Hambre en los campus universitarios: una crisis silenciosa agravada por la política

Miles de estudiantes en EE.UU. dependen de bancos de alimentos y mercados solidarios mientras la ayuda federal desaparece

En los pasillos del Centro de Recursos de Necesidades Básicas de la Universidad Estatal de California en Sacramento (Sac State), Antonette Duff, estudiante de tercer año de psicología, escoge cuidadosamente algunos productos básicos. Es uno de los más de 3,600 estudiantes en esta universidad que dependen del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP, por sus siglas en inglés), anterior conocido como cupones de alimentos.

La alarmante realidad del hambre universitaria

En todo Estados Unidos, más de 1.1 millones de estudiantes universitarios dependen del programa SNAP para poder alimentarse, según datos de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental de EE.UU. (GAO). Solo en California, hay más de 200,000 estudiantes inscritos en este programa. Sin embargo, esta red de apoyo crítico se tambalea cada vez que el Congreso entra en parálisis.

El más reciente cierre del gobierno de EE.UU. ha tenido consecuencias inmediatas y tangibles: millones de beneficiarios, incluidos estudiantes, no han recibido su ayuda alimentaria desde noviembre. La incertidumbre sobre si habrá financiación o no ha dejado a universidades y organizaciones estudiantiles buscando soluciones rápidas como bancos de alimentos, “mercados agrícolas gratuitos” y kits de comida preempacada.

“Tener que elegir entre comer o asistir a clase”

Mike Hannigan, estudiante en el Greenfield Community College en Massachusetts y activista contra la inseguridad alimentaria, lo deja claro: “Hay compañeros que deben elegir entre asistir a clase o trabajar turnos extra para poder comer”.

Según una encuesta nacional de 2023 realizada por el Hope Center for College, Community, and Justice, más del 38% de los estudiantes universitarios encuestados reportaron inseguridad alimentaria en el último mes. Este número se ha mantenido creciente desde la pandemia de COVID-19, cuando el costo de vida se disparó y los apoyos gubernamentales se volvieron más volátiles.

Pantries y mercados solidarios: el salvavidas estudiantil

Ante el retraso de los fondos SNAP, universidades como Sac State o la Universidad de Nuevo México han reforzado sus programas de alimentos. En New Mexico, el LoboRESPECT Advocacy Center abre su despensa diariamente para unos 100 a 150 estudiantes que recogen hasta 5 kilogramos de comida gratuita por visita.

En el Nueta Hidatsa Sahnish College, una universidad tribal en Dakota del Norte con apenas 250 estudiantes, se han implementado iniciativas como “Soup Tuesdays” (Martes de Sopa), una comida caliente semanal para todos los estudiantes. Además, se han entregado kits de comidas listas para cocinar y tarjetas de regalo para tiendas locales.

“Muchos de nuestros estudiantes viven en ‘desiertos alimentarios’, donde acceder a un supermercado con alimentos frescos es una odisea”, explicó Twyla Baker, presidenta de la universidad. Añadió: “Usar a los estudiantes como peones para negociar en Washington no solo es cruel; es dañino para el futuro del país”.

Las consecuencias de la incertidumbre alimentaria: más allá del hambre

July Star Medina, estudiante de biología en Sac State, tiene un ingreso mensual de SNAP de apenas 120 dólares, después de trabajar más horas en verano. “Con eso no llego a fin de mes. El pollo y unos condimentos ya me cuestan $30”, lamenta.

La investigadora AJ Scheitler, del Center for Health Policy Research de UCLA, ha estudiado este fenómeno por años. “Los estudiantes priorizan matrícula, libros y transporte. La comida, lamentablemente, queda al final de la lista”. Asegura que la inseguridad alimentaria afecta el rendimiento académico, la salud mental y puede llevar incluso al abandono escolar.

Cómo la política federal afecta directamente a los estudiantes

En octubre, un juez federal ordenó restaurar el financiamiento de SNAP. Solo horas después, el Tribunal Supremo concedió al gobierno federal una apelación de emergencia que suspendía esa decisión. Esta constante oscilación entre decisiones judiciales y políticas ha generado confusión tanto en los beneficiarios como en las instituciones.

Ante eso, muchas universidades han tomado un rol protagónico en atender las necesidades básicas de sus estudiantes, a menudo sin apoyo adicional. Emily Tupper, directora de asistencia en Sac State, revela que el campus realiza dos ferias de productos frescos gratuitas al mes. “Estamos evaluando hacerlo semanal si la situación persiste”.

Una tendencia nacional con rostro estudiantil

  • La Universidad de Nuevo México estima que más del 4.5% de sus estudiantes recibe asistencia SNAP.
  • En Massachusetts, la organización estudiantil liderada por Hannigan entregó miles de libras de vegetales en menos de un día.
  • En California, el Departamento de Servicios Sociales ha activado campañas para ayudar a más estudiantes a solicitar SNAP, aunque el sistema está abrumado.

El panorama resulta desolador, pero también movilizador. Las universidades están promoviendo el trabajo voluntario en despensas, recaudando donaciones, y creando programas innovadores. Es un ejemplo de resiliencia institucional, aunque se reconoce que no es una solución sostenible.

El hambre no espera a la política

“Esto va más allá de comidas gratuitas”, concluye Scheitler. “Se trata de condiciones necesarias para estudiar, crecer y tener una vida digna. A menos que el Congreso y las autoridades federales tomen decisiones coherentes, esta generación tendrá que elegir entre su futuro académico y su próxima comida.”

El crecimiento del costo de la vida, el estancamiento político en Washington y la falta de coordinación entre agencias están causando una combinación peligrosa: hambre y desesperanza entre jóvenes que buscan superarse.

La pregunta que sigue flotando en el aire es sencilla, pero contundente: ¿Puede un país permitirse dejar con hambre a su futuro?

Este artículo fue redactado con información de Associated Press