COP30 en Belém: ¿Una oportunidad real para los pueblos indígenas o un show simbólico más?

A pesar de las promesas de protagonismo en la cumbre climática, los pueblos indígenas enfrentan obstáculos estructurales que cuestionan la autenticidad del evento

La ciudad de Belém, Brasil, en el corazón del Amazonas, recibe este año la trigésima edición de la Conferencia de las Partes, conocida como COP30, un evento clave en la agenda climática mundial. Esta edición ha sido promocionada como "la COP de los pueblos indígenas". Sin embargo, bajo la superficie de los discursos institucionales y promesas de inclusión, se vislumbra una profunda desconexión entre las intenciones declaradas y la realidad que muchos pueblos originarios viven en el evento.

Apagón simbólico: una inauguración que resume el problema

El primer día de la COP30 tuvo un comienzo accidentado que, en muchos sentidos, simboliza el estado actual del compromiso con los pueblos indígenas. Un apagón energético retrasó la inauguración del Pabellón de los Pueblos Indígenas, obligando a los participantes a improvisar sus cantos y discursos sin micrófonos, soportando el calor del Amazonas con abanicos artesanales de papel y hojas.

Estamos trabajando dentro de un mecanismo y una institución que sabemos que no fue pensada para nosotros”, expresó Thalía Yarina Cachimuel, miembro Kichwa-Otavalo de la Delegación de Guardianes de la Sabiduría. Una frase que resume el sentimiento generalizado entre líderes indígenas presentes en Belém: inclusión parcial, visibilidad limitada y decisiones tomadas desde arriba.

¿Qué significa realmente una 'COP de los pueblos indígenas'?

La sede del evento fue elegida justamente por su significado: Belem, la puerta de entrada al Amazonas, un ecosistema vital para el equilibrio climático mundial y hogar de múltiples pueblos originarios. El gobierno brasileño lo vendió como un gesto hacia estas comunidades, reconociendo su papel en la conservación de la biodiversidad.

Sin embargo, como señaló Edson Krenak, de la etnia Krenak y representante de la organización Cultural Survival, la participación indígena ha sido mucho menor de la esperada. “Muchos no pudieron llegar por falta de alojamiento o recursos. Parece que incluso cuando nos ‘incluyen’, no lo hacen desde el principio, y luego exigen que cumplamos con políticas que no diseñamos”.

El peso estructural de la exclusión

Los obstáculos que enfrentan los pueblos indígenas para participar activamente en este tipo de eventos son múltiples:

  • Falta de representación en los gobiernos nacionales, muchos de los cuales aún reproducen lógicas coloniales.
  • Barreras lingüísticas: durante el evento de inauguración, no hubo traductor oficial para los líderes indígenas internacionales.
  • Dificultades logísticas: llegar a Belém y encontrar hospedaje ha sido casi imposible para muchos.

Estas condiciones reafirman una vieja dinámica: los pueblos originarios son celebrados simbólicamente, pero rara vez son protagonistas en la toma de decisiones.

Números que importan: la relevancia de los pueblos indígenas en la lucha climática

Según un informe de World Resources Institute, los pueblos indígenas protegen casi el 80% de la biodiversidad restante en el planeta, a pesar de representar solo el 5% de la población mundial. Estos datos demuestran que incluirlos en las decisiones climáticas no solo es justo, sino estratégico.

Más aún, un estudio publicado en Nature Sustainability reveló que las tierras indígenas tienen tasas de deforestación significativamente menores que los territorios bajo control gubernamental o privado.

A pesar de estas cifras, su participación en cuerpos de decisión como la COP sigue siendo mínima o marginal. ¿Por qué se sigue ignorando a quienes han demostrado ser cuidadores eficaces del planeta?

¿Inclusión visual o poder real?

La presencia de los pueblos indígenas ha sido más visual que estructural. Como enfatizó Cachimuel: “Una cosa es que nos vean, otra es que nos escuchen. Y otra muy diferente es que nos dejen decidir y actuar”.

Brasil ha hecho esfuerzos para integrar delegaciones indígenas a su representación oficial. Pero no queda claro cuántos otros países han seguido su ejemplo. Y sin una cuota de poder real en las negociaciones de alto nivel, la inclusión sigue siendo decorativa.

Financiación directa: una demanda urgente

Lucas Che Ical, de la organización Ak'Tenamit en Guatemala, planteó una de las demandas más pertinentes del evento: financiamiento directo a las comunidades. “Los grandes acuerdos firmados en estas cumbres raramente tienen impactos positivos directos en nuestras comunidades”, dijo. El dinero suele quedarse en ONGs intermediarias, gobiernos o agencias multilaterales donde se diluye y rara vez llega a quienes luchan en primera línea contra el cambio climático.

Según datos de la ONU, menos del 1% de los fondos climáticos internacionales se destinan directamente a pueblos indígenas. Un número escandaloso si se considera el nivel de responsabilidad ambiental que asumen.

Tradición, resistencia y esperanza

A pesar de los retos, la presencia indígena en la COP30 ha sido marcada por la fuerza, la creatividad y una visión espiritual sobre la naturaleza que todavía está ausente en los tratados internacionales. Muchos líderes han planteado la necesidad de cambiar el paradigma: dejar de ver la Tierra como una propiedad y empezar a tratarla como un ser vivo, con derechos, alma y equilibrio sagrado.

Organizaciones como COIAB (Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Amazonía Brasileña) han utilizado el evento para fortalecer alianzas regionales y exigir mecanismos de consulta previa vinculante ante cualquier política climática.

Nosotros somos los anfitriones, esta es nuestra casa”, declaró Alana Manchineri de COIAB. Su frase no solo tiene un tono territorial, sino político: sin pueblos indígenas, no hay solución climática real ni justa.

¿Y después de Belém, qué viene?

Hay un temor compartido entre los delegados indígenas: que la temática se agote con esta cumbre y vuelva nuevamente a los márgenes de la discusión. Las expectativas están puestas no solo en los discursos, sino en las estructuras que se diseñen a partir del evento. ¿Habrá marcos de acción concretos para garantizar una participación vinculante? ¿Se respetarán los derechos territoriales? ¿Cambiarán las reglas de financiamiento?

Al cierre del segundo día, Wis-waa-cha, representante de tierras Salish y Nuu-Chah-Nulth, expresó un sentimiento ampliamente compartido: “A veces, lo que más duele no es el rechazo contundente, sino la indiferencia suave, esas formas pasivas de excluir que parecen delicadas, pero nos corroen por dentro”.

Lo cierto es que la COP30 podría marcar un antes y un después en la historia de la lucha climática. Pero para que eso ocurra, debe ir más allá de la escenografía y abordar la raíz del problema: un sistema internacional que continúa marginando a quienes más cuidan de la Tierra.

¿Será esta la cumbre del cambio o solo una promesa más perdida en la selva del protocolo diplomático?

Este artículo fue redactado con información de Associated Press