Epstein, poder y política: el intento de Trump por reescribir una narrativa incómoda

La nueva ofensiva de Donald Trump contra sus opositores demócratas vía el caso Epstein destapa una compleja red de relaciones, acusaciones sin pruebas y viejas alianzas en entredicho.

Una investigación ¿motiva política o búsqueda de justicia?

La historia reciente de Estados Unidos ha estado marcada por episodios que desafían la ética, la política y el poder. El caso de Jeffrey Epstein, el financiero condenado por tráfico sexual de menores, es uno de ellos. Pero no es solo su historial criminal lo que sigue generando titulares, sino la forma en que su figura es usada políticamente.

Ahora, bajo la presión del expresidente Donald Trump, la fiscal general Pam Bondi ha anunciado una nueva investigación que apunta directamente a los enemigos políticos de Trump, en especial al expresidente Bill Clinton, el exsecretario del Tesoro Larry Summers y al magnate tecnológico Reid Hoffman.

En un post publicado en su red Truth Social, Trump exigió una indagación sobre las “relaciones con Epstein” de estos individuos, acusando al Partido Demócrata de estar detrás de una nueva conspiración. El expresidente calificó el asunto como “el fraude de Epstein” y sugirió que está siendo utilizado para atacar su figura.

Epstein: conexiones incómodas, independientemente del partido

Jeffrey Epstein mantuvo relaciones cercanas con figuras de ambos lados del espectro político y económico. Entre los nombres mencionados en los más de 20,000 documentos recientemente desclasificados desde su patrimonio, aparecen Donald Trump, Bill Clinton, Larry Summers y Reid Hoffman.

Sin embargo, en ninguno de estos correos se señala a estas figuras por haber participado en delitos sexuales. Sí revelan, en cambio, comunicaciones sociales y profesionales con Epstein, incluso años después de su condena en 2008, cuando fue sentenciado por procurar una menor para la prostitución.

Por ejemplo, Lawrence Summers mantuvo correspondencia continua con Epstein incluso durante su etapa como presidente de la Universidad de Harvard. En esos mensajes discutían desde temas personales hasta llamadas políticas. Summers declaró posteriormente que su relación con Epstein había sido "un grave error de juicio".

El caso de Reid Hoffman también llama la atención. Si bien reconoció haber asistido a reuniones en las que Epstein era parte, declaró que su involucramiento tuvo que ver con la recaudación de fondos para el MIT Media Lab. Hoffman pidió disculpas públicas diciendo que, al participar en esas actividades, ayudó a “reparar su reputación y perpetuar una injusticia”.

Trump y Epstein: una historia compartida

Trump mantuvo una conocida relación con Epstein a lo largo de los años 90 y principios de los 2000. Fotos de ambos en fiestas privadas y en Mar-a-Lago son de dominio público. En una entrevista de 2002 para la revista New York, Trump dijo: “He conocido a Jeff desde hace 15 años. Es un tipo fantástico. Es muy divertido estar con él. Incluso se dice que le gustan las mujeres tan jóvenes como yo”.

Sin embargo, tras la detención de Epstein en 2019 y su aparente suicidio en prisión, Trump se distanció drásticamente del financiero, pasando de ser un viejo amigo a un ejemplo más del “pantano político del que Trump quiere limpiar al país”.

Pero esas conexiones incómodas resurgieron esta semana, cuando los demócratas publicaron correos electrónicos provenientes del patrimonio de Epstein en los que se menciona a Trump. Uno de estos dice que Trump “pasó horas” en casa de Epstein junto a una presunta víctima de trata. Sin embargo, esos mensajes no establecen lo que Trump hizo ni contienen pruebas fehacientes sobre su implicación directa.

El trasfondo político: estrategia y desvío

Más allá de la indignación moral que genera el nombre de Epstein, la maniobra de Trump de forzar una investigación sobre sus antiguos rivales parece seguir una estrategia clara: desplazar el enfoque del propio papel que él jugó en esa trama de “élite” que rodeó al delincuente financiero.

Según Trump, el caso Epstein forma parte de una secuencia de "engaños de los demócratas", incluyendo las investigaciones sobre Rusia en 2016 y su primer impeachment. En un post reciente escribió: “Esto es otro Rusia, Rusia, Rusia, con todas las flechas apuntando a los demócratas”.

El peso de sus palabras no recae en pruebas, sino en la narrativa. En política estadounidense, esa técnica ha demostrado ser poderosa. La repetición de una narrativa —aunque no esté sustentada en hechos comprobados— puede moldear la opinión pública.

La designación de Jay Clayton, ex presidente de la SEC y actual fiscal del distrito sur de Nueva York, demuestra que la acusación está siendo tomada en serio por el Departamento de Justicia. No es un personaje sin experiencia: su despacho fue el mismo que procesó a Epstein en 2019 y que posteriormente condenó a Ghislaine Maxwell, su colaboradora más cercana. Pero los críticos sostienen que esta designación es una cortina de humo para proteger a Trump de las implicaciones legítimas que rodean sus propias conexiones.

La indignación selectiva y el problema de las élites

Uno de los aspectos más reveladores de esta situación es el papel de los medios y la opinión pública ante el escándalo Epstein. La indignación, muchas veces, ha parecido ser selectiva. Se escandalizan por las conexiones de Clinton o de figuras liberales, pero ignoran olímpicamente las fotografías y relatos que vinculan a Trump con el mismo círculo.

Un estudio realizado por la Universidad de Columbia en 2020 encontró que más del 70% de las menciones a Epstein en medios conservadores incluían únicamente a figuras del Partido Demócrata, mientras olvidaban omisiones sobre el propio Trump. El patrón se repite con la nueva narrativa impulsada en redes sociales.

No se trata de minimizar el rol de nadie. Al contrario: todo aquel que participó o ayudó a proteger a Epstein debe ser investigado. Pero hacer de ese proceso una cacería política unilateral solo refuerza la desesperación por controlar la narrativa.

Epstein y la impunidad como constante

A pesar de la gravedad del caso Epstein, los elementos que rodean la historia —privilegios, conexiones de poder, silencios cómplices— siguen tan vigentes como antes. Desde 2008, cuando recibió una condena ridículamente benévola tras declararse culpable por delitos menores, hasta su arresto en 2019, Epstein vivió cómodamente entre las élites, financiando proyectos académicos, asistiendo a eventos de la alta sociedad y viajando por el mundo en su avión privado.

Solo después de años, gracias al testimonio valiente de muchas de sus víctimas y a la presión mediática global, se logró capturarlo nuevamente. Pero incluso ahí, la sombra de la impunidad vuelve a acechar: su muerte en la celda —calificada oficialmente como suicidio— dejó más preguntas que respuestas.

La historia se repite: cuando la justicia se politiza

Si esta nueva investigación termina siendo vista como una herramienta política en lugar de una búsqueda legítima de justicia, se perderá otra oportunidad para esclarecer la verdad. El caso Epstein representa una herida abierta en la confianza ciudadana hacia las instituciones, y su instrumentalización partidista solo la profundiza.

Como sociedad, es urgente exigir que todos los involucrados, independientemente del color político, el dinero o las conexiones, sean investigados con el mismo rigor. En un sistema equitativo, las conexiones con Jeffrey Epstein deben ser causa de escrutinio, no solo si sirven para dañar al adversario político de turno.

En palabras de la periodista Julie K. Brown, quien destapó gran parte del caso Epstein: “Las víctimas merecen la verdad, no una guerra de partidos”.

Y esa verdad solo llegará si la investigación se mantiene férrea, independiente y lejos del espectáculo político.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press