Bangladesh al borde del abismo: la caída de Sheikh Hasina y el frágil intento de restaurar la democracia
La sentencia de muerte contra la ex primera ministra Hasina marca el fin de una era y pone a prueba la estabilidad política del país asiático
Un fallo que sacude a una nación dividida
Esta semana, el Tribunal de Crímenes Internacionales en Daca sentenció a muerte a la ex primera ministra de Bangladesh, Sheikh Hasina, por crímenes de lesa humanidad, en un proceso llevado a cabo en ausencia. La decisión no solo representa un punto de inflexión en la política del país, sino también un nuevo episodio en la larga historia de polarización entre las élites políticas bangladesíes.
Hasina, quien lideró el país durante 15 años hasta su caída en agosto de 2024, tildó el juicio de “motivado políticamente”. Desde su exilio en la India, se ha declarado inocente y afirmó que el fallo representa un ataque directo a la democracia y al debido proceso.
El contexto de la caída
La sentencia ocurre tras meses de agitación social que culminaron en un levantamiento violento que dejó cientos de muertos y miles de heridos. La destitución de Hasina fue parte de un proceso más amplio de reformas impulsado por un gobierno interino encabezado por Muhammad Yunus, Nobel de la Paz y figura emblemática del activismo social en el país.
Yunus ahora enfrenta una carga monumental: liderar hacia unas elecciones libres y pacíficas previstas para febrero próximo. Pero las tensiones entre su administración y los remanentes del partido de Hasina, la Liga Awami, amenazan con desestabilizar ese avance.
¿Una justicia o una vendetta política?
Voces críticas, incluyendo a Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han cuestionado la legitimidad del proceso judicial que terminó con la sentencia de muerte de Hasina. El juicio se realizó in absentia (sin la presencia de la acusada), lo cual, según expertos, atenta contra principios internacionales de justicia.
"El proceso careció de transparencia y debido proceso. Emitir una sentencia de muerte en esas condiciones es profundamente preocupante", denunció Amnistía Internacional en un comunicado.
La ONU, aunque se opone a la pena capital en todos los casos, calificó el veredicto como “un momento importante para las víctimas” de la represión estatal de 2024.
Un país en guerra consigo mismo
Desde la independencia en 1971, Bangladesh ha experimentado un vaivén de gobiernos autoritarios y democráticos. Sheikh Hasina y su eterno rival Khaleda Zia han dominado las últimas décadas, alternándose el poder en luchas marcadas por el agravio y la corrupción.
Según el analista Michael Kugelman, del Asia Pacific Foundation of Canada, "la actual exclusión de la Liga Awami del proceso electoral ha provocado un nivel de polarización sin precedentes". A su juicio, hay un alto riesgo de nuevos brotes de violencia, ya que los partidarios de Hasina podrían intentar sabotear el camino hacia las elecciones.
La herencia de Hasina: ¿estigmatización o redención?
Hasina fue, al mismo tiempo, una líder autoritaria y una figura transformadora. Bajo su mandato, Bangladesh experimentó un crecimiento económico anual promedio del 6.5%, sacó a millones de la pobreza y avanzó en cuestiones de género y salud pública. No obstante, su gobierno también fue acusado de reprimir disidentes, manipular elecciones y controlar los medios de comunicación.
En palabras del periodista Sabir Mustafa, exjefe del Servicio Bengalí de la BBC: "Necesita reformar su partido desde el exilio si quiere algún día regresar al escenario político. La Liga Awami sin ella está moralmente desmoralizada y carente de liderazgo".
India, ¿aliado o cómplice?
India, donde actualmente reside Hasina, ha rechazado hasta ahora cualquier petición para su extradición. La relación entre ambas naciones ha sido ambigua, pero Nueva Delhi ha visto en Hasina un baluarte contra el extremismo islámico y un socio estratégico en la región del Golfo de Bengala.
En juego están también intereses geopolíticos mayores, en los que China busca influir en Bangladesh como parte de su iniciativa de la Franja y la Ruta.
El desafío de Yunus
El actual primer ministro interino, Muhammad Yunus, se enfrenta a una paradoja: por un lado, debe garantizar una transición democrática creíble y, por otro, está siendo acusado de aplicar una justicia selectiva que persigue rivales políticos al tiempo que tolera abusos dentro de su propia administración.
“Ya ha fallado en proteger su legado como Nobel de la Paz”, afirma Sabir Mustafa, citando casos de justicia por mano propia, arrestos arbitrarios y represión policial.
Sin embargo, también hay optimismo: por primera vez en casi dos décadas, existe una posibilidad real de elecciones inclusivas. Observadores internacionales como el International Crisis Group han señalado que este periodo constituye “una ventana única para reconstruir las instituciones democráticas del país”.
¿Y si fracasa la transición?
Los riesgos son altos. Bangladesh es uno de los países más densamente poblados del mundo, con más de 170 millones de habitantes en un territorio comparativamente pequeño. Su inestabilidad podría desatar ondas expansivas en Asia del Sur, una región ya marcada por tensiones interreligiosas, crisis climáticas y rivalidades geopolíticas.
Además, el nacionalismo exacerbado por años de ideología partidaria podría derivar en más violencia si no se encuentran espacios de diálogo. Una minoría radicalizada, exacerbada por el reciente fallo, podría inclinarse hacia la lucha armada, algo que se vio en los años posteriores a los golpes militares de los 70 y 80.
¿Esperanza en las urnas?
El calendario electoral se convierte, entonces, en la última esperanza para evitar un nuevo episodio oscuro en la historia del país. Yunus deberá garantizar no solo que las elecciones se lleven a cabo en febrero, sino que también sean vistas como legítimas tanto por los ciudadanos como por la comunidad internacional.
No es tarea sencilla: su gobierno deberá evitar que partidos como el Partido Nacionalista de Bangladesh o el jamaat-e-Islami manipulen el proceso, y al mismo tiempo absorber presiones externas de actores como Estados Unidos, China e India.
Según estadísticas del Banco Mundial, más del 40% de la población joven en Bangladesh se siente desencantada con el proceso político. Una elección limpia y justa podría otorgarles razones para volver a creer.
Una nación en la cuerda floja
La historia de Bangladesh está plagada de giros dramáticos, traiciones y renacimientos políticos. La caída de Sheikh Hasina podría marcar el fin de una era, pero también representa la oportunidad —quizás la última en el corto plazo— de restaurar una democracia funcional.
Como dijo una vez Yunus: “La pobreza no es creada por los pobres. Es impuesta por las estructuras con las que organizamos nuestras sociedades”. Hoy le toca a él reorganizar esas estructuras.
