La amarga cosecha: El espejismo de las promesas comerciales de Trump a los agricultores estadounidenses
Las esperanzas sembradas por acuerdos con China se marchitan entre aranceles, datos incumplidos y una economía rural al límite
El espejismo de las promesas doradas
Durante años, los agricultores estadounidenses —especialmente los productores de soya— han sido una pieza clave del engranaje político y económico del país. Su producción no solo alimenta a millones dentro y fuera de sus fronteras, sino que también fue un punto neurálgico durante la guerra comercial emprendida por el expresidente Donald Trump contra China.
En diciembre pasado, tras una reunión cumbre entre Trump y el presidente chino Xi Jinping, el entonces secretario de Agricultura de EE. UU., Brooke L. Rollins, anunció con bombos y platillos que China se había comprometido a comprar hasta 25 millones de toneladas métricas de soya americana anualmente durante los próximos tres años como parte de un renovado espíritu de cooperación comercial.
Sin embargo, un informe publicado por el Departamento de Agricultura (USDA, por sus siglas en inglés) inmediatamente después del fin del cierre gubernamental reveló una cruda realidad: China sólo había comprado 332.000 toneladas desde el acuerdo. Esa cifra es apenas un 2,6% del objetivo inicial proyectado. La brecha entre promesas y hechos deja un mal sabor de boca en el sector rural estadounidense.
Una tormenta perfecta para los agricultores
El economista líder de granos y oleaginosas de CoBank, Tanner Ehmke, fue claro: “Todavía estamos lejos de lo que se publicitó desde Washington. China no tiene incentivos para comprar ahora mismo.”
¿Por qué? Porque China, según los economistas, ya ha asegurado grandes reservas de soya brasileña y de otros países sudamericanos. Además, los aranceles impuestos por la misma administración Trump aún se mantienen en un 24%, incluso después de una leve reducción del 10% tras la cumbre. Dicho de otro modo: los granos estadounidenses siguen siendo más caros en el mercado chino que los de la competencia.
A esto se suma una lista creciente de problemas para los agricultores:
- Fertilizantes a precios históricos
- Incremento en costos laborales
- Disparada en los costos de maquinaria y semillas
- Perspectivas de exportación cada vez más inciertas
Según el presidente de la American Soybean Association, Caleb Ragland, un productor de Kentucky, la situación es tan grave que “miles de agricultores podrían irse a la quiebra este año sin ayuda directa del gobierno o compras reales por parte de China.”
La montaña rusa de la soya: de promesa a decepción
La soya ha sido uno de los productos más sensibles durante esta guerra comercial. Los datos de 2022 muestran que Estados Unidos exportó más de $24.500 millones en soya, siendo China el mayor comprador con más de $12.500 millones.
Pero desde que se impusieron los aranceles, China ha reducido drásticamente su dependencia de la soya estadounidense. De acuerdo con el World Bank, en el último año antes del conflicto China compraba alrededor del 70% de su soya a Brasil, mientras que la participación de Estados Unidos cayó al 21%.
Hoy en día, el país asiático ha reconfigurado por completo su cadena de suministros, lo cual complica cualquier intento estadounidense de recuperar esa cuota de mercado. Irónicamente, en el momento en que Trump firmó ese nuevo acuerdo 'histórico', ya era evidente para muchos expertos del sector que China simplemente no necesitaba esas compras.
Los fantasmas del pasado: ¿un déjà vu comercial?
No es la primera vez que los agricultores cargan con el peso de promesas incumplidas. Durante el primer mandato de Trump, se firmó otro acuerdo histórico comercial con China en 2020 que prometía compras masivas de cultivos estadounidenses. Justo cuando ese acuerdo entró en vigor, la pandemia de COVID-19 lo desbarató todo.
En 2022, las exportaciones agrícolas hacia China alcanzaron máximos históricos, pero luego volvieron a caer. Aun así, los precios de la soya se mantuvieron relativamente altos, gracias a un menor volumen de cosecha y una fuerte demanda interna impulsada por el consumo de biodiésel.
En enero de 2023, el precio promedio de la soya era de $10.60 por bushel; tras las promesas de compra, se disparó brevemente a casi $11.50, para caer otra vez a $11.24 por bushel tras la publicación del informe del USDA. “Eso es el mercado reaccionando de forma negativa ante la realidad: no hay demanda china relevante”, dijo Ehmke.
Política y populismo en los campos de cultivo
Los agricultores han sido uno de los principales grupos de apoyo del expresidente Trump. En estados como Iowa, Nebraska y Dakota del Norte, la agricultura no solo determina la economía local, sino que también moldea la política nacional. La competencia comercial con China fue parte central de la retórica de “América Primero” y del posicionamiento de EE. UU. como una potencia comercial independiente.
Pero la realidad sobre el terreno demuestra que los agricultores han estado financiando, directa o indirectamente, los costos de esa guerra comercial. Si bien recibieron paquetes de ayuda de hasta $28 mil millones durante el primer mandato de Trump, esta vez las ayudas prometidas nuevamente están en limbo tras el cierre del gobierno.
“¿Cómo se mantiene uno optimista cuando las ayudas se diluyen y las promesas se desvanecen?” se preguntó un productor de Kansas en una reciente asamblea local.
¿Hacia dónde va la política agrícola estadounidense?
La falta de transparencia y realismo en los acuerdos anunciados inquieta a analistas y productores por igual. Incluso si China accediera mañana a retomar compras masivas de soya, el mercado ya no es el mismo: Brasil ha mejorado su logística, implementado nuevas tecnologías agrícolas y asegura precios más competitivos gracias a acuerdos bilaterales sin aranceles con Pekín.
Además, en un contexto climático cada vez más impredecible, los productores estadounidenses enfrentan una serie de desafíos estructurales que van más allá del comercio chino: sequías, inundaciones, reducción de tierras cultivables y una presión creciente para hacer sus operaciones más sostenibles.
La conversación política alrededor del campo debería dejar de girar en torno a slogans y enfocarse en políticas agrícolas integrales, basadas en transparencia comercial, apoyo gubernamental responsable y reconversión tecnológica.
El costo real de los acuerdos ilusorios
Que un acuerdo impulsado desde la Casa Blanca se traduzca en verdaderas compras depende de muchos factores, pero uno fundamental es la confianza mutua y los beneficios reales para ambas partes. Hoy, ni China necesita tanto de Estados Unidos, ni Washington puede seguir jugando a la retórica sin consecuencias.
Para los agricultores, la decepción es tangible. Las cifras lo dicen todo:
- Promesa: 25 millones de toneladas de soya anuales
- Realidad: 332.000 toneladas compradas desde el acuerdo
- Proporción: apenas el 2,6%
Mientras tanto, la siembra no espera. Y si algo ha aprendido el sector agrícola estadounidense es que, a falta de garantías, la diversificación, la innovación y la resiliencia son más valiosas que cualquier promesa política.
Foto principal: Brooke L. Rollins, secretaria de Agricultura, en una granja de Indiana durante una visita promocional al acuerdo de comercio con China. © Michael Conroy
