Elizabeth Tsurkov: una historia de tortura, resistencia y denuncia desde las sombras de Irak
La investigadora israelo-rusa secuestrada por una milicia pro-Irán revela las brutalidades que vivió durante 2 años de cautiverio y expone los abusos impunes de grupos armados en Irak
Elizabeth Tsurkov no es solo una investigadora académica. Es, hoy en día, una voz imprescindible para entender los horrores silenciosos que ejercen las milicias chiitas respaldadas por Irán en territorios donde impera la impunidad. Su caso, poco común por tratarse de una mujer occidental que logró escapar con vida —y con una historia que contar—, nos traslada directamente a los temidos calabozos clandestinos en Irak. Allí, la tortura es parte de un sistema diseñado no solo para quebrar cuerpos, sino para borrar la humanidad de sus víctimas.
Un viaje al infierno: engañada, secuestrada y torturada
En marzo de 2023, Elizabeth Tsurkov se encontraba en Bagdad realizando trabajo de campo para su doctorado en Princeton. Amante del terreno, fluida en árabe, experta en movimientos sociales en Oriente Medio y con más de una década de estudio de la región, pensó que sus precauciones —viajar con pasaporte ruso y evitar a las milicias— serían suficientes. No lo fueron.
Fue introducida a la fuerza en un SUV, golpeada, agredida sexualmente y llevada con los ojos vendados a una instalación de tortura a las afueras de la capital iraquí. Allí comenzó una odisea de 2 años y medio que incluía prácticas sistemáticas extremadamente brutales: ta’aliq —ser colgada con las manos esposadas sobre la cabeza— y akrab, aún más sádica, con las manos amarradas a la espalda antes de ser suspendida. La electricidad, las violaciones, los azotes con látigos de plástico — especialmente en los pies, porque sanan muy lento— y los intentos de asesinato eran parte del menú diario.
Kataib Hezbollah y su rol invisible pero omnipresente en Irak
La milicia que la secuestró es Kataib Hezbollah, un grupo armado chiita estrechamente vinculado a Irán e incluido por Estados Unidos en la lista de organizaciones terroristas desde 2009. Aunque es formalmente parte de las fuerzas de seguridad iraquíes gracias al parapeto del Hashd al-Shaabi (Fuerzas de Movilización Popular), sus operaciones son absolutamente independientes del gobierno central.
Tsurkov subraya que el grupo no sólo controla barrios enteros en Bagdad, sino que ha logrado infiltrarse en movimientos activistas y ONGs. De hecho, así es como cree que fue identificada y seleccionada. El grupo no reconoció oficialmente su secuestro, aunque publicó en redes sociales información falsa obtenida durante las intensas sesiones de tortura. Esto, para ella, constituye una clara implicación.
¿Espía o víctima? La política de la sospecha elevada a ultranza
Durante el primer mes de su desaparición, sus captores no sabían que era israelí. Fue solo después de revisar su teléfono —donde encontraron mensajes en hebreo— que determinaron su “estatus real” y comenzaron las torturas sistemáticas. La acusaron de ser espía y demandaron un rescate de 600 millones de dólares. La cifra parece desproporcionada, pero tiene más sentido si se considera que Kataib Hezbollah pretendía usarla como ficha estratégica frente a Israel o Estados Unidos.
Lo inusual del caso es que Elizabeth es una conocida crítica del gobierno israelí y defensora vocal de los derechos palestinos. A pesar de sus vínculos académicos y activismo progresista, fue tratada como enemiga del “eje de resistencia” en Oriente Medio. Ningún matiz sobrevive al tribalismo violento de las milicias.
Una liberación bajo presión: diplomacia, amenazas y saldo de guerra
La recuperación de Tsurkov no fue fruto del azar. Su hermana, junto a aliados estadounidenses como el empresario Mark Savaya —también donante de la administración Trump— presionaron a altos mandos iraquíes, incluyendo al primer ministro Mohammed Shia al-Sudani. Tsurkov relató que Savaya amenazó sutilmente con ataques contra Kataib Hezbollah si no era liberada.
