El robo de estatuas romanas en Damasco: una herida abierta al patrimonio sirio
Mientras Siria intenta renacer tras una larga guerra civil, un robo histórico en su museo nacional aviva temores sobre el saqueo cultural del país
El Museo Nacional de Siria en Damasco, símbolo del patrimonio cultural más preciado del país, se ha convertido nuevamente en epicentro de la tragedia, pero esta vez no por un bombardeo ni un ataque militar, sino por un acto de saqueo que ha dejado atónitos tanto a ciudadanos como a arqueólogos. El robo de varias estatuas antiguas de la época romana, descubierto a principios de esta semana, ha replanteado una vez más la fragilidad del legado cultural de Siria en tiempos de paz frágil y reconstrucción nacional.
Un robo que hiere la identidad nacional
El robo fue descubierto el lunes por la mañana, al poco tiempo de la reapertura del museo tras años de conflicto y clausura preventiva por motivos de seguridad. Lo más desconcertante, según las autoridades de la Dirección General de Antigüedades y Museos (DGAM), es que el robo probablemente no fue cometido por una red organizada, sino por un individuo bien informado que logró burlar los sistemas de seguridad implementados durante la guerra civil que comenzó en 2011.
Es irónico pensar que las estatuas sobrevivieron más de 2.000 años —incluyendo guerras, terremotos y ocupaciones imperiales— solo para desaparecer ahora en medio del frágil intento de reconfigurar una nueva Siria posbélica. El museo, que había sido fortalecido con portones metálicos, cámaras de vigilancia y personal armado desde el inicio de la guerra, parecía estar preparado ante la posibilidad de saqueos como los que devastaron sitios como Palmira o Apamea.
Arte clásico, nación fracturada
Entre las piezas robadas se encuentran esculturas romanas que representaban divinidades clásicas como Venus y Apolo, pero también bustos funerarios de figuras notables de la antigua Siria romana. Estas piezas, probablemente provenientes de sitios como Dura-Europos o Palmira, no sólo son objetos arqueológicos de valor incalculable, sino también recordatorios tangibles de un pasado donde Siria fue un nodo importante del Imperio Romano, un crisol de culturas griega, parta, aramea y árabe.
El residente damasceno Waddah Khalifeh lo describió con dolor: “Esto no solo es una agresión contra el Estado sirio, sino una agresión contra toda la civilización siria”.
Restaurar el pasado, preservar el futuro
La reapertura del museo en enero de este año había sido vista por muchos como un símbolo esperanzador de regreso a la normalidad. Desde 2011, gran parte del patrimonio sirio había sido evacuado a lugares más seguros en la capital o almacenado en condiciones herméticas bajo supervisión militar. La restauración del museo fue vista no solo como un proyecto de infraestructura, sino como un acto de curación simbólica para un país desgarrado por la guerra.
No obstante, este acto de robo ha hecho tambalear de nuevo esa delicada noción de seguridad. El museo permanecía cerrado al público mientras las investigaciones de seguridad continuaban en curso. “Dios mediante, llegaremos a buenos resultados”, dijo uno de los investigadores gubernamentales.
¿Mercado negro internacional?
Uno de los temores más palpables es que estas esculturas robadas ya estén en camino a formar parte del mercado negro de arte —una industria multimillonaria que floreció especialmente durante la guerra siria. Desde 2011, organizaciones como la UNESCO y INTERPOL han documentado cientos de casos de tráfico de objetos patrimoniales desde Siria hacia Europa o Asia, muchas veces comprados por coleccionistas privados dispuestos a pagar fortunas por piezas valiosas, sin importar su procedencia ilícita.
- Según un informe de la UNESCO de 2016, al menos 7.000 objetos arqueológicos sirios fueron identificados en mercados europeos entre 2013 y 2015.
- El Estado Islámico llegó a financiar parte de sus operaciones vendiendo antigüedades robadas de Palmira y otras zonas ricas en patrimonio cultural.
La sospecha, en este caso específico, es que el autor del robo tuvo conocimiento preciso sobre la ubicación de estas estatuas y sus accesos. Esto refuerza la teoría de la participación de excolaboradores del museo o incluso antiguos funcionarios con conocimiento detallado de los protocolos de seguridad.
El museo como territorio de memoria
El Museo Nacional de Siria, fundado en 1920, ha sido hogar de algunas de las colecciones arqueológicas más ricas del Levante. En tiempos de paz, recibía más de 300.000 visitas anuales. A medida que Siria se modernizaba durante el siglo XX, el museo se convirtió en emblema del orgullo nacional. Cada vitrina, cada sala de exposición, es una narración visual del ADN cultural sirio: desde los arameos hasta los otomanos, pasando por los romanos, cristianos y musulmanes.
Una pérdida como esta no es solo simbólica. Es real. Una pieza arqueológica desaparecida rompe una cadena de continuidad histórica que ya se encontraba fracturada por años de guerra. Y representa una pérdida irreparable para investigadores, historiadores y amantes del arte en todo el mundo.
“Esta es la guerra después de la guerra”
La frase fue utilizada por Hussein Abu al-Kheir, otro residente que reflexionó sobre lo ocurrido. “Espero que estas piezas sean recuperadas, porque sería una buena señal para la nueva Siria”, dijo, refiriéndose al país pos-Asad que lucha por abrirse a la democracia, a la transparencia y a la reconstrucción humana y cultural.
Y es que los museos en contextos posbélicos se convierten en espacios cargados de múltiples lecturas. Pueden ser símbolos de renacimiento, pero también objetivos vulnerables para quienes buscan manipular la narrativa histórica o enriquecerse en medio del caos. El saqueo patrimonial es un arma blanda, pero letal, capaz de borrar siglos de historia con el mismo sigilo con que un ladrón cruza la noche.
¿Qué viene ahora para Siria y su herencia?
Las autoridades no tardaron en reforzar las medidas de seguridad y se espera que otros museos del país implementen auditorías internas. Además, se ha elevado una petición a INTERPOL para incluir las piezas robadas en su base de datos de observación global. Sin embargo, la verdadera solución pasa por algo más profundo: una revalorización social del patrimonio como parte esencial del futuro sirio.
En un país donde el tejido social ha sido rasgado por años de conflicto sectario, reconstruir la identidad colectiva también implica cuidar de sus símbolos y raíces. Devolverle al museo su papel central en la narrativa nacional —más allá de los visitantes, más allá de los turistas— será una tarea cultural y política monumental.
En palabras de la arqueóloga y exdirectora del museo en 2012, Samira Haddad: “Cuando protegemos nuestras estatuas, protegemos también el relato que Siria quiere contarle al mundo. Sin historia, no hay nación”.
Que este robo sea un llamado de atención. Que no duelan solo las piedras que faltan, sino también las historias que con ellas hemos perdido.