La prisión de un pastor evangélico en China: ¿represión religiosa u otra forma de control ideológico?
El caso del pastor Ezra Jin Mingri expone la creciente persecución a iglesias no registradas en China mientras la comunidad internacional permanece en alerta
El caso Zion: más allá de la detención de un pastor
En una de las acciones más contundentes del gobierno chino contra una congregación cristiana no oficial en las últimas décadas, el pastor Ezra Jin Mingri, fundador de la iglesia Zion, fue formalmente arrestado junto con 17 líderes de su comunidad. Los cargos: uso ilícito de redes de información. Un delito que, en esta era digital, puede servir como pretexto para acallar voces religiosas disidentes.
Fundada en 2007, Zion Church se convirtió en una de las iglesias más influyentes fuera del control del Estado chino. Con más de 1,500 miembros, y otros miles alcanzados a través de plataformas digitales, su historia es representativa del auge de las iglesias cristianas evangélicas no registradas en China. Pero también del peligro que corren quienes desean profesar libremente su fe en un país que exige lealtad total al Partido Comunista.
El choque entre fe y Estado: quien no obedece, desaparece
La represión no es nueva. Las autoridades chinas llevan más de una década ejerciendo presión sobre grupos religiosos independientes. Destrucción de templos, quema de biblias, censura, vigilancia digital y detenciones arbitrarias han sido documentadas por diversas organizaciones de derechos humanos como Christian Solidarity Worldwide.
Zion Church fue blanco en 2018 al resistirse a instalar cámaras de reconocimiento facial en su santuario, una táctica que las autoridades chinas han aplicado ampliamente para monitorear a creyentes. A raíz de esa negativa, el gobierno cerró sus templos, congeló sus cuentas bancarias y prohibió a Jin viajar al extranjero. Sin embargo, la comunidad encontró un refugio online, consolidando una iglesia digital que podía congregar hasta 10,000 personas diariamente.
Profesar la fe como resistencia política
En el testimonio que ofreció ante el Congreso estadounidense, su hija, Grace Jin Drexel, afirmó: “Mi padre construyó Zion para adorar libremente a Dios como cabeza de la iglesia, no al Partido”. Su afirmación tiene implicaciones no solo espirituales, sino políticas. En China, donde el Partido Comunista se declara abiertamente ateo y pretende tener un control total sobre todas las expresiones culturales y religiosas, la existencia de una comunidad que rinde lealtad exclusiva a una autoridad espiritual por fuera del Partido es, en sí misma, un acto de subversión.
La detención de Jin Mingri se inscribe, entonces, en una estrategia mucho más amplia: redefinir el papel de la religión en China bajo el principio del "sinicismo”, es decir, la absorción de creencias religiosas dentro de la ideología dominante del Estado comunista.
Control ideológico bajo la apariencia de legalidad
Los 18 detenidos enfrentan cargos de "uso ilegal de redes de información", un delito que suele usarse para criminalizar prácticas como organizar reuniones religiosas por videollamada, predicar por redes sociales o compartir mensajes bíblicos online. Es decir, el propio crecimiento digital de Zion habría sido usado como pretexto para acusarlos.
Bajo la ley china, actividades religiosas fuera de las congregaciones aprobadas (como la Iglesia Patriótica China) están prohibidas. Los abogados de derechos humanos que han intentado defender a estos líderes religiosos señalan que el sistema judicial chino suele actuar a discreción del Partido, sin garantías de imparcialidad o debido proceso.
Libertad religiosa como asunto geopolítico
El caso Zion trasciende las fronteras de lo espiritual para inscribirse en el debate geopolítico sobre la libertad religiosa, los derechos humanos y el autoritarismo digital. En Estados Unidos, el gobierno y grupos de presión religiosa han aprovechado la situación para reforzar su discurso anti-China. El exembajador de EE. UU. para la libertad religiosa, Sam Brownback, declaró ante el Congreso que "China está en guerra con la fe" y sugirió que defender la libertad religiosa debería ser una prioridad de seguridad nacional.
Por su parte, figuras como el ex presidente Donald Trump han tomado una postura fuerte sobre la situación de los cristianos en países como China y Nigeria, incluso insinuando intervenciones más agresivas. Aunque se trate también de una estrategia electoral, lo cierto es que la presión internacional empieza a escalar.
Iglesias no registradas: un fenómeno masivo
El auge de iglesias no registradas representa una transformación importante en el panorama religioso chino. Según un informe del Pew Research Center, más de 60 millones de cristianos viven en China, y al menos la mitad de ellos lo hacen bajo el ala de iglesias clandestinas o no oficiales.
Estas congregaciones han crecido como respuesta a la necesidad de autonomía religiosa, lejos de la ingerencia estatal. Muchas operan en casas particulares, otras en centros comerciales abandonados, y algunas más como Zion adoptan formatos híbridos de culto presencial y en línea.
El temor del Partido Comunista es claro: a diferencia del confucianismo o el budismo, que pueden adaptarse mejor al control estatal, el cristianismo —con su énfasis en la libertad individual, la rendición de cuentas y la trascendencia de Dios sobre todo poder humano— representa un desafío ideológico.
¿Política o fe? Las fronteras se diluyen
El Partido Comunista busca redefinir todos los aspectos de la vida pública —incluida la religión— dentro del marco del socialismo con características chinas. En este modelo, los templos se convierten en espacios patrióticos, las homilías deben estar alineadas con los objetivos del Estado, y los líderes religiosos deben jurar lealtad a la bandera antes que a la cruz.
Esto se evidencia en medidas como:
- La instalación de cámaras de vigilancia en templos.
- La obligación de enseñar “valores socialistas” desde el púlpito.
- La prohibición de menores de edad en servicios religiosos.
- La censura de textos religiosos considerados “inadecuados”.
Por ello, el caso de Jin Mingri también reaviva la pregunta clave: ¿es posible practicar una religión libre dentro de una estructura autoritaria?
¿Y ahora qué? Más presión internacional, pero pocas respuestas
Mientras se realizan audiencias en Washington y el caso es examinado por organismos de derechos humanos, poco puede hacerse directamente para asegurar la liberación de Jin. El Ministerio de Relaciones Exteriores de China ya ha advertido que temas religiosos forman parte de su soberanía interna, y que cualquier intervención sería considerada una injerencia inaceptable.
Organizaciones como CSW, la Comisión de Estados Unidos sobre Libertad Religiosa Internacional (USCIRF), Human Rights Watch y Amnistía Internacional continúan documentando los casos y haciendo llamados a la acción, pero el pulso entre el poder político chino y la necesidad espiritual de millones de ciudadanos sigue siendo una línea de tensión permanente.
En palabras de Grace Jin Drexel: “Solo queremos libertad para adorar. No buscamos socavar al Estado, sino rendirnos ante una autoridad superior: Dios”.
El futuro de la fe en medio de la censura tecnológica
Con el crecimiento de la inteligencia artificial, la vigilancia digital y las políticas de crédito social, China se perfila como el primer país en someter la religión a una lógica de control algorítmico. Es probable que las iglesias como Zion, al funcionar en línea, enfrenten aún más restricciones y castigos ejemplares.
Sin embargo, la historia demuestra que la fe suele encontrar caminos incluso bajo los regímenes más opresivos. Es posible que el encarcelamiento de Jin Mingri no marque el final de Zion, sino el punto de inflexión hacia una espiritualidad aún más resiliente, resistente y creativa.
En tiempos de silencio forzado, la oración se convierte en protesta, y la esperanza, en acto revolucionario.
