“Sirāt”: El cine como ceremonia en la era del colapso
El director Oliver Laxe redefine el lenguaje cinematográfico con una obra radical, espiritual y desesperadamente humana
Un viaje interior en medio del apocalipsis
Con “Sirāt”, Oliver Laxe no solo ha concebido una película, sino un rito. Desde su triunfal estreno en el Festival de Cannes, donde obtuvo el premio del jurado en 2025, esta obra ha sacudido a la crítica, dividido al público y provocado intensos debates sobre el rumbo del cine contemporáneo.
Esta producción hispano-francesa, ambientada en un desértico sur de Marruecos y protagonizada por Sergi López y el joven Bruno Núñez Arjona, se adentra en un terreno pocas veces explorado con tal franqueza visual y filosófica: el del fin de nuestra era. “Sirāt” significa “camino” en árabe, y ese camino no es solo físico; es espiritual, existencial y profundamente inquietante.
Un argumento sencillo para una obra conmocionante
La historia gira en torno a un padre y su hijo de 12 años en busca de la hija adolescente desaparecida. El rastro los lleva a una rave perdida en el desierto, y de ahí, en una odisea junto a un grupo de nómadas modernos —jóvenes sin rumbo, idealistas desorientados, víctimas del colapso. El paisaje es árido, casi lunar. La falta de agua, las menciones constantes a una inminente Tercera Guerra Mundial en la radio, y la sobrecogedora sensación de que nada volverá a ser igual, colman cada plano.
Aunque recuerda por momentos a clásicos como “The Wages of Fear” (Henri-Georges Clouzot, 1953) y “Mad Max: Fury Road” (George Miller, 2015), Laxe va más allá. “Sirāt” no se limita al entretenimiento, ni siquiera a la denuncia política. La suya es una declaración estética y espiritual que busca redefinir la función del cine en nuestros tiempos.
El director como chamán: Oliver Laxe frente al abismo
Hijo de gallegos, criado entre Francia y España y profundamente influenciado por la cultura árabe del Magreb (vivió años en Tánger y en un palmeral del sur de Marruecos), Laxe no es un director cualquiera. Mide casi dos metros y su figura casi mística le ha valido comparaciones con profetas y filósofos. En entrevistas ha confesado que utiliza su propia película como escudo espiritual: “Cuando estoy en un avión y la cosa se pone fea, me digo: ‘Eres el director de Sirāt. No puedes tener miedo’”.
En una conversación en el Festival de Toronto, confesó: “No quería hacer una película. Era una necesidad de trascender. Mi intención era construir una ceremonia, no una narrativa. Como los griegos, que no iban al teatro para entretenerse, sino para purgar sus sombras”.
¿Puede el cine ser aún una ceremonia?
La tesis de Laxe es audaz: el cine actual está mayoritariamente orientado a la destrucción o al olvido. “El 98% de las producciones audiovisuales están hechas sin propósito profundo”, afirma. Frente a eso, propone el cine como acto terapéutico. Uno que saque al espectador de su pasividad y lo arroje —con o sin violencia emocional— a enfrentarse consigo mismo.
“Sirāt” es un filme que golpea, sacude y deja a muchos perturbados. Algunos asistentes a las proyecciones confiesan haber sentido miedo, angustia o heridas reabiertas. “Pero cuando llegan a casa, me dicen que sienten que vuelven a sentir la vida. Que algo ha despertado”, dice Laxe con una mezcla de satisfacción y humildad.
Paisajes heridos, imágenes vivas
El desierto de Marruecos, con sus texturas secas, sus capas de erosión y su vastedad intimidante, se convierte en un personaje más. “Es un paisaje herido, como nosotros”, comenta el director. Según él, ese contacto con la inmensidad no oprime, sino que devuelve la humildad. El sentimiento de pequeñez frente a una naturaleza implacable que representa no solo el fin físico de algunas civilizaciones, sino el final simbólico de nuestro modo de vida actual.
Filmación extrema para una experiencia radical
Laxe no rehúye lo difícil. “Sirāt” fue rodada bajo condiciones climáticas extremas, incluyendo tormentas de arena y un calor sofocante. “Me gusta llevar al límite a mi equipo y a mí mismo. El arte, la espiritualidad y la cultura rave tienen eso en común: caminar sobre campo minado sin saber exactamente dónde empieza o termina”.
En su opinión, proteger las imágenes auténticas es una forma de resistencia. “Las primeras imágenes las tuve bailando en fiestas, conectado con otras personas. El desafío es llevar esas imágenes salvajes y puras a través de la escritura, la preproducción, el rodaje… y que sigan vivas al final del proceso”.
Una visión incómoda pero necesaria
Que “Sirāt” haya generado incomodidad no es accidental. El propio Laxe sabía que estaba cruzando una línea muy delgada. “Mis amigos me decían: ‘No queremos que la gente sufra’. Pero entendí que debía lanzarme al abismo. ¿Para quién estaba haciendo esta película, si no para quienes aún sienten?”.
El crítico francés Jacques Rancière ha escrito que el arte tiene el deber de redistribuir el paisaje sensible; de crear nuevas formas de percepción. Laxe ha tomado ese mandato casi como un dogma vital. Sus imágenes, lejos de buscar confort, buscan incomodar. El espectador no es cliente, es testigo.
La esperanza en medio del naufragio
Pese al futuro oscuro que articula la narrativa del filme —guerra, exilio forzado, migración masiva, deshumanización tecnológica— Oliver Laxe se declara optimista. “Este dolor colectivo nos va a obligar a mirar adentro. A sanar. No hay otra salida. Vamos a ser más humanos porque no tendremos alternativa”.
Esta visión espiritual del colapso recuerda a las ideas de filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, quien advierte del vacío existencial de la hiperconectividad y el exceso de positividad. De forma instintiva o consciente, Laxe se alinea con estas coordenadas: su cine no busca respuestas, solo preguntas más hondas.
¿Oscar para una película inclasificable?
“Sirāt” es la apuesta de España para competir en los Premios Óscar 2026. Tras su éxito de taquilla en Francia y España, su distribución en Estados Unidos de la mano de Neon parece ir orientada a dejar una impronta fuerte en el circuito de festivales y premiaciones.
Sin embargo, queda por ver cómo responderá Hollywood a una obra tan radical en su forma y en su fondo. En un contexto donde muchas películas prefieren la corrección política o el escapismo visual, “Sirāt” aparece como un zarpazo a la conciencia colectiva.
Laxe y el viejo arte de incomodar
Oliver Laxe se suma a una tradición minoritaria pero influyente del cine mundial: la de los directores que perturban. Aquellos que no temen incomodar o desafiar desde la imagen y el silencio. El director gallego-francés se inscribe así en una línea que va de Andrei Tarkovski a Lars von Trier, de Terrence Malick a Apichatpong Weerasethakul.
El cine, como lo entiende Laxe, no será más entretenimiento. Será una oportunidad para lo sagrado, para la transformación.
¿Estamos listos para una película que no busca gustar, sino mover? Tal vez no. Pero como dice su autor: “Es hora de mirar adentro. No hay alternativa”.
