Sudán en Ruinas: Cómo la Guerra Civil Desgarró a un País y Multiplicó la Tragedia Humanitaria

Con millones de desplazados, una crisis alimentaria sin precedentes y un colapso institucional imparable, Sudán vive uno de los peores conflictos del siglo XXI bajo la mirada impotente del mundo

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El inicio de un infierno anunciado

En abril de 2023, Sudán, un país que ya arrastraba décadas de conflictos y transiciones políticas inconclusas, estalló en una guerra total entre dos facciones del poder: el ejército regular sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés). Ambos cuerpos, alguna vez aliados en el proceso de transición posterior a la caída del dictador Omar al-Bashir en 2019, se convirtieron en fuerzas antagónicas compitiendo por el control político y militar del país.

Desde entonces, la situación ha escalado a niveles dantescos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 40,000 personas han muerto, aunque organizaciones humanitarias consideran que la cifra real podría ser “muchas veces mayor”. Además, la guerra ha provocado el desplazamiento forzado de unos 12 millones de personas, el número más alto en la historia reciente del país.

Civiles atrapados en el fuego cruzado

La situación actual, descrita por funcionarios de la ONU como “horrífica”, ha dejado a dos de cada tres sudaneses en necesidad extrema de ayuda. Tom Fletcher, jefe de asuntos humanitarios del organismo internacional, declaró en entrevista que “el acceso que necesitamos está completamente limitado por el conflicto”. Mientras tanto, las operaciones de socorro están al borde del colapso.

Uno de los epicentros del sufrimiento ha sido la región de Darfur, históricamente plagada por conflictos tribales y de control territorial. La ciudad de el-Fasher, capital de Darfur del Norte, fue tomada por el RSF tras 18 meses de asedio. Según la OMS, en el ataque a un hospital saudí local murieron más de 450 personas. Testimonios indican que los paramilitares recorrieron casa por casa asesinando civiles y perpetrando abusos sexuales.

La organización Mashad, dedicada a los derechos humanos, denunció el domingo pasado que centenares de niñas fueron víctimas de violencia sexual durante la toma de la ciudad. Estos hechos no solo denuncian una catástrofe humanitaria, sino violaciones flagrantes a los derechos humanos que pueden ser consideradas crímenes de guerra.

El hambre como arma de guerra

El conflicto ha devastado las capacidades agrícolas, médicas y logísticas del país. En campamentos de refugiados como el de Tawila, a donde han llegado decenas de miles tras huir de el-Fasher, Médicos Sin Fronteras ha detectado índices alarmantes de desnutrición.

Amy Pope, directora de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), destacó que “la escala de la necesidad es absolutamente increíble. Y coincide con un momento en que han habido recortes sin precedentes en la ayuda humanitaria a nivel mundial”.

Según el ReliefWeb, más del 70% de la población vive ahora con menos de un dólar al día, y las cadenas de suministro humanitario están completamente fragmentadas. Esta realidad ha convertido el hambre en un elemento estructural del conflicto, reproduciendo un ciclo imparable de sufrimiento.

Los desplazamientos masivos y el colapso del estado

El desplazamiento masivo de población ha superado en números, ritmo e impacto al de países como Siria o Ucrania. Unos 12 millones de sudaneses ahora viven como desplazados internos o refugiados en países vecinos como Chad, Egipto y Etiopía.

El éxodo se complica además por la creciente hostilidad de las políticas migratorias en Europa. En Grecia, por ejemplo, el endurecimiento de las leyes de inmigración ha llevado a la detención de cientos y la criminalización de la migración forzada, que afecta de forma directa a ciudadanos sudaneses que buscan escapar de la violencia.

En un centro para migrantes del norte de Grecia, una revuelta dejó dos policías heridos y 30 migrantes arrestados. Los detenidos enfrentan ahora penas de prisión de hasta cinco años, simplemente por cruzar fronteras en busca de seguridad.

¿Un futuro político sin esperanza?

Más allá de la catástrofe humanitaria, la guerra en Sudán está erosionando completamente las estructuras del estado. El ministro de Relaciones Exteriores de Sudán, Mohi al-Din Salem, descartó cualquier compromiso con la propuesta de tregua liderada por Estados Unidos, a pesar de que el RSF afirmó estar dispuesto a aceptarla. El gobierno condicionó su aceptación a un desarme completo del RSF y su retiro de zonas civiles, algo que parece improbable en el corto plazo.

La iniciativa americana contemplaba un alto al fuego de tres meses seguido de un proceso político de transición de nueve meses. Mientras tanto, la comunidad internacional continúa dividida y atrapada en la inercia diplomática.

Sudán del Sur: la otra cara de una moneda hecha de sangre

Mientras Sudán se desangra, Sudán del Sur — país vecino e independiente desde 2011 — también enfrenta su propio infierno. Esta semana, el presidente Salva Kiir destituyó sin explicación a su vicepresidente Benjamin Bol, considerado un sucesor potencial.

La medida ha reavivado los rumores sobre pugnas políticas al interior del partido gobernante. Bol no solo perdió su puesto como vicepresidente, sino que también fue degradado en el ejército al rango de soldado raso. Su cercanía a Kiir y su implicación en casos de corrupción sancionados por EE.UU. refuerzan el panorama de inestabilidad.

En paralelo, el carismático líder opositor Riek Machar enfrenta cargos de traición tras enfrentamientos mortales ocurridos este año entre sus fuerzas leales y tropas militares. La ONU ha advertido sobre una inminente reanudación de la guerra civil en el país más joven del mundo, cuya paz sigue siendo un ideal lejano.

Un sistema internacional perplejo y paralizado

Ambos conflictos reflejan la parálisis de la comunidad internacional ante las complejidades geopolíticas del Cuerno de África. A pesar de los múltiples acuerdos de paz firmados — como el de Sudán del Sur en 2018 — la implementación ha sido deficiente, lenta o simplemente nula.

Jean-Pierre Lacroix, jefe de las fuerzas de paz de la ONU, advirtió al Consejo de Seguridad esta semana que “el proceso de paz en Sudán del Sur está en punto de quiebre”. Y si bien hay condenas, llamados a la paz y propuestas de diálogo, la realidad en terreno es de balas, hambre y desplazamiento.

Mientras tanto, potencias extranjeras continúan posicionándose estratégicamente en la región. Hay reportes de apoyo logístico y militar otorgado a las partes beligerantes en Sudán, lo que aviva un conflicto que no parece tener fin cercano.

¿Qué puede hacer la sociedad civil?

En contextos como este, el papel de las ONG, movimientos sociales y redes de solidaridad internacional se vuelve imprescindible. Organizaciones como MSF, el Comité Internacional de la Cruz Roja, y distintas redes de activismo digital están intentando mantener viva la atención hacia un conflicto que muchos ya consideran “una Siria africana”.

Además, plataformas como GoFundMe y ACNUR canalizan donaciones directamente hacia comunidades sudanesas desplazadas. La presión ciudadana también puede empujar a gobiernos e instituciones a reactivar los fondos para asistencia humanitaria.

La historia de Sudán es la de un pueblo atrapado entre la tiranía, la traición y la indiferencia global. El tiempo se agota, y cada día que pasa sin una solución integral significa más vidas perdidas, más hogares destruidos y un futuro aún más negro.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press