Filibustazo: El choque interno que enfrenta al Partido Republicano con Trump en el Senado
Mientras Trump presiona para eliminar el filibuster, senadores republicanos defienden una tradición centenaria que podría definir el futuro de la democracia legislativa en EE. UU.
Una grieta en el muro republicano
Desde su regreso al poder, el presidente Donald Trump ha vuelto a ejercer su influencia sobre el Congreso estadounidense con una mezcla de ímpetu ejecutivo e imprudencia institucional. Aun con una mayoría republicana en el Senado (53-47), ha encontrado resistencia en una batalla que enfrenta directamente a su personalidad confrontativa con el alma institucional del Senado: el filibuster.
Trump busca eliminar esta regla legislativa que requiere 60 votos para aprobar la mayoría de los proyectos de ley. Su argumento es sencillo pero feroz: el filibuster es un obstáculo para implementar sus políticas y un freno innecesario en tiempos de crisis gubernamental. Durante un desayuno con senadores republicanos, insistió en eliminarlo para superar el estancamiento sobre el presupuesto y poner fin al shutdown gubernamental.
“Es tiempo de terminar con el filibuster”
“Es tiempo de que los republicanos hagan lo que tienen que hacer, y eso es terminar con el filibuster”, declaró Trump frente a los legisladores, repitiendo una demanda que ya había hecho durante su primer mandato.
Pero esta vez, el rechazo le llega desde adentro.
El líder de la mayoría en el Senado, John Thune, dijo con contundencia: “Sabemos cómo están los números, y esto no pasará”. El senador por Dakota del Sur también expresó que eliminar el filibuster abriría una peligrosa caja de Pandora institucional: “El filibuster ha protegido a ambos partidos cuando no están en el poder”.
El valor histórico del filibuster
El filibuster no es simplemente una regla: es un pilar fundamental del sistema de frenos y contrapesos que estructura la democracia estadounidense. Adoptado a principios del siglo XIX, permite que la minoría en el Senado tenga influencia sobre la legislación, obligando al consenso y frenando impulsos autoritarios. Para aprobar un proyecto de ley, se necesitan 60 votos (de los 100 senadores), lo que impide que una mayoría simple imponga su agenda.
Durante el mandato de Barack Obama, los republicanos se beneficiaron del filibuster para frenar políticas como el Obamacare o iniciativas sobre justicia climática. Ahora, muchos senadores republicanos temen que ceder a Trump, y eliminar la regla, sería dispararse en el pie si los demócratas retoman el control en el futuro.
El espíritu institucionalista resiste
Voces clave dentro del Partido Republicano se han mantenido firmes contra la idea de eliminar el filibuster. La senadora Lisa Murkowski de Alaska afirmó que “el filibuster nos diferencia de esos tipos al otro lado del pasillo”, refiriéndose a la Cámara de Representantes, más impulsiva y partidista.
Thom Tillis, senador por Carolina del Norte, fue aún más tajante: “Con certeza metafísica, este Congreso no va a eliminar el filibuster. Punto final.”
Incluso el presidente de la Cámara Baja, Mike Johnson, ha defendido el filibuster como una barrera necesaria: “Nos protege de los impulsos más extremos del Partido Demócrata”.
El ala trumpista quiere arrasar con todo
Sin embargo, no todos los republicanos comparten esa visión conservadora (en el sentido institucional del término). El senador Tommy Tuberville de Alabama, un ferviente aliado de Trump, elogió la propuesta de eliminar el filibuster: “Si hay que romperlo, rompámoslo. El poder debe estar en manos del presidente”. Según Tuberville, los demócratas no tendrán reparos en hacerlo si vuelven al poder, por lo que los republicanos deberían adelantarse.
Ron Johnson de Wisconsin también se mostró receptivo a los argumentos de Trump, confesando que hace unos años se opondría a tal cambio, pero ahora lo considera estratégico.
Protestas y presión del otro lado
Mientras se desarrollaban estas tensiones en el Capitolio, miles de ciudadanos salieron a la calle tras los triunfos demócratas en varias elecciones estatales. En Washington, D.C., una gran manifestación anti-Trump adoptó un nuevo aliento. Vestidos como personajes de “The Handmaid’s Tale” y portando carteles con consignas como “Impeach”, “Resist” y “Remove”, protestaron no solo contra el presidente, sino contra lo que consideran un deterioro democrático.
“El voto fue solo el comienzo, mañana volvemos al trabajo”, dijo Karen Edfeldt, manifestante de Carolina del Norte. El reverendo Oliver Buie añadió: “La gente está cada vez más atenta a las acciones del gobierno”.
Dudas ante el recorte de fondos federales
La controversia sobre el filibuster ocurre además en un contexto en el cual diversos estados, liderados por demócratas, han presentado demandas contra el Departamento de Seguridad Nacional y FEMA. El motivo: nuevos requisitos que excluyen del conteo poblacional a inmigrantes deportados como condición para recibir fondos de emergencia.
Programas clave como el Emergency Management Performance Grant (EMPG, $320 millones) y el Homeland Security Grant Program ($1.000 millones) están en juego, afectando directamente la respuesta estatal ante catástrofes. Oregón advirtió que dos tercios de sus condados perderían capacidad operativa básica si los nuevos criterios son aplicados.
El gobierno federal exigió metodologías de conteo poblacional certificadas por cada estado, además de reducir el periodo de gasto de tres años a uno. Los estados afirman que esto vuelve los fondos “prácticamente inutilizables”.
¿Un precedente peligroso para el futuro?
Este conflicto interno entre el trumpismo y el núcleo institucional del Senado pone sobre la mesa una pregunta crítica: ¿Puede sobrevivir el sistema legislativo de Estados Unidos a la presión presidencial sin renunciar a su equilibrio histórico?
El propio Trump ha buscado eliminar otras prácticas institucionales, como los “blue slips” que permiten a senadores vetar nominados judiciales en sus estados. Y en el pasado, coqueteó con la idea de realizar nombramientos ejecutivos durante recesos del Senado, algo que ha sido limitado por la Suprema Corte desde 2014.
En contraste con la erosión de la filibuster para nominaciones judiciales —una tendencia que empezó con los demócratas en tiempos de Obama y que Trump aprovechó para confirmar tres jueces del Supremo—, el filibuster legislativo sigue en pie, pero cada vez más amenazado.
Como dijo Thune, “el filibuster ha sido un muro de contención contra que ocurran cosas verdaderamente dañinas para el país”. El debate de hoy no solo es sobre política, sino sobre la arquitectura misma de la democracia estadounidense.
