Kristallnacht, memoria y advertencia: voces de los últimos testigos del Holocausto

Sobrevivientes recuerdan la 'Noche de los cristales rotos' en medio de un preocupante aumento del antisemitismo global

El eco doloroso del 9 de noviembre de 1938

La Kristallnacht, también conocida como La noche de los cristales rotos, ocurrió el 9 de noviembre de 1938 y es considerada un punto de inflexión en la persecución sistemática de los judíos bajo el régimen nazi. Durante esa fatídica noche y a lo largo del 10 de noviembre, se desataron pogromos coordinados en toda Alemania y Austria.

Según Yad Vashem, el centro de conmemoración del Holocausto en Israel, al menos 91 personas fueron asesinadas, 7,500 negocios judíos fueron saqueados o destruidos y más de 1,400 sinagogas fueron pasto de las llamas. Además, unos 30,000 hombres judíos fueron arrestados y enviados a campos de concentración como Dachau o Buchenwald. Aquellos detenidos no iban como prisioneros de guerra, sino como presagios de una política de exterminio aún más siniestra que vendría después.

Testigos de una noche de fuego y odio

Walter Bingham, de 101 años, fue testigo directo de la devastación. Tenía solo 14 años cuando se dirigía a su escuela judía en Mannheim y encontró la sinagoga en llamas. «Los bomberos estaban ahí, pero no para apagar el incendio. Solo aseguraban que las llamas no se propagaran a los edificios no judíos», recuerda con amargura. Su padre fue deportado a Polonia, donde murió en el gueto de Varsovia. Su madre desapareció en el Holocausto. Él, como casi 10,000 niños, fue salvado gracias al Kindertransport, una operación británica de rescate entre 1938 y 1939.

George Shefi, hoy con 94 años, vivía en Berlín y tenía siete cuando ocurrió Kristallnacht. Durante tres días no pudo salir de casa. «Veíamos desde la ventana cómo se burlaban e intimidaban a nuestros vecinos por limpiar sus locales destruidos», comenta. También él fue parte del Kindertransport que lo llevó a Inglaterra. Su madre murió en Auschwitz. Con más de 12,000 charlas impartidas a jóvenes en Alemania y otras partes del mundo, comparte su mensaje con convicción: «Las nuevas generaciones no son culpables del pasado, pero tienen la responsabilidad de impedir que se repita.»

Paul Alexander, de 87 años, tenía apenas meses de nacido cuando ocurrió la Kristallnacht. Fue evacuado semanas después, también en uno de esos transportes de salvación a Inglaterra. La familia logró reunirse años después, un caso poco habitual. «Fue gracias al horror de esa noche que los judíos ingleses entendieron la urgencia de actuar», recuerda.

Un antisemitismo que no desaparece

El antisemitismo no es relicto del pasado, advierte Bingham. «Hoy volvemos a ver sinagogas atacadas, símbolos judíos profanados y una retórica tóxica en redes sociales y foros políticos», señala. A raíz del estallido del conflicto Israel-Hamás y el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, las agresiones antisemitas han aumentado significativamente en distintas partes del mundo, incluyendo Australia y Europa, según un informe de la Universidad de Tel Aviv.

En comparación con los años 30, Bingham nota una diferencia: «Entonces, los judíos adoptaban una actitud sumisa rezando que no les hicieran daño. Hoy, tenemos al Estado de Israel. Estamos organizados y dispuestos a defendernos».

El poder de la memoria

La importancia de estos testimonios se vuelve crítica si consideramos que solo quedan aproximadamente 200,000 sobrevivientes del Holocausto, y el 70% fallecerá en la próxima década. A medida que el tiempo pasa, hay una urgencia creciente de mantener viva la memoria para que las generaciones futuras entiendan lo que sucede cuando el odio y la indiferencia tienen vía libre.

Shefi enfatiza que el Holocausto no fue un evento espontáneo. Le precedieron años de propaganda, leyes racistas como las de Núremberg y una progresiva exclusión social respaldada por el Estado. Lo mismo puede observarse en discursos actuales que deshumanizan a comunidades enteras.

De la memoria a la acción

No basta con recordar, hay que actuar. Esa es la posición clara de Bingham: «Debemos educar, pero también reaccionar ante cualquier muestra de odio. No podemos permitirnos el lujo del silencio». Ese mismo mensaje resuena en la tradición judía de zikaron (recordar), donde el acto de rememorar está intrínsecamente ligado al deber moral.

Para Alexander, el mensaje que busca transmitir es doble: gratitud por quienes tomaron riesgos para salvar vidas y el compromiso de no permanecer pasivos. «Gracias a Kristallnacht, algunas personas decidieron actuar. Es por ello que estoy vivo», afirma.

El deber colectivo de nunca olvidar

En un mundo conectado donde el odio se disemina tan rápido como la información, resistir al antisemitismo y otros tipos de odio no puede quedar solo en manos de las víctimas. Requiere un compromiso global con la verdad histórica, la justicia y la educación.

Organizaciones como Yad Vashem, la Fundación Marcha por la Vida y distintos centros de memoria en Europa y América Latina recuerdan este capítulo oscuro no solo como un hecho histórico, sino como una advertencia. La historia no se repite exactamente igual, pero las dinámicas del odio, sí.

Bingham, Shefi y Alexander representan los últimos testigos vivos de una noche en que el Estado alemán encendió la chispa de uno de los genocidios más atroces de la historia humana. Su existencia es al mismo tiempo prueba, memoria y resistencia.

El 9 de noviembre no debe pasar como una efeméride más. Es una fecha para mirar hacia atrás, entender el presente y comprometernos con un futuro donde la dignidad humana jamás vuelva a ser rota como el cristal de las vitrinas en Kristallnacht.

«Quien salva una vida, salva el mundo entero» — dice el Talmud. Que el testimonio de estos sobrevivientes salve, al menos, nuestra conciencia.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press