El conocimiento que resiste: la lucha de los colegios tribales por preservar la educación y la cultura indígena

Más que instituciones educativas, los colegios tribales son pilares de soberanía cultural frente al abandono del gobierno estadounidense

La cosecha de saberes en el jardín de las Cuatro Hermanas

En una mañana otoñal, Ruth De La Cruz camina entre calabazas en el Four Sisters Garden, situado dentro del Nueta Hidatsa Sahnish College en New Town, Dakota del Norte. Para los estudiantes, esas calabazas —similares a pequeños zapallos anaranjados— son una tarea; para ella, representan el fruto tangible del legado de sus ancestros Hidatsa.

Este jardín toma su nombre de la práctica agrícola indígena de las Cuatro Hermanas: una forma ancestral de cultivo complementario que combina maíz, calabaza, frijoles y girasol. La importancia de este tipo de educación va más allá de lo académico; representa un lazo directo con las raíces culturales y culinarias que han resistido siglos de desplazamiento forzado, genocidio y olvido.

Colegios tribales: guardianes del conocimiento

El Nueta Hidatsa Sahnish College es uno de los más de 30 Colegios y Universidades Tribales (TCU) que operan en EE. UU. en tierras originarias. Estos centros de educación superior no sólo ofrecen títulos académicos, también preservan idiomas, saberes ceremoniales y vínculos comunitarios profundos que escapan al enfoque tradicional de las universidades convencionales.

Este no es solamente un refugio académico, sino un espacio sagrado donde se imparte educación cultural y tribal específica”, explica De La Cruz. Esta declaración cobra mayor peso cuando se recuerda que estos colegios suelen ser las únicas instituciones que enseñan las lenguas indígenas o prácticas como el desuello de bisontes, la siembra con luna llena o la cosmovisión en la organización política autóctona.

Promesas rotas: la deuda federal con los pueblos originarios

En varias ocasiones durante los últimos años, estos centros han visto peligrar su existencia debido a propuestas de recortes presupuestarios. La administración Trump propuso reducir el 90% del presupuesto asignado a los TCU en su plan fiscal de 2020, una medida que habría tenido consecuencias devastadoras.

El gobierno de Estados Unidos tiene lo que se conoce como responsabilidad fiduciaria, establecida mediante tratados y leyes, para garantizar la salud, seguridad y educación de las comunidades indígenas. Como lo dijo Twyla Baker, presidenta del Nueta Hidatsa Sahnish College: “Ya lo pagamos todo con nuestras tierras, nuestras vidas y nuestros recursos. Este es un deber moral e histórico que debe respetarse”.

Un legado amenazado, una lucha persistente

Muchos académicos y líderes tribales temen que incluso las aparentes buenas noticias —como el aumento del 100% anunciado por el Departamento de Educación en 2025— son tan fugaces como inciertas.

Ahniwake Rose, presidenta de la American Indian Higher Education Consortium, expresó sus dudas: “No quiero que la gente piense que porque recibimos un aumento todo está bien. Seguimos en un estado de precariedad.”

A lo anterior se suman los despidos de enlaces tribales en agencias como el Departamento de Agricultura y la Fundación Nacional de Ciencias, los cuales impedían que estos organismos federales incumplieran sus responsabilidades legales hacia las comunidades nativas.

Ayuda desigual entre universidades con sello “land grant”

Aunque en 1994 el Congreso otorgó el estatus de “land-grant” a los TCU —similar al de universidades como Cornell o Purdue— la realidad es que estas últimas todavía se benefician económicamente de tierras entregadas por el Estado a costa de naciones indígenas, mientras que los colleges tribales no reciben ingresos derivados de tierras que alguna vez fueron suyas.

En otras palabras, mientras Purdue obtiene millones de dólares al año de terrenos aún intestados del siglo XIX, el Nueta Hidatsa Sahnish College apenas sobrevive con subvenciones federales que pueden evaporarse con un solo decreto presidencial.

Cifras que hablan: los TCU y su impacto en la economía

Un informe de la American Indian Higher Education Consortium reveló que en 2023 los TCU generaron 3.8 mil millones de dólares en beneficios económicos indirectos para Estados Unidos, incluyendo mayores ingresos académicos para exalumnos, ahorro en salud pública, reducción del crimen y tasas de asistencia social más bajas.

Esto desmiente la narrativa de que la inversión en estos centros es “pérdida”, y en cambio resalta su función transformadora no solo para pueblos indígenas, sino para toda la sociedad.

Colegios tribales: donde se enseña a resistir

En el corazón de estos colegios late una voluntad de preservación cultural que ningún recorte presupuestario puede extinguir. Estudiantes como Zaysha Grinnell, miembro de la Nación MHA, estudian historia nativa, soberanía tribal y rituales funerarios tradicionales. “No puedes estudiar esto en ninguna otra parte”, afirma.

En sus aulas, Mike Barthelemy, director del programa de estudios nativos, toma la palabra para alertar al alumnado: “Estas tierras —señala desde la ventana del aula— están entregadas. No hay nación indígena que haya sido compensada de verdad. Por eso esta lucha por la responsabilidad fiduciaria sigue viva.”

Aprender el idioma de tus abuelos en una sala de clase

Lugares como el Earth Lodge Village y las prácticas como el raspado de piel de bisonte hacen que los estudiantes se reconecten simbólicamente con antepasados cuyas culturas fueron marcadas para la extinción durante siglos. Incluso el simple hecho de escucharse hablar el idioma Hidatsa —un idioma en riesgo crítico de desaparición— es un acto de resistencia.

Ellos cargaban nuestras lenguas bajo la lengua, las llevaban al pecho. Protegieron nuestros sistemas de conocimiento para entregárnoslo hoy. Y ahora es nuestro deber hacer lo mismo”, concluye casi con reverencia Twyla Baker.

El futuro condicionado por Washington D.C.

Leander McDonald, presidente del Colegio Técnico de Tribus Unidas en Bismarck, lo expresa de forma clara: “¿Hasta cuándo durará la tormenta?”. Esta pregunta resume la angustia detrás de cada presupuesto anual, cada cambio en la administración federal, y cada viaje que los directores tribales realizan a la capital pidiendo lo que les fue prometido.

Sin un compromiso claro por parte del gobierno estadounidense, el futuro de los TCU permanece en el limbo. Sin embargo, lo que está fuera de discusión para sus estudiantes y docentes es que seguirán defendiendo con uñas y dientes el derecho a mantener vivas sus identidades.

No es solo educación, es sobrevivencia cultural

No podemos concebir los colegios tribales solo como escuelas superiores para grupos marginados. Son santuarios de identidad, memoria y continuidad. Cada clase dictada en lengua originaria, cada jardín sembrado con las Cuatro Hermanas y cada ritual enseñado no es un simple “contenido académico”: es una declaración de existencia frente a la extinción planificada.

En pleno 2025, urge reconocer que defender a los TCU es defender uno de los pocos espacios donde aún florece el alma indígena en América del Norte.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press