Margaret Atwood se reescribe a sí misma: secretos, feminismo y el arte de recordar
La autora de 'El cuento de la criada' revela en ‘Book of Lives’ los múltiples rostros de su vida: desde los traumas de la infancia hasta la creación de su legado feminista sin proclamas rígidas.
Por décadas, Margaret Atwood ha sido una voz inquebrantable de la literatura distópica, del feminismo equilibrado y de las letras canadienses. Pero en su nuevo libro “Book of Lives: A Memoir of Sorts”, la autora decide dejar de escribir sobre otros mundos para escribir, por fin, sobre el suyo. Y el resultado es tan provocador, lúcido y humano como sus mayores novelas.
Un juego de secretos: ¿Confiesa o se guarda algo Atwood?
La portada de su nuevo libro, en la que la autora aparece con un dedo en la boca como guardando un secreto, ya nos advierte que esta no será una autobiografía convencional. “¿Será esta una obra en la que se revelan secretos o una en la que se ocultan?”, parece preguntar la imagen. Atwood misma diría: ambas cosas.
La obra de más de 600 páginas no es una confesión escandalosa, sino una meditación sobre qué significa mirar hacia atrás y seleccionar lo que se recuerda. “No quería entregarme al ajuste de cuentas moral más sórdido”, escribe en la introducción, evitando caer en la tentación del chisme literario.
El arte de recordar y el privilegio de la estabilidad
Mientras otras autoras han centrado sus memorias en conflictos, traumas o rupturas familiares, Atwood ofrece una perspectiva peculiar: la relativa estabilidad emocional y social de su vida le permitió explorar sin restricciones las zonas más oscuras de la humanidad en su ficción.
“Hice parte de una generación afortunada”, dice al referirse a haber crecido durante la Segunda Guerra Mundial sin estar directamente implicada en el conflicto. Esa distancia le permitió observar, analizar e incluso advertir sobre los peligros del totalitarismo en obras como “El cuento de la criada”, una novela que nació de preguntarse: ¿Y si Estados Unidos se convirtiera en una teocracia?
Infancia en la nieve: traumas tan reales como literarios
Uno de los pasajes más crudos del libro recuerda un episodio de acoso infantil que vivió a los 9 años, cuando un grupo de amigas la engañó para que se metiera en un agujero en la nieve, dejándola allí. Esta vivencia fue una inspiración directa para “Ojo de gato”.
“Las niñas pueden ser bastante complejas y crueles”, observa Atwood, contrastando con la supuesta simplicidad con la que los niños establecen jerarquías por habilidades deportivas o videojuegos. Atwood fue víctima de ese lado oscuro femenino que muchos prefieren ignorar cuando idealizan a las mujeres como inherentemente bondadosas.
Feminismo, sí —pero no cualquier tipo
Quizás ningún aspecto de Atwood ha sido tan discutido como su relación con el feminismo. Etiquetada muchas veces como una “profeta feminista”, Atwood insiste en colocar matices: “Hay al menos 75 tipos de feminismo”, dice citando incluso a Wikipedia, y señala que ella pertenece a aquel que lucha por la igualdad legal.
Esto no la hace menos comprometida. Ha apoyado causas como Equality Now, pero nunca se sintió cómoda con las imposiciones estilísticas o ideológicas de ciertos sectores del feminismo radical. “Durante la segunda ola, no me convencía eso de tener que llevar overoles y botas de trabajo todo el tiempo”, afirma con humor.
La muerte como catalizador narrativo
Uno de los motores para escribir su memoria fue una fuerza ineludible: la muerte. La de sus padres, la de amigos, y, sobre todo, la del también escritor Graeme Gibson, su compañero de vida durante décadas. Atwood admite que, de haber estado él vivo, probablemente jamás habría publicado este libro.
Y sin embargo, no rehúye narrar su historia juntos: desde una primera cita en una canoa hasta viajes por el mundo. Disfrutó volver a sus recuerdos con él. “La parte que no fue divertida fue cuando murió. Pero eso es la vida real. Y en ella, la gente muere”.
¿Rebelde? No tanto
A diferencia de tantos escritores que hacen del rechazo a sus padres el centro de sus memorias, Atwood no guarda rencor ni heridas. “Era una adolescente algo tramposa, pero no sentí el impulso de rebelarme”, dice. De hecho, recuerda que su madre le sugirió aprender a escribir bien si pretendía ser escritora, a lo que ella respondió: “otros harán eso por mí”.
La distopía como advertencia, no profecía
Es común que sus lectores interpreten “El cuento de la criada” como una predicción escalofriante. Atwood corrige: no son profecías, sino advertencias. “Si quisiera que las personas cayeran en el agujero, no diría nada sobre él. Les diría que el camino es hermoso y sin complicaciones”.
Así, la literatura de Atwood se convierte en un espejo oscuro que nos obliga a pensar en la fragilidad de la democracia, los derechos de las mujeres, las teocracias disfrazadas de moral y las narrativas que nos contamos a nosotros mismos para justificar la opresión.
La historia de una escritora que nunca quiso dejarse definir
“No quería llamarlo ‘Suerte’. Suena como el nombre de un perro”, responde cuando se le pregunta por qué su libro no se titula simplemente “Suerte”, una palabra que usa a menudo para describir su vida. Porque aunque reconoce haberse beneficiado de nacer en la época y lugar adecuados, también reivindica su libertad para elegir y su determinación para no encajar nunca del todo.
¿Cuál de sus obras es su favorita? Atwood no responde. “Los otros libros me reclamarían. Dirían: ‘Yo te di todo de mí y ni siquiera me agradeces’”.
Margaret Atwood: 85 años y contando
Ahora, con 85 años, Atwood no renuncia ni a escribir ni a pensar el mundo con lucidez crítica. Y si bien dice que a esa edad ya no necesita escribir para saber qué piensa, también sabemos que seguirá escribiendo —porque, como demuestra esta suerte de memorias, hay historias que aún quiere contarse.
“Book of Lives” no es una autobiografía definitiva. Es, más bien, una conversación íntima con una mujer compleja, irreverente, aguda y, sobre todo, profundamente humana.
