G20 en África sin Estados Unidos: ¿realidad diplomática o capricho político de Trump?
La negativa de Trump a participar en la cumbre del G20 en Sudáfrica pone en jaque la diplomacia global y revela profundos desencuentros entre Washington y Pretoria
Un desplante político con consecuencias globales
La cumbre del Grupo de los 20 (G20) que se celebrará en Johannesburgo, Sudáfrica, los días 22 y 23 de noviembre, estará marcada por una ausencia notoria: la del gobierno de Estados Unidos. El expresidente estadounidense Donald Trump, en una polémica decisión, ha optado por boicotear el evento, argumentando motivos que han sido ampliamente rechazados tanto a nivel local como internacional.
La decisión, que se desprende de sus declaraciones en la red Truth Social, se centra en la “persecución violenta” de la minoría blanca en Sudáfrica, concretamente de los Afrikáners, y en supuestas confiscaciones de tierras. Sin embargo, estas afirmaciones carecen de base empírica suficiente y recuerda a narrativas empleadas previamente en sectores ultraconservadores de Estados Unidos desde 2018.
Ramaphosa responde: "Su ausencia es su pérdida"
El mandatario sudafricano, Cyril Ramaphosa, no tardó en responder. Lo hizo con ecuanimidad, pero sin filtros: “Es una lástima que Estados Unidos no asista al G20. Su ausencia es su pérdida”, afirmó ante medios locales. Añadió además una crítica al valor práctico de los boicots diplomáticos, calificándolos de ineficaces y contraproducentes.
Y es que el G20, fundado en 1999 como respuesta a las crisis financieras globales, representa un espacio fundamental para la toma de decisiones económicas multilaterales. Está compuesto por 19 de las economías más poderosas del planeta, además de la Unión Europea. Pese a la ausencia de EE.UU., los líderes del resto de países —China, India, Alemania, Japón, Reino Unido, entre otros— han confirmado su asistencia.
¿Por qué se celebra en Sudáfrica?
Este año es especialmente significativo: es la primera vez que el G20 se celebra en el continente africano. Para Ramaphosa, se trata de una gran victoria diplomática y un momento histórico para el continente. “África no puede seguir siendo un espectador en los principales eventos donde se define el mundo”, aseveró en su discurso de apertura del Parlamento este mes.
La celebración de la cumbre en África también responde a una presión creciente desde el Sur Global para tener un rol más activo en la gobernanza económica internacional. La presidencia rotatoria de Sudáfrica es vista como una oportunidad para tocar temas como el cambio climático, la inequidad global y la transformación digital en contextos de desarrollo.
Trump y sus constantes tensiones con Sudáfrica
La relación entre Trump y Sudáfrica nunca ha sido fácil. Ya en 2018, el entonces presidente de EE.UU. citó a la cadena Fox News para acusar a Pretoria de expropiar tierras a granjeros blancos, lo que provocó una airada protesta por parte del gobierno africano. El asunto escaló hasta una reunión oficial en la Casa Blanca en 2019, donde Ramaphosa intentó aclarar los hechos y abogar por una relación más constructiva.
No sirvió de mucho. Desde entonces, Trump ha mantenido una retórica hostil hacia Sudáfrica, incluso criticando sus políticas sociales como formas de "discriminación contra blancos". Esta última crítica ha sido también replicada por Elon Musk, empresario sudafricano-estadounidense, quien ha calificado las acciones afirmativas del país como “racistas”.
Si bien es cierto que Sudáfrica tiene una legislación de acción afirmativa (para enfrentar décadas de apartheid y exclusión sistémica de la mayoría negra), no hay evidencia creíble que indique una "persecución hacia blancos" en el país. Así lo han concluido Amnistía Internacional y organizaciones como Human Rights Watch en múltiples informes.
¿Qué pierde Estados Unidos al ausentarse?
Más allá de lo simbólico, la inasistencia estadounidense podría tener implicaciones de gran alcance. El país norteamericano, como la mayor economía del mundo, juega un papel fundamental en la coordinación de agendas globales. Al faltar a reuniones como la del G20, pierde influencia, especialmente frente a potencias emergentes como China o India, que han aprovechado estos foros para afianzar su imagen internacional.
El economista Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel, escribió hace poco en The New York Times: “Si Estados Unidos se retira del liderazgo multilateral, el vacío será llenado inevitablemente por otros. Y no necesariamente tendrá los mismos valores democráticos”.
Además, Estados Unidos debe tomar la presidencia rotativa del G20 el próximo año, lo que hace de este boicot un gesto que podría dificultar la cooperación futura.
Choques ideológicos: Israel, Gaza y el tribunal de la ONU
Otro componente que ha tensado la relación entre EE.UU. y Sudáfrica es la reciente postura de Pretoria ante el conflicto entre Israel y Palestina. Sudáfrica ha llevado a Israel ante la Corte Internacional de Justicia, acusándolo de actos genocidas en Gaza, una medida que Washington ha considerado inaceptable por ir en contra de su tradicional aliado en Medio Oriente.
Esto ha reavivado el debate sobre si Sudáfrica está alineando su política exterior con agendas antinorteamericanas, algo que Ramaphosa ha negado categóricamente: “No somos antiestadounidenses. Lo que somos es projusticia, proigualdad y proestado de derecho.”
La política de boicot: ¿eficaz o regresiva?
La ausencia de EE.UU. en alguno de los foros económicos más importantes del planeta levanta la siguiente pregunta: ¿el boicot forma parte de un enfoque estratégico o es simplemente una reacción impulsiva y personal?” Analistas como Madeleine Albright (exsecretaria de Estado) solían advertir que la diplomacia sin presencia es como un teatro sin actores. Otros, como Henry Kissinger, sostenían que el G20 es uno de los pocos espacios donde se pueden mitigar tensiones emergentes antes de que lleguen a mayores.
Negarse a asistir simboliza algo más profundo: una concepción de la política exterior donde la preferencia individual de un líder eclipsa la articulación institucional de intereses nacionales. Incluso dentro de EE.UU., varios senadores demócratas y republicanos han criticado la decisión de Trump por socavar la continuidad diplomática del país.
¿Qué pasa con los derechos humanos en Sudáfrica?
Aunque las acusaciones de Trump sobre persecución racial son infundadas, Sudáfrica no está exenta de desafíos sociales enormes: pobreza estructural, desigualdad de ingresos, problemas de violencia urbana y corrupción. Pero clasificar estos problemas bajo la lógica de una supuesta "dominación negra" sobre los blancos es engañoso y simplista. La realidad es que las heridas del régimen del apartheid, abolido formalmente en 1994, siguen pesando.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación, bajo la conducción de Desmond Tutu, dejó claro en su informe de 2003 que “ninguna democracia nace sana de una dictadura racial. La sanación es un proceso intergeneracional.”
¿Una grieta temporal o una ruptura duradera?
Está por verse si las tensiones entre Sudáfrica y Estados Unidos se disiparán con un cambio de administración en Washington, o si representan un giro duradero en su relación bilateral. Lo cierto es que el G20 en suelo africano, con o sin EE.UU., seguirá adelante. Y eso marca ya un precedente histórico.
Como afirmó Ramaphosa: “El mundo ha cambiado. África ya no está al margen.”
