Sanae Takaichi y el tabú del sumo: ¿Choque entre tradición y liderazgo femenino?

La primera ministra de Japón enfrenta una vieja costumbre que prohíbe a las mujeres subir al dohyo. ¿Es hora de reconsiderar esta tradición bajo una nueva era política?

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Una mujer en la cima del poder y un viejo tabú por romper

El ascenso de Sanae Takaichi como la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra de Japón, en octubre de 2025, no solo ha marcado un hito en la política del país. También ha avivado un viejo debate que expone las tensiones persistentes entre las tradiciones culturales y la equidad de género: la prohibición de que las mujeres ingresen al dohyo, el ring sagrado del sumo.

Históricamente, los primeros ministros japoneses presentan la Copa del Primer Ministro al campeón del torneo de sumo, subiendo simbólicamente al ring. Sin embargo, a Takaichi no se le presentó la oportunidad en el torneo de noviembre, ya que se encontraba regresando de la cumbre del G20 en Sudáfrica. Pero el debate ha sido sembrado, y la mirada ahora se dirige al torneo de Año Nuevo en Tokio.

Una tradición milenaria, pero no intocable

El sumo tiene más de 1,500 años de historia y en su origen está ligado a rituales de la religión sintoísta, que busca agradar y entretener a los kami, los espíritus de la naturaleza. El dohyo es considerado un espacio sagrado, y su acceso está restringido a los luchadores varones. Según ciertos dogmas, esto se debe a una supuesta "impureza" de las mujeres, especialmente relacionada con la menstruación y el parto.

Sin embargo, esta práctica está lejos de ser inmutable. Existen registros históricos de mujeres luchadoras de sumo, que datan del siglo XVI, y antiguos textos japoneses como los Crónicas Antiguas de Japón hacen mención a damas de la corte imperial que practicaban sumo a petición de emperadores.

Eventos recientes que reabrieron el debate

En 2018, un incidente causó indignación internacional: el alcalde de Maizuru colapsó en pleno discurso sobre el dohyo y dos médicas subieron inmediatamente al ring para darle primeros auxilios. Pero, sorprendentemente, se les ordenó que abandonaran el ring.

Minutos después, oficiales de sumo esparcieron sal para "purificar" el dohyo, lo que implícitamente reforzó la creencia de que el simple contacto femenino lo había "contaminado". Esta escena, grabada y difundida globalmente, mostró una tradición que colisiona de frente con los valores modernos.

Además, en 1990, Mayumi Moriyama, entonces vocera del gobierno, intentó entregar el trofeo del primer ministro en el ring durante un torneo. La Asociación de Sumo de Japón se negó.

Una costumbre más anacrónica que religiosa

La Asociación de Sumo de Japón ha rechazado que se trate de una discriminación sistemática. En 2018, el entonces presidente Nobuyoshi Hakkaku dijo: “Esta es una mala interpretación. Las reglas no están basadas en doctrinas religiosas rigurosas, sino en creencias folclóricas”. Afirmó que limitar el dohyo a los hombres es parte de la esencia del sumo como competencia exclusivamente masculina.

No obstante, muchos expertos creen que el argumento carece de sustento histórico y que el tabú, más bien, responde a los roles de género de la era Meiji (siglo XIX), cuando el Estado consolidó un sistema patriarcal y excluyente.

"Es un reflejo de cómo las mujeres eran excluidas de la toma de decisiones política y religiosa. No tiene raíces antiguas, sino modernas", afirma la profesora Naoko Kobayashi, experta en género y religión en la Universidad Aichi Gakuin.

Takaichi: entre el simbolismo y la política conservadora

Lejos de ser una figura feminista, Takaichi representa el ala conservadora de la política japonesa. Se ha pronunciado a favor de mantener la sucesión imperial solo en varones y se opone a la reforma del sistema que obliga a las parejas casadas a tener un mismo apellido, una norma del siglo XIX que muchas parejas modernas critican como obsoleta.

Además, busca recuperar apoyo entre votantes derechistas que han migrado hacia movimientos populistas. Un acto como subir al dohyo a entregar un trofeo podría ser visto como una provocación innecesaria por los sectores más tradicionales.

El secretario general del gabinete, Minoru Kihara, aclaró recientemente que Takaichi “respetará la tradición cultural del sumo”, sugiriendo que, al menos por ahora, no desafiará frontalmente este tabú.

La creciente presión pública y cambios inevitables

La presión por la inclusión ha ido en aumento, tanto dentro de Japón como desde el extranjero. A medida que más sociedades abogan por la igualdad de derechos, las normas exclusivistas empiezan a verse bajo nuevas luces.

  • En 1978, una niña fue impedida de competir en la final nacional infantil solo por ser mujer.
  • En 2018, se creó un comité de expertos para revisar la prohibición. Aún no hay resoluciones.

En otros ámbitos religiosos de Japón, los avances han sido más notorios: mujeres ya pueden visitar el Monte Fuji y entrenar en templos donde antes eran rechazadas. Pero en el sumo, las barreras siguen caídas.

"Excluir a las mujeres por costumbres centradas en los hombres ya no puede justificarse según los valores actuales", repite Kobayashi. Y tiene razón: con una mujer liderando Japón, no se puede ignorar el símbolo que representaría romper esa barrera.

Lo que está en juego: más que sumo, poder y representación

El debate va más allá del deporte. Se trata de representación, inclusión y legitimidad de tradiciones que, aunque culturales, deben demostrar capacidad de evolución. Si Takaichi decide dar el paso —literal y figuradamente— al dohyo, estará escribiendo una página en la historia de los derechos de las mujeres en Japón.

La pregunta es si está dispuesta a hacerlo, y qué mensaje querrá enviar. Porque más allá de la arcilla del ring, el verdadero terreno en juego es la mentalidad colectiva de una nación entre el peso de sus símbolos y los vientos del cambio.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press