El clamor silenciado de Ternópil: ¿hasta cuándo seguirá la impunidad en Ucrania?
El reciente ataque con drones y misiles que mató a 25 personas en la ciudad ucraniana vuelve a poner en evidencia la brutalidad del conflicto y la urgencia de una mediación con peso diplomático.
Por: Redacción Mundo
La noche en que Ternópil ardió
La madrugada del 19 de noviembre de 2025 será recordada como una de las más oscuras en la historia reciente de Ucrania. La ciudad de Ternópil, situada al oeste del país, fue blanco de un ataque coordinado con drones y misiles por parte del ejército ruso. El saldo: 25 muertos, entre ellos tres niños, decenas de heridos y dos bloques de apartamentos de nueve pisos reducidos prácticamente a escombros.
Las imágenes que circularon ese día muestran a rescatistas combatiendo las llamas, cadáveres en bolsas plásticas en la acera y paramédicos llorando ante la magnitud de la tragedia. No es la primera vez que la población civil paga con su vida en este conflicto, pero sí es una nueva herida profunda en un país que aún no ha curado las anteriores.
¿Por qué fue objetivo Ternópil?
No es casual que Ternópil haya sido atacada. Aunque está lejos del frente de batalla en el este y sur del país, se ha convertido en refugio para desplazados internos y en un nodo logístico clave para la ayuda internacional. Para Rusia, golpear allí significa enviar un mensaje claro: ningún rincón de Ucrania está a salvo.
Pero más allá de lo estratégico, estos ataques parecen obedecer a una campaña de terror sistemática. Las víctimas son civiles, muchas veces niños, ancianos y personas que no tienen cómo defenderse. Al destruir hogares y sembrar el miedo, se busca quebrar la voluntad de resistencia del pueblo ucraniano.
Un patrón de atrocidades
Desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022, han sido numerosas las acusaciones de crímenes de guerra cometidas por Rusia. En 2023, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Vladímir Putin por su presunta implicación en la deportación forzosa de menores ucranianos, calificada por Ucrania como una limpieza étnica sistemática.
Según la plataforma presidencial «Bring Kids Back», hasta la fecha se han documentado 19,546 casos de niños ucranianos deportados hacia territorio ruso o zonas ocupadas. De ellos, apenas 1,247 han regresado, según informó el Defensor del Pueblo ucraniano, Dmytro Lubinets, a finales de marzo. El proceso no solo es lento, sino también plagado de obstáculos diplomáticos.
¿Podría el Vaticano ser la clave?
En medio de este atolladero diplomático, Ucrania ha elevado una solicitud formal al Vaticano para que actúe como mediador entre Kyiv y Moscú. La petición se dirige directamente al Papa León XIV, a quien el presidente Volodímir Zelensky ha pedido que formalice el rol del Vaticano en la facilitación de negociaciones humanitarias, particularmente para el retorno de menores y civiles secuestrados.
“Queremos que el Vaticano sea una plataforma oficial para el diálogo. Hoy, el canal actual está en una ‘zona gris’, y Rusia lo ha aprovechado para evadir respuestas”, explicó Iryna Vereshchuk, viceministra de la Oficina Presidencial de Ucrania, durante una rueda de prensa en Roma.
El cardenal italiano Matteo Zuppi ha sido hasta ahora el emisario personal del Papa en temas humanitarios, interviniendo en algunos retornos de civiles, aunque el proceso carece de estructura legal y, por ende, de fuerza diplomática real.
¿Mediación o estancamiento diplomático?
La propuesta ucraniana de convertir al Vaticano en una entidad mediadora está cargada de simbolismo, pero también presenta desafíos sustanciales. Rusia ha evitado, hasta ahora, participar en cualquier formato que no controle directamente. De hecho, en palabras de Vereshchuk, el Kremlin ha usado la informalidad del canal para ignorar las listas de ciudadanos que Ucrania solicita repatriar fácilmente.
Sin embargo, el Vaticano sigue siendo una de las pocas instituciones internacionales con credibilidad transversal y la capacidad moral de forzar una mesa de diálogo. Su neutralidad y tradición humanitaria lo posicionan como un actor clave, especialmente ahora que la comunidad internacional parece cansada, polarizada y paralizada.
El rol de la comunidad internacional: entre la condena y la pasividad
Organismos como Naciones Unidas o Amnistía Internacional han condenado reiteradamente los ataques a civiles, pero sus acciones concretas han sido limitadas. Como ejemplo, tras el ataque a Ternópil, la respuesta internacional se limitó a comunicados de condena y promesas de apoyo humanitario, sin medidas punitivas de fondo.
El pueblo ucraniano ha aprendido a desconfiar de estas muestras de "solidaridad" que no se traducen en presión efectiva sobre Moscú. Mientras tanto, cada semana aparecen nuevas lápidas que engrosan la lista de víctimas del conflicto.
Un ataque, mil heridas
El caso de Ternópil resume muchas de las aristas más trágicas de este conflicto:
- El uso sistemático de armamento contra zonas residenciales.
- La impunidad internacional ante crímenes documentados.
- La necesidad apremiante de mediadores con peso político.
- La agonía prolongada de miles de familias por recuperar a sus hijos.
¿Se puede hablar aún de diplomacia cuando una de las partes ignora todos los llamados a la paz? ¿Puede el mundo seguir permitiendo esta normalización del horror?
Memoria y resistencia
Las cenizas de Ternópil aún humean, pero también emanan un grito de resistencia que recorre Ucrania y exige respuestas. En palabras de una paramédica presente en el lugar del ataque: “Lloro, sí, pero no me rindo. Cada vida que salvamos es un acto de rebeldía contra el terror”.
Es hora de que esa rebeldía encuentre eco en la voluntad internacional. Ucrania no está pidiendo caridad, sino justicia. Y esa justicia empieza por no olvidar lo que ocurrió en Ternópil, por no mirar hacia otro lado, por exigir, con fuerza, que quien bombardea a niños no sea invitado a mesas de diálogo sin antes asumir sus culpas.
Porque la paz, como bien dijo el Papa Francisco hace años, «no puede fundarse sobre la injusticia».
