Gaza y la Niñez en Ruinas: Cómo la Guerra Está Sembrando una Generación Perdida

Más de 600,000 niños palestinos llevan dos años sin acceso a educación formal, atrapados entre ruinas, desplazamiento y trauma. ¿Cómo se reconstruye una infancia rota?

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Por décadas, Gaza ha sido un símbolo de conflicto, desarraigo y resistencia. Pero quizá el rostro más trágico de la guerra no se encuentre entre los combatientes ni en los acuerdos diplomáticos congelados, sino en los ojos de niñas y niños que han convertido los escombros en aulas, las lágrimas en libros no escritos y el silencio en una llamada desesperada por regresar a clases.

Una infancia interrumpida

Desde que comenzó la última escalada de violencia el 7 de octubre de 2023 con el ataque liderado por Hamas en el sur de Israel, más de 630,000 niños palestinos en Gaza han sido excluidos de la educación formal, según estimaciones de UNICEF. En lugar de aprender matemáticas o literatura, muchos pasan sus días buscando agua, comida o refugio.

La mayoría de las escuelas están destruidas”, dice Bissan Younis, madre de un adolescente que intenta desesperadamente continuar sus estudios en un campamento improvisado. “Donde voy me dicen que no hay lugar para él”. Las palabras de Bissan reflejan una realidad desgarradora: en lo que alguna vez fueron centros de aprendizaje, hoy se alojan miles de familias desplazadas.

La otra epidemia: el trauma infantil

Más allá del daño físico a las escuelas, el daño psicológico a los estudiantes ya es inconmensurable. Juliette Touma, directora de comunicaciones de la UNRWA, advirtió sobre los efectos duraderos que el trauma puede tener en la infancia: “El nivel de trauma entre los niños y niñas de Gaza es horroroso”.

Según UNICEF, aún si logran regresar a clases, los estudiantes cargan heridas invisibles: pesadillas, ansiedad, mutismo selectivo o incluso signos de trastorno de estrés postraumático (TEPT). Y mientras las bombas han cesado momentáneamente, el miedo sigue anidado en sus mochilas imaginarias.

Escuelas convertidas en refugios

Antes del conflicto, las escuelas gestionadas por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) acogían a más de la mitad de los niños y niñas de Gaza. Pero ahora han sido transformadas en albergues improvisados para 75,000 personas desplazadas.

Vivo en un aula donde debería haber un maestro, alumnos y una pizarra”, dice Tahreer al-Oweini, madre de cuatro hijos. Hoy, entre muros agrietados, lonas y escombros, Tahreer sostiene con orgullo los certificados antiguos de su hija, como si fueran un pasaporte hacia un presente negado.

Educación en tiendas de campaña

Sin estructuras formales y con instalaciones reducidas a polvo, UNICEF y la UNRWA han optado por la vía más básica: construir escuelas improvisadas con carpas. En Khan Younis, por ejemplo, pequeñas estructuras con el logotipo de UNICEF aparecen entre los restos de edificios destruidos.

Pero levantar una carpa no es garantía de acceso. El espacio es limitado, los suministros educativos (como lápices, cuadernos o pizarras) no se consideran esenciales bajo los controles de entrada impuestos por Israel. “Esencial” aquí no incluye un lápiz con el que un niño podría reescribir su futuro.

John Crickx, vocero de UNICEF, advierte que sin una reacción urgente, el resultado podría ser devastador: “Si no se ofrece educación en las próximas semanas, habrá consecuencias terribles para toda una generación”.

El peligro silencioso: deserción, trabajo infantil y reclutamiento armado

Mientras más tiempo pase fuera del sistema escolar, mayores son los riesgos sociales para los niños y niñas. Ya se observan patrones alarmantes de matrimonios infantiles, trabajo forzado e incluso reclutamiento en grupos armados.

La UNRWA ha catalogado esta situación como una amenaza grave: el camino a un “generación perdida”. Juliette Touma añade que esos chicos y chicas serán mucho más vulnerables a la explotación, cayendo en círculos de pobreza y violencia difíciles de romper.

La esperanza persiste entre los escombros

No todo está perdido. A pesar del desaliento y la destrucción, las aspiraciones siguen vivas. Los padres y madres hacen hasta lo imposible para inscribir a sus hijos. “Quiero que mis hijas sean doctoras o ingenieras”, comparte al-Oweini, recordando que su esposo es universitario y sueña con que sus hijos le sigan los pasos.

La comunidad internacional enfrenta ahora el reto inmediato de invertir en educación como herramienta de reconstrucción y resistencia. UNICEF requiere acceso completo a Gaza, materiales básicos para enseñanza, con seguridad para su personal docente y respaldo de los gobiernos donantes.

Hasta ahora, solo 100,000 niños han retomado sus estudios gracias a estas iniciativas, y otros 40,000 reciben clases virtuales o parciales a través de docentes locales contratados por UNRWA. La brecha sigue siendo inmensa.

¿Es posible una “normalidad educativa”?

La reconstrucción completa de Gaza requerirá, según expertos de Naciones Unidas, al menos 70,000 millones de dólares en los próximos años. Pero entre tanto, el enfoque debe estar en restablecer una rutina mínima de aprendizaje para evitar un daño permanente.

Las iniciativas comunitarias donde voluntarios enseñan en campamentos o clases espontáneas en callejones muestran el deseo colectivo de no rendirse. Aunque sea entre ruinas, un maestro y sus alumnos se convierten en acto de resistencia.

Una educación que no puede esperar

El conflicto ha dejado muchas heridas abiertas en Gaza, pero quizás la más silenciosa y profunda es la ruptura del vínculo entre la niñez y la escuela. Reconstruir ese lazo implica no solo levantar estructuras, sino brindar esperanza, estabilidad mental, nutrición emocional y herramientas prácticas.

El sistema educativo no puede ser visto como una víctima colateral del conflicto sino como un pilar esencial para la paz. Es en las aulas donde podría gestarse la Gaza del mañana, una Gaza donde quien hoy aprende bajo una tienda podrá construir escuelas que jamás serán destruidas.

En palabras de UNICEF, la educación es el primer paso hacia la paz sostenida. Y en Gaza, esa paz empieza con un niño, un cuaderno y una maestra que, pese a todo, no abandona.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press