana en las favelas
En un extremo completamente distinto del globo, la ciudad de Río de Janeiro revivió una de sus noches más sangrientas. Tras una redada llevada a cabo por 2,500 uniformados en las zonas de Penha y Maré, resultaron muertos al menos 64 personas, 60 de ellas presuntos delincuentes.
Los residentes hablaron de cuerpos apilados, jóvenes ejecutados, tiros en la nuca y signos de tortura. Según testigos y activistas como Raull Santiago, muchos de los fallecidos no murieron en combate, sino que fueron ejecutados extrajudicialmente.
La operación tenía como objetivo frenar la expansión del Comando Vermelho, una de las principales organizaciones criminales del país. Sejustificó dada la guerra no declarada que el Gobierno de Río libra desde hace décadas en sus favelas. El gobernador Claudio Castro afirmó: “Estamos solos en esta guerra contra el narco-terrorismo”.
La ministra Gleisi Hoffmann respondió que se trata de una falla estructural en la coordinación interinstitucional. En otras palabras, los gobiernos estatal y federal no se entienden, y en el medio cientos de miles de ciudadanos quedan atrapados entre balas, redadas y funerales colectivos.
¿Tres contextos distintos, el mismo patrón?
Aunque distantes geográficamente, los tres casos revelan una tendencia global preocupante:
- Militarización de respuestas civiles: Los problemas estructurales como el crimen urbano o las guerras civiles están siendo enfrentados con soluciones armadas sin respeto por los derechos humanos.
- Impunidad de las fuerzas estatales: Ya sea un brazo paramilitar como las RSF en Sudán o las fuerzas policiales en Brasil, la ausencia de consecuencias internacionales fomenta el abuso del poder.
- Normalización del poder nuclear: Rusia convierte su capacidad de destrucción masiva en una narrativa cotidiana sin discusión global que cuestione su legitimidad.
Todo esto nos lleva a pensar en la fragilidad del derecho internacional. Cuando un conflicto interno como el de Sudán puede prolongarse durante más de medio año con crímenes de guerra documentados sin intervención efectiva, o cuando una potencia nuclear se jacta de crear tsunamis radiactivos sin oposición masiva de la comunidad internacional, algo anda muy mal.
El silencio como cómplice
En los tres casos, la respuesta de organizaciones como la ONU o la Corte Penal Internacional ha sido reactiva, débil o francamente inexistente. Ninguna gran potencia condena abiertamente las acciones de Rusia. Poco se dice del drama humanitario en Sudán. Y en Brasil, una guerra urbana se libra como si el Estado de derecho estuviera suspendido.
El mundo parece haber aceptado que los conflictos internos o las demostraciones de potencia nuclear son parte del orden. Pero la historia enseña que la indiferencia internacional antecede las mayores tragedias. Yugoslavia, Ruanda, Siria, ¿seguirá Sudán?
En última instancia, lo que conecta estos episodios es el desprecio por la vida humana cuando estorba. Se mata en hospitales, se destruyen ciudades con armas atómicas hipotéticas, se dispara en la espalda a jóvenes sin juicio ni proceso. ¿Vamos a seguir permitiéndolo?
