La ira transformada: Cómo la inmigración y la inseguridad reescriben la política chilena

De la esperanza progresista al auge de la mano dura: Chile entra a las elecciones polarizado por el miedo y el desencanto

SANTIAGO, Chile – Chile, un país que hasta hace poco era emblema de estabilidad y prosperidad en América Latina, se acerca a unas elecciones presidenciales marcadas por una narrativa de miedo, desencanto social y polarización política. La inseguridad ciudadana y el aumento de la inmigración han encendido un debate nacional que ha desplazado las banderas históricas de izquierda y derecha para dar paso a un clamor colectivo por orden, aunque eso signifique abrazar propuestas autoritarias.

Del estallido social a las urnas: una brújula política girando

Hace apenas cuatro años, la Plaza Italia de Santiago —épico corazón del movimiento social de 2019— vibraba con la esperanza de un cambio estructural. Masas de chilenos, hastiados por la desigualdad social y la herencia neoliberal de la dictadura, exigían una transformación profunda. La elección de Gabriel Boric en 2021 fue recibida con euforia por amplios sectores progresistas en Chile y el extranjero, al convertirse en símbolo de una nueva izquierda joven dispuesta a “enterrar el neoliberalismo”.

Sin embargo, tras dos fracasos sucesivos en cambiar la Constitución de 1980 y una percepción creciente de inseguridad, el péndulo ha oscilado violentamente. La narrativa de la “mano dura” gana adeptos en un país cada vez más sacudido por noticias que vinculan a inmigrantes con delitos de alto impacto. Organizaciones transnacionales como Tren de Aragua, originadas en Venezuela, han sido señaladas por el gobierno por su implicación en delitos nuevos para la realidad chilena: secuestros, sicariato y enterramientos clandestinos.

La inmigración como chivo expiatorio del descontento

Muchos ciudadanos como Carlos Jadué, un vendedor de limones de 49 años, relatan cómo su visión del país cambió abruptamente: “Yo no era racista, pero ahora veo que por cada migrante que llega, aparece un nuevo delito que antes ni conocíamos”, afirma. Esa percepción está siendo explotada hábilmente por candidatos que, a través de discursos incendiarios y propuestas drásticas, están capitalizando el miedo ciudadano.

Entre ellos, destaca Johannes Kaiser, un libertario radical cuyo mitin final en Santiago evocó un típico evento trumpista: gorras rojas con el lema “Make Chile Great Again”, rock clásico y retórica antiinmigrante. “¡Este país no se cae, lo están acribillando a balazos!”, gritó ante una multitud enardecida. Propuestas como cerrar las fronteras, expulsar venezolanos y hasta romper con la ONU resonaron entre sus seguidores.

Un nuevo eje político: comunistas y ultraconservadores coinciden

Más allá del espectro usual izquierda-derecha, esta campaña se ha redefinido en torno a una sola consigna: seguridad. Incluso la candidata Jeannette Jara, comunista y exministra del Trabajo, ha endurecido su discurso proponiendo construir cárceles, aumentar la presencia militar en fronteras y combatir el crimen con fuerza. Irónicamente, ha abandonado propuestas históricas de su sector como nacionalizar industrias estratégicas o reformar el modelo económico chileno.

“Esta elección es presentada como una batalla entre extremos, pero en realidad hay un nivel de consenso enorme sobre seguridad e inmigración”, comenta Robert Funk, politólogo de la Universidad de Chile.

José Antonio Kast, el ultraconservador abogado que estuvo a punto de ganar en 2021, también ha reciclado su estrategia. Padre de nueve hijos y católico ferviente que rechaza el aborto incluso en casos de violación, ha optado esta vez por moderar esos temas y centrarse exclusivamente en la seguridad. Su pasado familiar —su padre fue miembro del partido nazi en Alemania— no ha pesado tanto como su promesa de convertir a Chile en “un país del primer mundo”.

La “Bukelización” de Chile

La figura de Nayib Bukele, presidente de El Salvador, ha emergido como inspiración para candidatos de todos los colores. Sus políticas represivas contra pandillas, armadas de prisiones gigantescas y mano militarizada, son vistas como ejemplo a seguir. Incluso seguidores como Claudia Belmonte, de 50 años, lo mencionan con nostalgia: “Kaiser es el único que puede hacer lo que Bukele hizo, pero aquí”.

Según cifras del Ministerio del Interior chileno, los delitos violentos aumentaron un 32% entre 2019 y 2023, con incremento notable en homicidios y extorsiones. Aunque muchos expertos llaman a separar migración de criminalidad, la narrativa pública ya ha tejido un vínculo casi indisoluble entre ambos fenómenos. Un estudio del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) demostró que más del 60% de los chilenos cree que los migrantes aumentan el crimen, pese a la falta de sustento estadístico directo.

El hueco simbólico en Plaza Italia

Uno de los iconos olvidados del estallido social es la base vacía donde antes se erguía la estatua del general Baquedano. Fue retirada después de ser vandalizada, tras promesas de pronta restauración que jamás se concretaron. Hoy, ese pedestal, cubierto de grafitis y cicatrices, representa el limbo en que se encuentra la promesa de cambio: atrapada entre nostalgias autoritarias y una izquierda desdibujada.

Juan Medina, trabajador de un teatro en el centro de Santiago, lo resume así: “La rabia del estallido no se fue, mutó. En vez de ir contra el sistema, ahora va contra los migrantes.”

¿Y el futuro?

Las encuestas apuntan a un balotaje entre Kast y Jara, con Kaiser consolidando una base firme pero no suficiente. Ninguno alcanza el 50% necesario para ganar en primera vuelta. Lo que sí queda claro es que el próximo presidente deberá lidiar con un electorado radicalizado, una economía aún marcada por el modelo extractivista y una sociedad que ha canalizado su frustración hacia los sectores más vulnerables: los migrantes.

Chile, que alguna vez se consideró el oasis latinoamericano en una región convulsa, parece haber abrazado la lógica del miedo como brújula política. En esta campaña, no se trata de quién construye un país más justo, sino de quién promete mayor control, más cárceles y menos migrantes. Y en esa competencia, todos parecen estar de acuerdo.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press