Trump, el príncipe saudí y el asesinato de Khashoggi: ¿silencio cómplice o negocios turbios?

El Congreso estadounidense vuelve a exigir la transcripción de una llamada entre Trump y Mohammed bin Salman, tras nuevas acusaciones de encubrimiento y favoritismo tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi

Un crimen que sacudió al mundo

El brutal asesinato de Jamal Khashoggi, periodista del Washington Post, en el consulado saudí en Estambul en octubre de 2018 marcó un antes y un después en las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudita. Khashoggi, crítico del régimen saudí y autoexiliado en Estados Unidos, fue asesinado y desechado en pedazos por agentes sauditas, entre ellos un médico forense, según varias agencias de inteligencia internacionales.

La CIA determinó con “alta probabilidad” que el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman (MBS), fue quien ordenó el asesinato. Aun así, el entonces presidente Donald Trump se negó a condenar al príncipe y promovió una relación bilateral aún más estrecha, repleta de acuerdos militares, económicos y diplomáticos.

Hanan Elatr y el nuevo llamado al Congreso

Este pasado viernes, Hanan Elatr Khashoggi, viuda del periodista asesinado, apareció en el Capitolio junto a los congresistas demócratas Eugene Vindman y Jamie Raskin, solicitando que la Casa Blanca libere la transcripción de una llamada telefónica de 2019 entre Trump y MBS. Según Vindman, que trabajó en el Consejo de Seguridad Nacional en ese entonces y leyó la transcripción, la llamada incluiría lenguaje de “quid pro quo” y beneficios directos para Trump.

“No hay justificación para secuestrarlo, torturarlo, matarlo y cortarlo en pedazos. Esto es un acto terrorista”, declaró entre lágrimas Hanan Elatr durante la conferencia.

¿Qué se sabe de esa llamada con MBS?

Aunque la transcripción sigue clasificada, Vindman indicó que el contenido de la conversación resultó “impactante” y la calificó como una de las más preocupantes que vio durante su tiempo en el gobierno. Esto recuerda poderosamente al escándalo de la llamada entre Trump y el presidente ucraniano Zelenskyy en 2019, donde se dio un claro intercambio de favores políticos, y que desencadenó el primer juicio político contra Trump.

Ambos casos estarían firmemente ligados a la idea de que Trump empleó relaciones diplomáticas para beneficio personal o empresarial. Un punto ciego especialmente presente en la relación con Arabia Saudita, país con el que tanto él como su yerno, Jared Kushner, han cerrado negocios multimillonarios desde su salida de la presidencia.

El contraste: honores en lugar de sanciones

Este mismo mes, Trump otorgó al príncipe saudí algunos de los más altos reconocimientos diplomáticos que Estados Unidos puede conceder a líderes extranjeros. Esto ha generado duras críticas tanto de organizaciones defensoras de los derechos humanos como del sector más progresista del Congreso.

Para muchos, se trata de una clara señal de que Trump prioriza los negocios sobre los valores democráticos y los derechos humanos. El pacto tácito entre ambos líderes contrasta con las sanciones impuestas por otros países a funcionarios sauditas implicados en el asesinato de Khashoggi y resalta la indiferencia de Trump frente a lo que múltiples organismos califican como un “acto de terrorismo de Estado”.

Impunidad y negocios: la familia Trump y Arabia Saudita

  • Según informes del New York Times, Jared Kushner recibió $2.000 millones de un fondo soberano saudí menos de seis meses después de dejar la Casa Blanca.
  • Trump ha celebrado varios torneos de golf del circuito LIV (financiado por Arabia Saudita) en sus propiedades personales.
  • El abogado Michael Cohen y múltiples fuentes han señalado que la familia Trump vino cultivando relaciones con líderes sauditas desde 2015.

Esta relación comercial intensa ha generado fuertes suspicacias sobre el papel que jugó el dinero saudí en la política exterior estadounidense durante la presidencia de Trump y sobre cuánto influyó en decisiones clave vinculadas al asesinato de Khashoggi.

Reacciones del Partido Republicano y la Casa Blanca

La respuesta desde el entorno de Trump no se hizo esperar. Steven Cheung, director de comunicaciones de su campaña, respondió llamando a Vindman “un don nadie rencoroso y mentiroso en serie”. También calificó la petición de liberar la transcripción como parte de un “engaño” similar al juicio por la llamada con Zelenskyy, recordando que el presidente ucraniano dijo entonces que no se sintió presionado.

Estas declaraciones acompañadas del silencio de gran parte del Partido Republicano generan un profundo malestar, especialmente entre defensores de la libertad de prensa como el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), Reporteros Sin Fronteras y Human Rights Watch. Todos coinciden en que la justicia para Khashoggi sigue pendiente mientras se mantenga el velo de secreto sobre el contenido de esa conversación.

Una historia con ecos de autoritarismo

El congresista Jamie Raskin fue tajante al referirse al contexto político actual: “Estamos siendo arrastrados hacia la dirección de una monarquía autoritaria, hacia la tiranía”. En su visión, no se trata solo de una llamada, sino del modelo de liderazgo que Trump impone, en el que los vínculos personales y los intereses económicos dominan sobre la rendición de cuentas y la transparencia.

El pedido de que el Congreso investigue más a fondo los estrechos lazos entre Trump y Mohammed bin Salman podría ganar fuerza si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes en 2026. Aunque por ahora no se habla abiertamente de un nuevo juicio político, sombras del pasado como Ucrania y ahora Arabia Saudita, marcan un patrón de comportamiento que preocupa incluso a sectores moderados.

El precedente de Zelenskyy y los límites del poder presidencial

El precedente más cercano es sin duda la llamada con Zelenskyy en julio de 2019, que desembocó en el primer impeachment de Trump. En esa ocasión, el entonces presidente condicionó ayuda militar a Ucrania a cambio de una investigación contra su rival político, Joe Biden.

La diferencia crucial: la transcripción de esa conversación fue liberada bajo presión pública, mientras que en el caso de MBS y Trump, el contenido sigue clasificado. Esto impide al Congreso y a la ciudadanía evaluar si se incurrió en conducta indebida que amerite consecuencias institucionales.

Khashoggi: una herida abierta en el periodismo global

El asesinato de Khashoggi no fue solo un ataque contra un individuo, sino también contra la libertad de prensa y el derecho de los periodistas a criticar sin miedo a represalias violentas. Organismos como la UNESCO y la ONU han calificado el caso como emblemático de la impunidad hacia países autoritarios que persiguen y asesinan disidentes en el extranjero.

“Este es un test sobre cuánto valoramos el periodismo libre y las democracias abiertas”, afirmó Agnes Callamard, entonces relatora de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales. Su informe de 100 páginas afirma categóricamente que Arabia Saudita es responsable del crimen y que su líder lo ordenó directamente.

¿Qué sigue?

La familia Khashoggi, liderada por Hanan Elatr, sigue luchando por justicia, mientras que las promesas de Biden en campaña de convertir a Arabia Saudita en “paria” internacional han resultado, por ahora, simbólicas. La reanudación de relaciones energéticas y la necesidad de petróleo han templado el discurso de condena.

Aún así, la insistencia de los demócratas en el Congreso, la presión de la opinión pública internacional y el trabajo de activistas por la justicia podrían forzar un cambio. El alma de la democracia estadounidense, así como su compromiso con los derechos humanos, están siendo puestos a prueba —y todo podría comenzar con la liberación de un documento de seis páginas: la transcripción de una llamada telefónica.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press