Solidaridad en tiempos de crisis: cómo comunidades enteras están supliendo al Estado en EE.UU.
Las redes de apoyo vecinal emergen como un salvavidas durante el cierre del gobierno federal, revelando el poder de la acción colectiva frente a la inestabilidad
Cuando el gobierno se detiene, los ciudadanos actúan
En el corazón del panhandle de Florida, en una cervecería de Pensacola, cuatro mujeres se reunieron a finales de octubre. Una emprendedora de estilo de vida, una profesional del marketing, una propietaria de restaurante y una trabajadora social decidieron tomar acción donde el Estado había fallado: ayudar a quienes ya no podían costear su comida debido a la suspensión de beneficios SNAP durante el cierre del gobierno federal.
Así nació Pensacola Grocery Buddies, una iniciativa ciudadana que en apenas dos semanas consiguió conectar a más de 300 familias con voluntarios dispuestos a cubrir sus compras de alimentos, y recaudar más de $10,000 para apoyar a quienes no podían encontrar un padrino. “Todos están colaborando”, declaró Hale Morrissette, directora de operaciones de ROOTS, una organización sin ánimo de lucro local enfocada en salud. “Esto no es una cuestión partidista. Es servicio. Es cuidarnos unos a otros”.
Voluntariado como salvavidas durante el cierre gubernamental
Este fenómeno no es exclusivo de Florida. A lo largo de los Estados Unidos, ciudadanos comunes están llenando los vacíos que ha dejado un gobierno inmovilizado: desde estudiantes que preparan comidas para familias necesitadas hasta historiadores improvisados que reemplazan a los guardaparques ausentes. Lo que ha emergido es una ola de solidaridad sin precedentes.
En el Memorial Nacional de la Ciudad de Oklahoma, lugar que conmemora a las 168 víctimas del atentado de 1995, voluntarios como el lobista Pat Hall han asumido el trabajo de guías turísticos. “Tenemos que continuar contando esta historia”, dijo Hall, cuya esposa sobrevivió el atentado. Para él, esta labor voluntaria es una forma de cercanía, de curación y de brindar continuidad a la llamada “norma de Oklahoma”: una cultura de empatía y resiliencia.
La necesidad como motor de acción comunitaria
El desarrollo de estas redes de ayuda no solo responde a una emergencia coyuntural, sino también a una tendencia preocupante: la caída sostenida en el número de voluntarios. De acuerdo con datos del Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos, la proporción de personas realizando trabajo voluntario cayó del 28.8% en 2003 al 23.2% en 2021.
Anna Culbertson, exespecialista del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas que fue despedida durante los recortes de personal en primavera, decidió revertir esta tendencia. Junto a otros exfuncionarios, fundó 27 UNIHTED, una red de exalumnos del Instituto Nacional de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) que organiza bancos de alimentos para empleados federales sin sueldo, y gestiona una base de datos con recursos disponibles en tiempos de crisis. “Somos científicos”, dice Culbertson. “No somos organizadores profesionales, pero entendemos la urgencia del momento”.
Escuelas como centros de activismo cívico
En Riverside, California, la escuela secundaria Norte Vista se ha convertido en una referencia por su cultura de compromiso comunitario. Los estudiantes no solo ayudan a preparar comidas para el vecindario; también lideran iniciativas como “Thanksgiving Hands”, una campaña para entregar alimentos puerta a puerta en la temporada de Acción de Gracias.
“Nuestros estudiantes ya conocen la necesidad. Si tienen 10 latas en su alacena, donarán cinco”, asegura Jaymee O’Rafferty, coordinadora de integración comunitaria en la escuela. “Cuando compartimos nuestros recursos, multiplicamos su impacto”.
Más allá de la emergencia: repensar lo comunitario
La respuesta ciudadana ante la crisis no es nueva. Tiene raíces en momentos históricos como la Gran Depresión de 1929 o la crisis del huracán Katrina en 2005. En ambos casos, la capacidad de autoorganización de comunidades fue fundamental para enfrentar la tragedia.
Pero lo que distingue este momento es la forma rápida y descentralizada en que diferentes sectores —desde jóvenes estudiantes hasta exfuncionarios gubernamentales— han convergido para actuar. En buena parte, esto ha sido facilitado por herramientas digitales como hojas de cálculo compartidas, redes sociales y plataformas de recaudación como GoFundMe.
En palabras de Sara Sweet, otra voluntaria en el memorial de Oklahoma: “El nivel de necesidad exige un nivel de entrega sin precedentes”.
¿El inicio de una nueva cultura cívica?
Las redes de ayuda surgen como formas espontáneas de resistencia frente a lo incierto. Si bien algunas pueden desaparecer una vez el gobierno se reactive, otras podrían consolidarse como nuevas instituciones civiles más ágiles, incluyentes y eficaces.
En Pensacola, por ejemplo, Grocery Buddies se prepara para organizar una fiesta benéfica llamada “Neighbors' Night Out” con el objetivo de recaudar fondos y seguir ayudando. Morrissette, que también es DJ en su tiempo libre, señala: “Vamos a bailar, cantar y hablar. Porque también necesitamos alegría en un mundo que nos dice que no hay esperanza”.
El poder de los ciudadanos comunes
Más allá del cierre del gobierno, el fenómeno revela un futuro donde los ciudadanos no están esperando salvadores: se están movilizando como tales. Desde centros escolares hasta calles residenciales, lo que está construyéndose es una infraestructura de solidaridad.
Puede que nunca aparezcan en los titulares como grandes ONGs, pero en el día a día, estos movimientos están alimentando, cuidando y sosteniendo comunidades enteras. Y lo hacen con una ética sencilla, pero poderosa: si el Estado no puede o no quiere cuidar de los suyos, lo haremos nosotros.
“Tenemos que levantarnos los unos a los otros”, dice Sweet. Es una frase que, en medio del apagón gubernamental, parece iluminar más que nunca.
