Las enfermeras olvidadas de la Segunda Guerra Mundial: heroínas invisibles que merecen una medalla

Una generación de mujeres valientes salvó miles de vidas durante la guerra, pero aún esperan reconocimiento y justicia histórica

Alice Darrow tiene 106 años, y aún puede recordar claramente cómo esquivaba balas mientras portaba suministros médicos en campos de batalla que definieron el destino de la humanidad. Fue una de las casi 59,000 enfermeras del Ejército de EE.UU. que sirvieron durante la Segunda Guerra Mundial y, como muchas de sus colegas, regresó a un país que nunca valoró suficientemente su sacrificio. Hoy, un grupo de veteranas y legisladores lucha por lo que debió haber llegado hace décadas: el otorgamiento de la Medalla de Oro del Congreso a todas las enfermeras que sirvieron durante el conflicto.

La valentía bajo fuego

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, el cuerpo militar de enfermería era incipiente. Solo había 600 enfermeras registradas en el Ejército de EE.UU. y aproximadamente 1,700 en la Marina. Sin embargo, al culminar la guerra en 1945, estos números se habían multiplicado: 59,000 en el Ejército y 14,000 en la Marina —todas esenciales en el cuidado de los soldados heridos.

Muchas fueron asignadas a hospitales flotantes —barcos que servían como salas de emergencia— mientras eran atacados por fuego enemigo. En noviembre de 1942, sesenta enfermeras desembarcaron en la costa de África del Norte sin armas, expuestas al fuego de francotiradores. Se refugiaron en un hospital civil abandonado, salvando cientos de vidas. Su coraje fue evidente: menos del 4% de los soldados estadounidenses que recibieron atención médica en el campo murieron a causa de sus heridas, una tasa asombrosamente baja dadas las circunstancias extremas (Fuente: H.R. 8003, Congreso de EE.UU.).

Héroes olvidados en casa

A diferencia de los pilotos, soldados y otros miembros del esfuerzo bélico que regresaron como héroes, muchas enfermeras simplemente volvieron a la vida civil sin más que el recuerdo de su servicio. Alice Darrow, por ejemplo, se dedicó a cuidar pacientes incluso fuera de su turno, y uno de ellos —un joven soldado con una bala en el corazón— cambiaría su destino. Le pidió una cita si sobrevivía la cirugía, y ella aceptó. Se casaron, tuvieron cuatro hijos y preservaron la bala, que recientemente donó al Memorial Nacional de Pearl Harbor.

“Para ellos, tú eras todo. Porque tú eras quien los cuidaba”, recuerda Alice, con la emoción aún viva en la voz.

Una lucha legislativa cuesta arriba

Actualmente, solo hay cinco enfermeras vivas que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial. Entre ellas, Elsie Chin Yuen Seetoo, de 107 años, quien fue la primera mujer chino-estadounidense en unirse al Cuerpo de Enfermeras del Ejército. Por esa razón, un grupo de defensores está luchando contrarreloj para aprobar un proyecto de ley bipartidista que otorgue la Medalla de Oro del Congreso a estas valientes mujeres.

“Es hora de honrar a las enfermeras que dieron un paso al frente para defender nuestra libertad”, afirmó la senadora Tammy Baldwin (demócrata por Wisconsin), una de las promotoras del proyecto junto con la representante Elise Stefanik (republicana por Nueva York).

Pero el camino no es fácil. Para avanzar, el proyecto requiere más de dos tercios de apoyo en ambas cámaras del Congreso: 67 senadores y 290 representantes. Hoy, solo cuenta con 8 y 6 copatrocinadores respectivamente, cifras ínfimas ante la magnitud del reconocimiento que se busca brindar.

Rompiendo barreras raciales y de género

Las enfermeras militares de la Segunda Guerra Mundial no solo enfrentaron riesgos físicos, sino barreras institucionales. En 1941, solo 56 enfermeras afroamericanas fueron aceptadas en el ejército. Las aspirantes japonesas y chinas estadounidenses enfrentaban aún mayores obstáculos. De hecho, Seetoo tuvo que luchar para que se le reconociera como ciudadana estadounidense, y solo después de una carta escrita por un indignado médico militar chino, fue aceptada en el servicio.

Hoy, ella ya ha sido reconocida con una Medalla de Oro del Congreso especial otorgada a todos los estadounidenses de origen chino que sirvieron durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la ceremonia en 2020, recordó con orgullo: “Respondimos al llamado del deber cuando nuestro país enfrentaba amenazas a nuestra libertad”.

Las sombras del cautiverio

En 1942, casi 80 enfermeras estadounidenses fueron capturadas por tropas japonesas tras la caída de Filipinas. Pasaron tres años como prisioneras de guerra, sobreviviendo con raciones casi inexistentes y lidiando con enfermedades mientras seguían trabajando. Su labor era vital para salvar a los soldados heridos en condiciones extremas, y aún así, han recibido escasa atención histórica.

Edward Yackel, coronel retirado y presidente de la Asociación del Cuerpo de Enfermeras del Ejército, subraya la importancia del legado de estas mujeres: “Sin ellas, no tendríamos la base de conocimientos que necesitamos hoy para enfrentar guerras modernas”.

¿Por qué no se les ha reconocido antes?

Phoebe Pollitt, enfermera retirada y profesora de enfermería en la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro, destaca que incluso dentro de la historia de la salud y del feminismo, las enfermeras militares suelen ser ignoradas. “Estamos al fondo del barril incluso dentro de la historia de las mujeres”, sentencia.

Este patrón ha comenzado a invertirse: grupos como las Women Airforce Service Pilots (WASP) y las madres trabajadoras conocidas como Rosie the Riveters ya han recibido la Medalla de Oro del Congreso. Sin embargo, las enfermeras que las atendieron cuando caían heridas siguen esperando ese reconocimiento.

Una historia de amor y servicio

Probablemente, la historia de Alice Darrow personifica lo que significó ese servicio para tantas mujeres. No solo curó cuerpos; también tejió parte del tejido humano detrás de la guerra. Su historia de amor —que comenzó con un “si sobrevives, te doy una cita”— culminó en cuarenta años de matrimonio, cuatro hijos y un legado que hoy espera ser grabado en oro.

Durante un viaje reciente a Hawái, Alice donó la bala que extrajeron del corazón de su esposo al Memorial Nacional de Pearl Harbor. Ha dicho que espera con ilusión ver esa pieza exhibida ante miles de personas como testimonio de la vida, el amor y el sacrificio en tiempos de guerra.

La urgencia del reconocimiento

El reloj corre. Con solo cinco sobrevivientes conocidas de entre miles que sirvieron durante la guerra, el tiempo para hacer justicia está acabando. Tal vez no haya una metáfora mejor para ilustrar esta urgencia que la frase de George Muñoz, senador estatal de Nuevo México, citando otro tema pero aplicable aquí: “Siempre cuida a los pobres, porque ellos están contando contigo”. Las enfermeras de la Segunda Guerra Mundial también lo están.

¿Será que la historia responderá a tiempo?

Este artículo fue redactado con información de Associated Press