Ética, poder e influencias: el oscuro papel de los periodistas en el caso Jeffrey Epstein

Una mirada crítica a los correos revelados entre Epstein y reporteros, y cómo esas relaciones ponen en entredicho los límites del periodismo moderno

La reciente publicación de correos electrónicos entre el difunto Jeffrey Epstein y prominentes periodistas estadounidenses ha resucitado uno de los debates más incómodos y necesarios dentro del entorno mediático: ¿hasta dónde es lícito que un periodista se acerque a su fuente? Cuando se cruzan límites éticos en la búsqueda de información, ¿continúa siendo periodismo o se transforma en complicidad?

Un escándalo tras las sombras

Jeffrey Epstein, un financiero condenado por delitos sexuales y fallecido en circunstancias aún cuestionadas en 2019, no solo tenía influencia sobre poderosos políticos y empresarios; también mantenía relación estrecha con influyentes figuras del periodismo. Esta relación no solo consistía en intercambios informativos, sino en consejos personales, favores y en tono que recuerda más al de la complicidad que al rigor investigativo.

Correos entre Epstein, el periodista y autor Michael Wolff, y el exreportero de The New York Times Landon Thomas Jr., revelan la existencia de nexos que sobrepasan los protocolos de deontología profesional. En uno de ellos, Epstein pide consejo sobre qué decir si Donald Trump —entonces candidato a la presidencia— es cuestionado por sus vínculos con el financista. La respuesta de Wolff fue: “Déjalo cavar su propia tumba. Si niega estar vinculado contigo, eso podría usarse a tu favor en términos de relaciones públicas”.

Desdibujando líneas éticas

La directora del Centro de Ética Periodística de la Universidad de Wisconsin, Kathleen Culver, fue tajante: “Dar consejos de relaciones públicas a un delincuente sexual condenado no debería estar en la agenda de un periodista”. Estas revelaciones han generado estupor entre académicos y profesionales del rubro. Para el profesor Dan Kennedy de la Universidad de Northeastern, los intercambios que leyó eran “como cotorrear con un pedófilo, sin ningún propósito informativo explícito”.

Los correos van más allá del “tono amigable”. En uno de ellos, Epstein ofrece fotos de Donald Trump con chicas en bikini en su cocina; la respuesta de Thomas Jr. fue: “¡Sí!”. Este tipo de comunicación grafica lo que Culver advierte como el verdadero sesgo del periodismo actual: no el político, sino el emocional y relacional.

Michael Wolff y el periodismo de acceso

Michael Wolff no es un periodista convencional. Ha ganado el National Magazine Award en dos ocasiones, y es conocido por sus libros con tono narrativo e incisivo, como “Fire and Fury” sobre la era Trump y “The Man Who Owns the News” acerca de Rupert Murdoch. Pero su estilo también ha sido criticado por la falta de rigurosidad en verificación de hechos.

Wolff se autodescribe más como un escritor que “representa” historias que como un reportero a carta cabal. En su defensa, en el pódcast “Inside Trump’s Head” reconoció que los correos son embarazosos pero necesarios: “Tengo acceso. Ese acceso me permitió contar la historia de Epstein, si alguien quiere prestarle atención”.

La habilidad de “actuar” para ganar la confianza de las fuentes puede ser válida en ciertas circunstancias, pero dar consejos estratégicos a una figura criminal como Epstein va más allá del juego actoral. En palabras de Culver: “Ser humano no significa ser amigo”.

Landon Thomas Jr. y el caso de la donación

Por su parte, Landon Thomas Jr. dejó The New York Times en 2019 luego de que se descubriera que había solicitado una donación de $30,000 de Epstein para una organización benéfica que apoyaba. Este acto violó los estándares éticos del diario. NPR reportó que Thomas no informó a sus editores ni documentó adecuadamente su relación con Epstein en sus reportajes.

Uno de los aspectos más polémicos es cuando Thomas intercambia mensajes con Epstein y le dice a otro autor que está investigando a Epstein: “Le dije que eres un gran tipo :)”. Más que una postura neutral, se evidencia una cercanía inquietante.

Un entorno mediático en crisis de confianza

Estos reveladores correos llegan en un contexto donde la confianza global en el periodismo tradicional ha disminuido. El informe anual del Reuters Institute mostró que solo el 40% de las personas confían en las noticias de medios que consumen regularmente.

Escándalos como este alimentan la narrativa de que los medios están al servicio de poderosos intereses y no de la verdad. Esto es especialmente dañino cuando las víctimas —en este caso las jóvenes abusadas por Epstein— quedan desplazadas en la historia, y el foco se centra en el poder que el victimario ejercía incluso desde la prisión preventiva.

¿Dónde está el límite?

Hay una línea entre desarrollar una fuente informativa y convertirse en su cómplice. El periodista debe ser profesional, empático, curioso y determinado, pero jamás debe anteponer relaciones personales sobre la integridad de su trabajo.

Como bien expresó Culver: “No se trata de ser dulce o agradable. Se trata de abordar cada entrevista con respeto por la humanidad del otro, pero con la responsabilidad ineludible de informar a la sociedad”.

El impacto en la percepción pública

El daño no se limita a los involucrados. Las acciones de Wolff y Thomas podrían erosionar años de trabajo responsable de miles de periodistas que se juegan la vida en búsqueda de la verdad. Ejemplos no faltan: desde los reportajes del Boston Globe sobre los abusos en la Iglesia Católica, hasta las investigaciones de ProPublica sobre la corrupción estatal en EE.UU.

Pero, cuando se revelan estos actos, la excepción se convierte en bandera para quienes desacreditan el periodismo como institución y refuerzan el discurso de “fake news”.

Una oportunidad para redefinir la integridad

Tal vez esta sea la oportunidad —incómoda, pero necesaria— para establecer líneas más claras entre el periodismo de investigación, el periodismo narrativo y el entretenimiento disfrazado de crónica. Es también el momento de reforzar códigos de ética, revisar métodos de trabajo, y que medios como The New York Times o The Washington Post reafirmen su compromiso con el periodismo de servicio público.

Este escándalo inevitablemente marcará un antes y un después. Las universidades deben profundizar en preparar a futuros reporteros no solo en técnicas narrativas, sino en principios inquebrantables. Y las redacciones deben exigir mayor transparencia y fiscalización de sus periodistas estrella.

El periodista no es la historia

En una época donde los nombres de reporteros se convierten en marcas y sus redes sociales tienen más alcance que sus redacciones, conviene recordar una máxima olvidada: el periodista no debe ser la historia. Su compromiso está con desenterrar la verdad, no con posicionarse como un actor más del drama que debe narrar.

Quizá Wolff y Thomas olvidaron la distinción fundamental entre tener acceso y ser útil. Uno ilumina la verdad. El otro refuerza el poder de quien debe ser examinado bajo la lupa de la responsabilidad pública.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press