Elecciones parlamentarias en Irak 2025: ¿camino hacia la estabilidad o reflejo de profundas fracturas?
Los iraquíes votan bajo tensión geopolítica, con desplazados y fuerzas de seguridad ejerciendo su derecho en medio de la incertidumbre sobre el futuro político del país.
Una jornada crucial: Las elecciones parlamentarias iraquíes de 2025
Las elecciones parlamentarias de Irak de noviembre de 2025 no son unas elecciones más. Lejos de definirse únicamente por la renovación del cuerpo legislativo, significan un momento decisivo para valorar el liderazgo del actual primer ministro, Mohammed Shia al-Sudani, y para entender en qué dirección se inclina el otrora centro de Medio Oriente: ¿hacia Teherán, hacia Washington o hacia un modelo autónomo más soberano?
Participación anticipada: el voto de los desplazados y fuerzas de seguridad
El 9 de noviembre se habilitó el voto anticipado, destinado especialmente a miembros de las fuerzas de seguridad y personas desplazadas, como los yazidíes, víctimas históricas del conflicto con el Estado Islámico. En ciudades como Basora, Bagdad y Dohuk, miles se acercaron a participar del proceso electoral, reforzando su sentir ciudadano en tiempos de gran volatilidad.
Una escena emblemática se vivió en el campo de refugiados Sharia, en la región semiautónoma del Kurdistán, donde las mujeres yazidíes ingresaban con serenidad a las casillas de voto, mientras sus huellas eran verificadas por los sistemas biométricos. Representa más que un acto técnico: simboliza resiliencia y participación democrática tras años de desplazamiento forzado.
Un país entre dos fuegos: Irán y Estados Unidos
La política iraquí no se desarrolla en el vacío, sino en una región plagada de tensiones. En las vísperas de las elecciones, las autoridades monitorean cuidadosamente el aumento de la tensión entre Israel e Irán, dos actores cuya rivalidad indirectamente permea a Irak.
Mohammed al-Sudani ha tratado de mantener un equilibrio geopolítico. Por un lado, mantiene estrechos lazos con los grupos chiítas respaldados por Irán, como los Hashd Shaabi (Fuerzas de Movilización Popular); por otro, se esfuerza por garantizar la colaboración con Estados Unidos, especialmente en el terreno económico y militar.
¿Es posible mantener esa cuerda floja? Analistas como Renad Mansour del think tank Chatham House advierten: “Irak no solo está tratando de encontrar su identidad política interna, también está peleando por su soberanía en un juego mayor donde otros quieren influir”.
El retorno de viejos rostros: Nouri al-Maliki y los bloques tradicionales
Uno de los aspectos destacados de esta contienda es el regreso con fuerza de Nouri al-Maliki, exprimer ministro criticado por muchos como uno de los responsables del colapso institucional que permitió la irrupción del Estado Islámico en 2014. Su bloque político aún mantiene amplias bases en Bagdad y el sur del país.
Sus discursos recientes no contienen autocrítica, sino acusaciones hacia la “presión extranjera” y promesas vagas de recuperación económica. Aun así, hay indicios de que goza del respaldo de gran parte del electorado chiita, especialmente entre los sectores desfavorecidos.
Los nuevos actores: Harakat Huqooq y el desencanto popular
En contraste, agrupaciones como Harakat Huqooq (Movimiento Derechos), con tintes populistas y un enfoque centrado en la justicia social, han captado simpatía entre jóvenes y desencantados con los partidos tradicionales.
Su líder, Hussein Muanis, representa una corriente emergente dentro del chiismo que busca distanciarse tanto del control iraní como del modelo neoliberal impulsado por Estados Unidos. Su lema de campaña, “Irak primero, el pueblo manda”, ha resonado en barrios empobrecidos de Bagdad.
La pregunta clave es si estos nuevos actores lograrán romper con el estancamiento parlamentario crónico o simplemente se integrarán a la maquinaria política ya oxigenada por intereses sectarios.
Irak posguerra: Un país cansado de promesas
Desde 2003, Irak ha enfrentado una sucesión de crisis: la invasión estadounidense, la guerra civil sectaria, el ascenso del Estado Islámico, y continuas protestas sociales. A todas ha sobrevivido, pero con cicatrices evidentes.
El índice de pobreza afecta hoy al 27% de la población, según cifras del Banco Mundial, y el desempleo juvenil supera el 36%. A pesar de ser uno de los países con mayores reservas de petróleo del mundo, gran parte de la producción se ve frenada por corrupción, falta de inversión e inestabilidad institucional.
La seguridad sigue siendo frágil. En el norte del país, células de ISIS continúan activas, mientras que en las regiones del sur dominadas por milicias, policías y ciudadanos denuncian actos de impunidad, extorsión e intimidación.
¿Qué está en juego en estas elecciones?
No se trata solo de 329 escaños. Se trata del futuro del sistema parlamentario multipartidista que nunca terminó de consolidarse. Para muchos jóvenes iraquíes que protestaron en 2019 durante las intensas movilizaciones contra la corrupción, este evento es una oportunidad crítica, pero también encierra frustración.
Según una encuesta reciente del Middle East Institute, más del 60% del electorado entre 18 y 35 años no confiaba en ningún partido político. La baja participación juvenil amenaza con acentuar un ciclo de apatía y continuidad de las élites tradicionales.
Al mismo tiempo, movimientos de mujeres, grupos de derechos humanos y asociaciones académicas han impulsado campañas para fomentar el voto consciente, en especial entre desplazados y minorías oprimidas como los yazidíes y cristianos caldeos.
El efecto de la diáspora y la votación anticipada
No debe subestimarse tampoco el voto de la diáspora iraquí, que este año cuenta con nuevas vías digitales para registrarse. Aunque los niveles de participación en el extranjero han sido tradicionalmente bajos, se espera que aumenten tras las campañas en redes sociales y el activismo de segunda generación en Europa y Estados Unidos.
El voto anticipado entre fuerzas de seguridad también ha sido interpretado por algunos como una herramienta para medir fuerzas entre distintas facciones. De hecho, varios informes periodísticos locales apuntan a que en ciertas regiones, como Najaf y Mosul, la presión institucional para votar por figuras aliadas al gobierno ha sido notoria.
¿Hacia una nueva era o más de lo mismo?
Los resultados de las elecciones no solo determinarán si al-Sudani logra un segundo mandato. También pondrán a prueba el sistema político nacido tras la caída de Saddam Hussein. ¿Podrá Irak avanzar hacia una democracia representativa sólida o permanecerá atrapado en el laberinto confesional?
La nación se encuentra en un momento bisagra. Como escribió en Al-Monitor el analista iraquí Ali Haddad: “Si estas elecciones no sirven para renovar el contrato social, abrirán la puerta a una nueva oleada de protestas masivas.”
Con una geopolítica regional al rojo vivo y una sociedad civil más consciente de sus derechos que nunca, el resultado que emerja del 11 de noviembre no solo resonará en Bagdad o Basora, sino que lo hará también en Teherán, Washington, Riad y más allá.