Su liberación coincidió con una serie de bombardeos israelíes castigando a múltiples milicias proiraníes, un conflicto regional intenso que también alcanzó suelo iraquí. Incluso la propia Elizabeth sintió temblar el inmueble donde estaba cautiva debido a los ataques aéreos. Unas semanas después, fue trasladada a Bagdad, entregada a agentes de seguridad iraquíes y posteriormente asistida en la embajada de Estados Unidos.
La posguerra personal: dolor crónico, cicatrices invisibles y lucha por justicia
Tsurkov hoy, en Israel, recupera su movilidad con dificultades. Sufre de dolor crónico por lesiones en la espalda y probable neuropatía permanente. Sus actividades están reducidas: mayormente permanece acostada, y sus movimientos son esquivos.
“La tortura fue increíblemente brutal”, cuenta. “Me electrocutaban. Me tocaban indebidamente todo el tiempo. Me forzaban a adoptar posturas imposibles para alguien como yo que ya tenía una lesión en la espalda”. Asegura haber inventado confesiones falsas, cuidando de no comprometer a contactos iraquíes.
Su testimonio es más que una narración personal. Constituye una denuncia desde dentro de un sistema represivo que actúa con impunidad. “Muchos iraquíes no pueden hablar —ni siquiera los sobrevivientes— porque temen por ellos o sus familias. Pero yo sí puedo”.
Tres generaciones encarceladas: una herencia de lucha
La historia de Elizabeth es también el reflejo de una memoria familiar marcada por la represión. Su madre fue encarcelada tres años por oponerse al régimen soviético; su padre pasó siete años de prisión y dos más haciendo trabajos forzados en Siberia, incluso compartiendo celda con Natan Sharansky, disidente que luego ocuparía un cargo ministerial en Israel.
Esa raíz de lucha sigue viva en Elizabeth. Pese a la devastadora experiencia, no quiere alejarse del mundo académico. Planea terminar su doctorado e incluso volver al campo, enfocada, esta vez, en visibilizar a comunidades marginalizadas.
La cara olvidada de las milicias iraquíes
A menudo, cuando Occidente piensa en grupos armados no estatales en Oriente Medio, imagina a Hezbolá o Hamás. Las milicias iraquíes, como Kataib Hezbollah, están muy lejos del radar mediático. Y sin embargo, son una de las piezas clave del poder iraní en la región.
Según la Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), Irán financia y arma a más de una docena de estas facciones, muchas de las cuales han sido responsables de asesinatos selectivos, ataques contra bases estadounidenses, represión de manifestantes y secuestros de activistas. Son un estado dentro del Estado, con flotas de vehículos de lujo, equipamiento de última generación, y el poder de decidir quién vive y quién muere —incluso antes que el propio gobierno iraquí.
Presión internacional y papel de Estados Unidos
La recuperación de Tsurkov no podría haberse logrado sin una intensa campaña internacional. Altos funcionarios estadounidenses, incluyendo a Adam Boehler —ex enviado especial de Trump—, involucraron a Irak directamente. La presión funcionó: el propio jefe de seguridad de Kataib Hezbollah reconoció que el gobierno iraquí exigió su liberación, temiendo represalias de EE.UU.
Hoy, Irak corre el riesgo de convertirse en un nuevo perímetro de juego en la guerra por influencia entre Irán y Estados Unidos. Las tensiones siguen altas, y los márgenes de acción para preservar los derechos humanos parecen esfumarse.
Una voz que incomoda pero que es necesaria
La historia de Elizabeth Tsurkov nos recuerda que las víctimas no siempre terminan en silencio. Algunas, como ella, logran convertirse en testigos indispensables. No solo sobrevivió, sino que ahora pulsa por decir lo que tantos otros temen revelar. Denuncia abusos. Pide justicia. Propone reformas que garanticen la seguridad no solo de los extranjeros, sino de los propios iraquíes que viven bajo la amenaza constante de estas facciones armadas.
En un mundo saturado por las noticias rápidas, casos como el suyo sirven para recordar que cada titular de conflicto tiene tras de sí seres humanos con nombres, historias y, sobre todo, heridas que no sanan tan fácilmente como presionando "actualizar" en la página. Tsurkov nos deja una lección clara: ser aliada de la justicia y la paz no te blinda contra el horror, pero sí te permite sobrevivirlo con el coraje de contarlo.
