Corrupción, abuso y poder: El escándalo policial que sacude a Nueva Zelanda
El caso Jevon McSkimming revela una crisis profunda dentro de la Policía de Nueva Zelanda y reaviva traumas del pasado
Un escándalo que sacudió a una nación
El nombre de Jevon McSkimming era sinónimo de ascenso meteórico dentro de la New Zealand Police —una figura respetada, finalista para el puesto más alto dentro de la institución. Pero hoy, este nombre representa uno de los mayores escándalos de corrupción y abuso de poder en la historia reciente del país.
Desde la revelación de las acusaciones de abuso sexual y posesión de material de abuso infantil, la percepción de integridad de la policía neozelandesa ha recibido un golpe devastador. Este caso no solo ha conmocionado a la opinión pública, sino que ha desenterrado heridas antiguas y desencadenado un debate nacional sobre la impunidad, el poder institucional y la confianza pública.
El ascenso y caída de un comisionado en potencia
Hasta hace apenas un año, McSkimming era considerado el candidato natural para convertirse en Comisionado de Policía. Sin embargo, en agosto se reveló que enfrentaba múltiples cargos relacionados con imágenes de abuso sexual de menores, descargadas desde computadoras de trabajo de la policía y durante horas de oficina. Según documentos judiciales, se trataba de miles de imágenes ilegales.
Las investigaciones fueron motivadas por las denuncias de una mujer, entonces de 21 años, exfuncionaria de la Policía durante una relación con McSkimming, que tenía el doble de su edad. Ella envió mensajes describiendo abuso sexual a altos mandos de la policía, políticos y medios, pero fue ella quien terminó siendo investigada y acusada, mientras McSkimming fue respaldado por sus superiores.
Una cultura institucional de encubrimiento
Un informe reciente de la Independent Police Conduct Authority fue categórico: los mandos policiales intentaron minimizar activamente las denuncias contra McSkimming para proteger su candidatura. Además, priorizaron las investigaciones contra la denunciante por supuesta "ciberacoso".
“La forma en que se gestionaron sus denuncias debería alarmar a todos los neozelandeses”, afirmó el abogado de la denunciante, Steven Lack.
Los intentos de encubrir las acciones de McSkimming habrían contado con la connivencia de varios altos funcionarios, algunos de los cuales hoy enfrentan procesos disciplinarios, han sido suspendidos de otros cargos públicos o se han retirado.
La memoria de un escándalo anterior aún persiste
Para muchos en Nueva Zelanda, este nuevo escándalo ha reabierto heridas que nunca sanaron por completo. La memoria de Louise Nicholas, quien puso en jaque al cuerpo policial en los años 2000 al acusar a oficiales de violación—caso que terminó en absoluciones y juicios anulados— sigue siendo dolorosamente presente.
“Fue como vivir un déjà vu”, dijo Nicholas esta semana. “Pensé: Dios mío, otra vez estamos pasando por esto”.
Nicholas es actualmente asesora del cuerpo policial en temas de violencia de género, y aunque reconoce avances como la incorporación de investigadores especializados, considera que la persistencia de conductas abusivas en altos mandos muestra que el cambio aún no es estructural.
¿Política de tolerancia cero o cultura de silencio?
El primer ministro Christopher Luxon ha sido tajante: se implementarán reformas profundas y ya se ha anunciado la creación de un Inspector General Independiente de Policía. Sin embargo, un sector amplio de la sociedad ha reaccionado con escepticismo.
“Esto es un gran golpe a la confianza en la policía”, dijo Luxon a 1News. “Esa confianza tiene que ser reconstruida”.
La ministra de Servicios Públicos, Judith Collins, cuestionó duramente si el asunto no constituía corrupción pura: “Si camina como un pato y grazna como un pato, no pinta bien, ¿verdad?”.
Una historia de impunidad con nombres y rostros
McSkimming ha admitido varios de los cargos relacionados con pornografía infantil, pero las acusaciones de la exfuncionaria con la que sostuvo una relación -incluidas denuncias de coerción y abuso- no resultaron en acusaciones formales. Aun así, su carrera está acabada, y podría enfrentar hasta 10 años de cárcel cuando sea sentenciado en diciembre.
Mientras tanto, su denunciante, que sigue siendo procesada por otros cargos menores, ha sido calificada por defensores como una nueva víctima del sistema.
Una institución en crisis
La Policía de Nueva Zelanda ha buscado en los últimos años alejarse de su pasado represivo y acercarse a modelos de seguridad ciudadana, priorizando diversidad, no portar armas de fuego, e inclusión de comunidades marginadas. Este caso representa un aquelarre para esa narrativa.
El nuevo comisionado Richard Chambers, quien superó a McSkimming en la carrera por el liderazgo, se ha desmarcado totalmente de la vieja guardia asegurando que él “no tiene amistad alguna con los altos mandos anteriores”.
¿Un nuevo capítulo o una repetición del pasado?
Así como lo hizo Louise Nicholas hace 20 años, hoy la denunciante de McSkimming representa un espejo donde la sociedad neozelandesa debe mirarse. Ella simboliza la lucha por romper la impunidad en la cúspide de las instituciones.
“No es la Policía de Nueva Zelanda como institución quien ha hecho esto; son individuos dentro de la policía”, expresó Nicholas. “Pero esos individuos deben rendir cuentas, y quizás habrá más que tengan que hacerlo”.
Una sociedad sana necesita creer en quienes se supone deben protegerla. Cuando esa confianza se fractura por el abuso de poder y el encubrimiento, el daño se multiplica por mil. Aún más cuando el sistema parece diseñado para castigar a quien denuncia en vez de al abusador.
La justicia ahora tiene la palabra. Pero para muchos, esa palabra ya llega demasiado tarde.
