Elecciones en Irak: ¿estabilidad a la vista o más de lo mismo?
La victoria parcial de al-Sudani evidencia el predominio de viejos poderes y la necesidad de alianzas en un país que lucha por equilibrarse entre Irán y EE.UU.
Bagdad vibró la noche del miércoles con bocinazos, caravanas de motos, cantos patrióticos y la figura de Mohammed Shia al-Sudani proyectada como el presunto gran ganador de las elecciones parlamentarias en Irak. Pero, tras la euforia de sus simpatizantes en la Plaza Tahrir, la lectura política del momento obliga a un análisis más profundo: ¿qué significan realmente estos resultados para el futuro inmediato del país?
El regreso de lo esperado (y algunas sorpresas)
Los resultados preliminares difundidos por la comisión electoral iraquí no dejaron lugar a dudas sobre el dominio geográfico de los bloques étnicos y confesionales tradicionales: los chiitas ganan en provincias chiitas, los suníes en zonas suníes, y los kurdos refuerzan su control en regiones kurdas. Hasta aquí, todo conforme al guión predecible de un país donde las alineaciones identitarias marcan el voto.
Sin embargo, hubo novedades significativas. El bloque de Reconstrucción y Cambio, liderado por el actual primer ministro al-Sudani, logró imponerse en 8 de las 18 provincias, entre ellas Bagdad, Najaf, Karbala y Babil. Con esto, reafirma su condición de favorito, pero aún está lejos de obtener la mayoría absoluta indispensable para formar un gobierno sin alianzas.
En paralelo, la baja participación en regiones tradicionales del movimiento sadrista —como Bagdad y Najaf— mostró el impacto de la decisión de Muqtada al-Sadr de boicotear el proceso electoral por completo, fruto del desencanto tras el estancamiento político de las elecciones de 2021.
¿Quién ganó y dónde?
Estos fueron los principales ganadores por provincia:
- Mohammed Shia al-Sudani: Victoria en Bagdad, Dhi Qar, Muthanna, Qadisiyah, Karbala, Maysan, Najaf y Babil.
- Partido Democrático del Kurdistán (PDK): Sorpresivamente, encabezó las elecciones en la provincia sunita de Nínive.
- Lista Tasmeem: Bajo el liderazgo de Asaad al-Eidani, ganó en Basora, bastión político del sur chiita.
- Unión Patriótica del Kurdistán (UPK): Ganó en Kirkuk, en un contexto de violencia electoral marcada por el asesinato de dos agentes de policía durante enfrentamientos previos a los comicios.
Un Parlamento dividido obliga a pactar
Con un 56% de participación total (una cifra que combina votaciones generales y anticipadas para fuerzas de seguridad y desplazados internos), la fragmentación política se mantiene. Ningún bloque tiene garantizada una mayoría estable, lo que anticipa semanas —o incluso meses— de negociaciones multipartidistas para formar gobierno.
De hecho, la historia reciente sugiere que la fuerza más votada no garantiza la jefatura de gobierno. Basta recordar que, en 2021, el movimiento sadrista obtuvo el mayor número de curules, pero terminó renunciando tras no lograr formar gobierno. Un vacío que justamente posibilitó la subida al poder de al-Sudani en 2022.
El delicado equilibrio entre Irán y Estados Unidos
Desde que asumió el cargo hace casi dos años, al-Sudani ha caminado sobre una cuerda floja diplomática: fue elegido con el respaldo de partidos pro-Irán, pero ha intentado mantener relaciones estables con Estados Unidos. Ésa quizá sea su mayor cualidad y su peor obstáculo.
Ha promovido una imagen de pragmatismo, con énfasis en la mejora de los servicios públicos, la reconstrucción de infraestructura y una relativa estabilidad interna poco común desde la invasión de 2003 que derrocó a Saddam Hussein. Aun así, presiones recientes de Washington para limitar la influencia de milicias chiitas armadas con nexos iraníes complican su margen de maniobra.
“He is the number one in Iraq, and not only Baghdad,” dijo Hamid Hemid, uno de los simpatizantes que celebraban la victoria de al-Sudani.
Fragmentación étnico-sectaria: el modelo iraquí
Irak vive bajo un sistema político fuertemente sectarizado, una estructura que ha sido tanto causa como consecuencia de la inestabilidad crónica desde 2003. Según la Constitución iraquí, el primer ministro debe ser chiita, el presidente kurdo y el presidente del Parlamento sunita.
Este reparto de poderes busca equilibrio, pero muchas veces profundiza las divisiones y legitima la política de cuotas, en detrimento de los proyectos nacionales. Las recientes elecciones no escaparon a esta lógica.
Sorpresas regionales: el caso Nínive y la caída kurda en Diyala
Una de las historias más llamativas de estas elecciones se dio en Nínive, una provincia predominantemente sunita arrasada por la guerra contra el Estado Islámico. Allí, el Partido Democrático del Kurdistán emergió como la fuerza con más escaños, algo inédito que rompe con la hegemonía árabe sunita local y anticipa conflictos sobre representación y control territorial.
En un giro inverso, en Diyala —otra provincia con significativa población kurda—, ningún candidato kurdo logró obtener un escaño, algo que no ocurría desde 2005.
Violencia electoral: un mal persistente
Como siempre en Irak, la violencia no estuvo ausente. En días previos a las elecciones, choques en Kirkuk entre simpatizantes de partidos rivales derivaron en dos muertos entre la policía. Las tensiones étnicas y territoriales en esta provincia petrolera con presencia turcomana, kurda y árabe son un microcosmos del caos organizativo post-Saddam que todavía lastra al país.
¿Y ahora qué?
La gobernabilidad de Irak volverá a depender de alianzas entre facciones muchas veces antagónicas, en un proceso mediante el cual el bloque con más asientos deberá negociar con rivales y construir puentes entre intereses regionales, ideológicos y religiosos diversos.
La coalición de al-Sudani parte como favorita, pero necesitará cerrar acuerdos con bloques suníes o kurdos, y probablemente con partidos chiitas rivales, incluidos aquellos vinculados a milicias armadas, para consolidarse.
Tal como ha sido la norma en Irak desde 2005, la política avanza más por equilibrio de fuerzas que por mandato mayoritario.
El techo de cristal para los reformistas
Un gran ausente en estas elecciones fue el bloque reformista que surgió de las protestas de 2019. Con figuras aún debilitadas tras la represión estatal y el asesinato sistemático de líderes jóvenes, el campo reformista no logró capitalizar el descontento ciudadano rampante.
Esto confirma una realidad alarmante: las condiciones estructurales de la política iraquí siguen favoreciendo a los partidos tradicionales, con recursos, redes clientelares y apoyo externo —en particular desde Teherán— para mantenerse en el poder.
Celebraciones sí, pero con cautela
Las imágenes de Tahrir Square pintando de verde esperanza las noches de Bagdad deben ser interpretadas con matices. Sí, hay un relativo respaldo al proyecto de al-Sudani, pero también hay hastío ciudadano, apatía y boicot. El 44% de abstención habla por sí solo.
El nuevo Irak post-electoral no será ni radicalmente distinto ni totalmente igual: será, como casi siempre, un ensayo constante de convivencia impuesta.
