Cumbre en Colombia y una región dividida: ¿es posible una voz común sin Estados Unidos?

Mientras la presencia de líderes destacados brilla por su ausencia, la reunión CELAC-UE en Santa Marta pone sobre la mesa tensiones geopolíticas, militarización regional y desafíos climáticos que aún buscan consenso.

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Una cumbre hemisférica sin potencias: ¿vacía o estratégica?

El pasado domingo, Colombia fue sede de una ambiciosa pero problemática reunión: la cumbre entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión Europea (UE) que se llevó a cabo en la ciudad costera de Santa Marta. A pesar del optimismo del gobierno colombiano, el evento ha sido criticado por la falta de figuras clave, como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el canciller alemán Friedrich Merz. La ausencia de altos mandatarios lanza una sombra sobre la verdadera relevancia de esta cumbre.

Según la Cancillería colombiana, el motivo de esta deserción masiva se debe a la coincidencia con la COP30, la conferencia climática de la ONU que este año se celebra en Belém, Brasil. Sin embargo, la presencia de personajes como Pedro Sánchez (España) y Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) aportó cierto peso político al encuentro.

Santa Marta, el escenario de una agenda ambiciosa

El interés principal de Colombia en la cumbre es que las delegaciones firmen una propuesta titulada Declaración de Santa Marta, centrada en temas como:

  • Energías renovables
  • Seguridad alimentaria
  • Cooperación tecnológica
  • Financiamiento internacional

No obstante, el evento se enmarca en un contexto regional convulso. Las acciones militares recientes por parte de Estados Unidos en el Caribe y el Pacífico —en las que han muerto más de 60 personas desde septiembre, según reportes oficiales— han provocado una reacción diplomática fuerte, especialmente por parte del anfitrión colombiano, el presidente Gustavo Petro.

La navalización del Caribe y sus efectos colaterales

Uno de los temas que más debate genera, aunque no esté incluido explícitamente en la agenda, es la militarización del Caribe por parte de EE.UU. en lo que la Casa Blanca ha denominado una operación “antinarcóticos”. Las acciones letales, según Petro, constituyen “ejecuciones extrajudiciales”. El mandatario denunció que al menos un ciudadano colombiano ha muerto en estos ataques y uno de los dos sobrevivientes conocidos también es colombiano.

La medida ha sido calificada como un acto unilateral que socava la soberanía de los países caribeños. Es decir, Washington actúa sin consulta previa con los gobiernos de la región. Esta crítica no solo proviene de Colombia. Alexander Main, director de política internacional del think tank Center for Economic and Policy Research, comentó:

“Con la posposición de la Cumbre de las Américas este año, la reunión CELAC-UE es el último foro multilateral de alto nivel que se celebra en la región. Esto puede facilitar que los gobiernos traten con mayor franqueza el tema central del despliegue militar, dado que Estados Unidos no forma parte del foro”.

Brasil y su regreso activo al tablero diplomático

Una sorpresa fue la decisión de Lula da Silva de asistir personalmente a la cumbre. Como país anfitrión del COP30, su participación se interpretó como un gesto de solidaridad regional, particularmente hacia Venezuela. Recordemos que existe un clima de tensión generado por las reiteradas amenazas de intervención militar proferidas en su momento por el expresidente estadounidense Donald Trump.

La canciller brasileña Gisela Padovan reveló que la situación venezolana —y las recientes incursiones oceánicas— estaban entre los temas inevitablemente presentes en la mesa de diálogo:

“Queda claro que el tema surgirá, porque la delegación venezolana va a ponerlo sobre la mesa”.

¿Latinoamérica puede hablar con una sola voz?

La región históricamente ha tenido gran dificultad para hablar en bloque, y esta cumbre no fue la excepción. Mientras algunos gobiernos como Colombia, Venezuela y Brasil rechazan de plano el intervencionismo estadounidense y piden una actuación más multilateral, otros países mantienen alianzas estratégicas o dependen financieramente de Washington, lo que limita su capacidad de crítica abierta.

Además, la región sigue dividida entre gobiernos de izquierda y derecha. Mientras los primeros consideran el discurso antiimperialista como elemento estratégico, los segundos temen perder respaldo financiero y político internacional. Esta falta de unidad reduce no solo la eficacia de cumbres multilaterales, sino también la capacidad de posicionar demandas comunes en foros mundiales.

Una cumbre que dialoga mientras el mundo arde

Todo esto ocurre en un marco más amplio de crisis ambiental. La COP30 que se celebra en paralelo en Belém se concibe como una oportunidad para afinar compromisos climáticos. Sin embargo, diversas voces como la del científico Johan Rockström alertan sobre un fracaso de facto del Acuerdo de París firmado en 2015:

“Es importante ser honestos con el mundo y declarar un fracaso. Los daños del calentamiento global se están dando más rápido y de forma más grave de lo que predijeron los científicos hace solo una década”.

No todo es pesimismo, claro está. Christiana Figueres, exjefa del clima de la ONU y arquitecta del Acuerdo de París, sostiene que el mundo está encaminado en la dirección correcta, aunque reconoce que el ritmo es desigual.

Lo que sí queda claro es que Latinoamérica y el Caribe están entre las regiones más vulnerables a los efectos del cambio climático. Eventos climáticos extremos como el supertifón Fung-Wong en Filipinas tienen su reflejo en huracanes caribeños, sequías prolongadas en Centroamérica y deshielos en zonas andinas.

¿Qué se espera realmente de esta cumbre?

La Declaración de Santa Marta —si se firma sin obstáculos— apuntaría a reforzar la colaboración con la UE en materia de sostenibilidad, tecnología y seguridad alimentaria. En papel, es una promesa de mayor integración.

Pero la pregunta clave sigue en el aire: ¿puede la región avanzar hacia la unidad sin importar la presencia de Estados Unidos? Algunos analistas opinan que la ausencia estadounidense es una oportunidad para repensar alianzas y disminuir la dependencia histórica que tiene América Latina de Washington.

Sin embargo, para que esta cumbre tenga efectos reales y no se convierta en otra fotografía diplomática sin consecuencias, se necesita algo más: compromiso político sostenido y voluntad de diálogo genuino entre bloques con diferencias profundas.

En el fondo, lo que se disputa no es solo la hegemonía en el mar Caribe, sino el tipo de relaciones internacionales que América Latina desea construir en el siglo XXI. Relaciones que entiendan al multilateralismo no como una consigna, sino como una práctica constante. Y que vean la cooperación —tanto Sur-Sur como con Europa— no como dependencia, sino como una relación entre iguales.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press