La memoria no se rinde: Hadar Goldin, Ypres y el deber con los caídos en tiempos de guerras aún vivas

Del regreso del teniente israelí tras 11 años en Gaza al homenaje en Ypres por los desaparecidos de la Primera Guerra Mundial, una mirada a cómo las guerras siguen resonando en la humanidad y nuestras obligaciones con quienes lo dieron todo

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Una despedida que esperó 11 años: el regreso de Hadar Goldin

El martes, decenas de miles de israelíes se congregaron en Kfar Saba, en el centro de Israel, para despedir finalmente al teniente Hadar Goldin, cuyo cuerpo había sido retenido en Gaza durante once largos años. Sus restos fueron devueltos por Hamas el pasado domingo, y con ellos se cerró una herida pública y profundamente personal para su familia, que durante más de una década lideró una campaña sin descanso por el regreso de su hijo. Tenía 23 años cuando fue abatido dos horas después del alto al fuego en la guerra de 2014 entre Israel y Hamas.

Este no fue solo un entierro. Fue un acto de resistencia y memoria, destacando uno de los elementos más íntimos y crudos del conflicto humano: el deber de traer de vuelta al hogar a quienes murieron en combate. "Hadar es un soldado que fue al combate y fue abandonado", dijo Leah Goldin, madre del militar, en una entrevista. "Destruyeron sus derechos humanitarios y los nuestros también".

La doctrina Hannibal: entre la urgencia y el dilema moral

Al sospechar que Goldin había sido capturado con vida, Israel activó la controversial doctrina Hannibal, la cual permite el uso extensivo de fuerza para evitar que un soldado caiga prisionero. Esta operación condujo a un devastador bombardeo en las afueras de Rafah, en el sur de Gaza: murieron más de 110 palestinos, según organismos internacionales. Grupos de derechos humanos denunciaron el uso de fuerza desproporcionada y ataques indiscriminados.

En 2016, tras las críticas internacionales, Israel canceló la doctrina Hannibal, aunque luego introdujo una versión revisada en 2017. Este protocolo pone en jaque la delgada línea entre la protección de la vida de los soldados y las normas del derecho internacional humanitario.

Una guerra sin fin: la sombra del conflicto actual

La guerra de 2014 dejó más de 2,200 palestinos muertos, incluidos cientos de civiles, además de 73 fallecidos en el lado israelí. La infraestructura gazatí fue pulverizada. A pesar del paso del tiempo, las tensiones no se han calmado. Desde el ataque liderado por Hamas el 7 de octubre de 2023, en el que se tomaron nuevos rehenes, el conflicto ha estallado nuevamente. Cuatro cuerpos de israelíes tomados en esa fecha siguen bajo control de Hamas.

La historia de Hadar Goldin no se puede desvincular de este contexto. Su familia luchó por él no en un vacío, sino en medio de una narrativa bélica donde las vidas humanas se entremezclan con la política, los cálculos militares y la memoria nacional. La imagen de Hadar y de otro soldado desaparecido, Oron Shaul, colgaban en intersecciones por todo el país. No eran solo rostros; eran gritos silenciosos de justicia y retorno.

Del ejército israelí a los campos de Flandes: el eco de la historia en Ypres

El 11 de noviembre, en otra parte del mundo, en Ypres, Bélgica, otra multitud silenciosa participaba de un acto de homenaje: el Día del Armisticio. Allí se renovó el monumento a los soldados desaparecidos en la Primera Guerra Mundial —uno de los conflictos más sangrientos de la historia, con casi 10 millones de soldados muertos entre 1914 y 1918.

Ypres, o Ieper, fue uno de los escenarios más crueles. En sus campos empapados en sangre, el mundo presenció un cambio en el arte de matar: desde el uso de gas mostaza hasta el nacimiento del reconocimiento aéreo. La guerra dejó miles de cuerpos sin identificar. Hoy, el Menin Gate, con los nombres de más de 54,000 soldados británicos y de la Commonwealth sin tumba, representa la ausencia planteada como memoria eterna.

La renovación del monumento no es solo una decisión de preservación. Es una declaración: no hemos olvidado ni debemos olvidar. Como dijo en una ocasión el historiador John Keegan, “la guerra es el más grande fracaso político, y el mayor de todos los desastres sociales”.

¿Volvemos al pasado? El nuevo rearme global

Hoy, Europa no es esa tierra pacífica que creíamos forjada tras dos guerras mundiales. Con la invasión rusa a Ucrania desde 2022, los países europeos están invirtiendo en rearme. Polonia, por ejemplo, planea tener el ejército más grande de Europa en pocos años. Alemania duplicó su presupuesto de defensa. Finlandia y Suecia ingresaron o están ingresando a la OTAN.

Todo esto contrasta con el espíritu del Armisticio. El “nunca más” ha vuelto a sonar vacío para muchos. Como dijo un diplomático europeo en declaraciones a Reuters, “lo que hemos aprendido es que la paz no es gratis. Es una construcción, y esa construcción ahora se tambalea”.

Dos guerras, un mismo imperativo: traer a los nuestros a casa

Tanto el funeral de Hadar como la ceremonia en Ypres comparten una misma raíz: el reconocimiento de la deuda hacia nuestros muertos. La sociedad sostiene un contrato no escrito con sus soldados: si arriesgan —y pierden— sus vidas, entonces haremos todo por traerlos de vuelta, identificarlos, y darles el rito de despedida que merecen.

En Israel, este imperativo es casi sagrado. En la Primera Guerra Mundial, los británicos crearon la Commonwealth War Graves Commission tras ver que cientos de miles de cadáveres no podían repatriarse. Hoy mantiene más de 1.7 millones de tumbas por el mundo. Esa misión sigue viva.

¿Y si no hay cuerpo? El desafío de la memoria en tiempos volátiles

Uno de los mayores dramas postbélicos es la desaparición. No hay tumba. No hay ritual. Solo angustia infinita. Para las familias, cada día sin saber es una herida que no cicatriza. La cruz de madera colocada frente al Menin Gate el martes —como símbolo de los miles sin sepultura— tuvo un eco particular con el funeral de Hadar Goldin.

Según la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas, se estima que más de 1 millón de personas permanecen desaparecidas a causa de conflictos recientes, desde Siria hasta Sudán. En muchos casos, los Estados no hacen esfuerzos reales por su recuperación.

Por eso, historias como la de Hadar rejuvenecen la conversación: devolver a los muertos no es un acto político, es un acto profundamente humano. Como dijo Leah Goldin al identificar finalmente el cuerpo de su hijo: "Han terminado 11 años de decepciones. Lo trajo nuestro ejército, no nadie más".

¿Puede el deber con los muertos salvarnos de repetir la historia?

Mientras Gaza sigue en llamas, Ucrania resiste una invasión y la tensión militar crece desde Asia hasta el Estrecho de Ormuz, pareciera que el mundo está perdiendo el rumbo. Pero los recuerdos de Hadar, los nombres tallados en Ypres, y cientos de miles de tumbas sin nombre nos resuenan como advertencia. Recordar no es solo mirar atrás, es mirar hacia adelante con la conciencia de que las guerras son nuestro mayor fracaso colectivo.

Como refleja la frase inscrita en Ypres: "To the armies who have no known grave", tal vez no siempre los podamos traer a casa, pero sí podemos mantenerlos vivos en nuestros actos como sociedad.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press