Nigeria al Límite: Secuestros Masivos, Persecución Religiosa y un Conflicto que No Discrimina

Análisis de la violencia estructural en el norte de Nigeria: más allá de la simple narrativa religiosa

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Un secuestro que lo cambió todo

Era domingo por la mañana en Ligari, Kaduna, al noreste de Nigeria. Fieles cristianos se congregaban para su servicio religioso cuando un grupo de hombres armados irrumpió en motocicletas, sembrando el terror. Disparaban sin preguntar, secuestraban sin mirar a quién. Se llevaron a 62 personas, entre ellas el pastor Micah Bulus y varios niños.

Estos fueron obligados a caminar durante dos días hasta un campamento oculto en el bosque, donde casi un mes después, los más afortunados fueron liberados tras grandes esfuerzos de sus familias. Vendieron tierras, animales y herramientas para pagar los rescates exigidos.

“Les dije a mis fieles que si encontraban mi cadáver, no debían negar a Jesús”, recuerda el reverendo Bulus. Él fue uno de los pocos que pudo regresar a su comunidad para contar su historia.

Violencia que trasciende la religión

A simple vista, estos ataques parecen altamente dirigidos contra comunidades cristianas, y no es difícil encontrar voces que lo confirmen. Incluso el expresidente estadounidense Donald Trump ha denunciado abiertamente lo que califica como “una guerra contra los cristianos en Nigeria”.

No obstante, la realidad es mucho más compleja. Abdulmalik Saidu, un musulmán de 32 años del estado vecino de Zamfara, perdió a su hermano en un asalto similar: “Ni preguntan si eres musulmán o cristiano”, explica. “Solo quieren dinero. Y a veces ni con dinero te dejan vivir”.

Idris Ishaq, un imán en Kaduna, comparte una tragedia similar. Ha perdido a su nieto, su primo y su hermano en diversos ataques desde 2022. Como muchos otros, ha tenido que huir junto con su comunidad por la amenaza constante de la violencia armada.

Una crisis sistémica

Nigeria cuenta con más de 220 millones de habitantes divididos casi equitativamente entre musulmanes —quienes predominan en el norte— y cristianos, generalmente al sur. Kaduna, Kebbi, Zamfara y otros estados del norte son zonas particularmente afectadas por los ataques.

De acuerdo con Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), desde 2009 se han registrado más de 50,000 muertes de civiles por violencia política en Nigeria. Pero dicen los analistas que atribuir los ataques solamente a motivos religiosos sería una simplificación peligrosa.

“Estos grupos criminales no discriminan. Asaltan iglesias, pero también mezquitas. Saquean las casas de cristianos y musulmanes por igual. La violencia es estructural”, advierte Bulama Bukarti, investigador del conflicto en África.

Cuando el Estado no protege

La ausencia del gobierno es un denominador común que encuentran tanto víctimas cristianas como musulmanas. Las rutas están desoladas, los caminos forestales no tienen presencia policial y el acceso a servicios de seguridad es prácticamente inexistente.

Micah Musa, un campesino que también fue secuestrado, lo resume con claridad: “Mi esposa fue raptada dos veces. A mí me secuestraron una. La policía nunca vino. Estamos solos”.

La desesperación ha llevado a muchas comunidades a entablar pactos de no agresión con bandas criminales para poder acceder a sus tierras o atravesar caminos. Un sistema de ‘impuestos’ informales ahora rige buena parte del norte nigeriano.

Secuestros como industria

La frecuencia de los secuestros masivos ha crecido de manera alarmante. Desde el famoso caso de las 276 niñas cristianas secuestradas por Boko Haram en Chibok en 2014, la práctica se ha extendido a todo el país.

Actualmente, bandas armadas conocidas como “bandits” operan con impunidad en el centro y norte del país. Aunque no se afilian directamente a Boko Haram, comparten muchas de sus tácticas, especialmente las orientadas a la obtención de rescates que pueden superar los $10,000 dólares. En un país donde el 40% de la población vive con menos de $1.90 al día, esta cifra define la desesperación absoluta.

Religión como narrativa política

La idea de que Nigeria vive una “guerra santa” ha sido ventilada internacionalmente por figuras como Donald Trump y presentadores como Bill Maher. Algunos medios conservadores han citado cifras como “100,000 cristianos asesinados” en Nigeria. Sin embargo, estas cifras no coinciden con las de organizaciones independientes como ACLED o el Council on Foreign Relations, cuyos conteos incluyen tanto a cristianos como a musulmanes entre las víctimas.

James Barnett, investigador del Instituto Hudson, considera que esta narrativa encuentra eco no tanto por sus fundamentos, sino por la desesperación de las víctimas: “Muchos nigerianos, incluso musulmanes, ven en la presión internacional una posibilidad remota de que finalmente el gobierno actúe”.

La guerra olvidada

Pese a la dimensión de la tragedia, Nigeria rara vez ocupa los titulares internacionales. El país sufre una combinación letal de pobreza estructural, corrupción endémica y fronteras porosas que permiten el ingreso de armas de guerra utilizadas por estos grupos.

Se estima que solo en 2023 se registraron más de 3,600 secuestros en el país, y según la organización Global Rights Nigeria, más del 80% de ellos siguen sin resolución judicial. Los miembros de las bandas rara vez son arrestados y, cuando lo son, los procesos se diluyen entre la burocracia y la corrupción judicial.

“El mensaje del gobierno es claro”, dice Bukarti. “Puedes cometer crímenes atroces y salir impune.”

Religiosos como blancos preferidos

Pastores e imanes son blanco frecuente, no solo por motivos económicos, sino también por la influencia que ejercen sobre las comunidades. Los líderes religiosos ocupan un lugar central en el tejido social nigeriano, funcionado como mediadores, consejeros e incluso activistas.

Muchos de los secuestrados reportaron haber sido obligados a renunciar a su fe. El reverendo Bulus fue interpelado por sus captores: “Si renuncias a Jesús, te damos agua y comida, y te dejamos ir.” Su respuesta fue la de un mártir: “Prefiero morir que negar mi fe.”

Una nación dividida por la violencia, no por la religión

A pesar de las divisiones geográficas y religiosas, lo que impera en Nigeria es el miedo común. “El enemigo no discrimina”, destaca el imán Haruna Adamu, quien perdió a dos hermanos por ataques de bandas. “Mi mezquita fue atacada durante la oración. ¿Dónde está el ‘privilegio musulmán’?”

Las autoridades de Nigeria han rechazado rotundamente cualquier intervención extranjera, especialmente militar. Sin embargo, para muchos en Kaduna, eso sería una señal de esperanza. “Si las palabras de Trump logran sacudir al gobierno, bienvenidas sean”, dice el pastor John Hayab. “Todos hemos estado gritando durante años. Nadie nos escuchaba.”

¿Y ahora qué?

La situación en el norte de Nigeria lleva más de una década desgarrando vidas, familias y comunidades completas. Sectores enteros del país han sido abandonados a su suerte. Y si bien el componente religioso existe, cualquier solución deberá pasar por reconocer que la violencia no discrimina.

Mientras tanto, en Ligari, Tabitha Danladi continúa esperando noticias de su esposo. Fue secuestrado en junio. Ella ya vendió todo lo que tenía para pagar el rescate, pero aún no sabe si él sigue vivo.

“Lo único que me sostiene”, dice Tabitha, “es la fe. Sea cual sea el resultado, no renunciaré a Dios.”

Este artículo fue redactado con información de Associated Press