Cuando el clima devora comunidades: la tragedia silenciosa de los pueblos indígenas en Alaska
El cambio climático arrasa con aldeas enteras mientras el gobierno de EE. UU. responde con burocracia lenta y promesas rotas
Una amenaza que no puede esperar
Mientras los titulares del mundo se enfocan en incendios, sequías y huracanes en grandes ciudades, una tragedia de igual o mayor magnitud avanza de forma casi invisible en los rincones del oeste de Alaska. Pueblos indígenas como Kipnuk, Kwigillingok y Quinhagak están siendo comidos por el mar. Tan literal como suena: las costas retroceden metros en cuestión de semanas, las casas desaparecen bajo las aguas o el lodo, y las familias se ven obligadas a abandonar sus tierras ancestrales sin garantías de un futuro claro.
La situación se ha agravado con el paso del ex-tifón Halong en octubre de 2025. Esta tormenta destruyó cerca de 700 viviendas, desplazando a cientos de personas. En muchas de estas comunidades, una sola calle es todo lo que conecta casas, iglesias, escuelas... y el mar ya ha alcanzado esa única vía.
Un fenómeno que ya no es «excepcional»
Lo que antes se consideraba raro empieza a ser la norma. Entre 1970 y 2021, solo cuatro tifones habían alcanzado la costa del mar de Bering al norte de las islas Pribilof. Desde 2022, ya son tres los ex-tifones (Merbok, Halong y otros restos de tormentas tropicales) que han devastado la región.
“Es la peor destrucción que he visto en mis 30 años de carrera”, dijo Bryan Fisher, director de manejo de emergencias del estado de Alaska.
Los efectos del cambio climático no solo son visibles: son abrasadores. Alaska se calienta aproximadamente el doble de rápido que el promedio global, según el informe de 2020 del Alaska Native Tribal Health Consortium. De las 229 comunidades nativas reconocidas a nivel federal, 144 enfrentan amenazas significativas por erosión, inundaciones o derretimiento de permafrost. Y muchas de ellas reúnen los tres factores.
Cuando el permafrost ya no es eterno
Una de las grandes barreras naturales de Alaska ha sido su suelo congelado de forma permanente: el permafrost. Pero esta defensa se está derritiendo.
Según el climatólogo John Walsh, cuando las olas golpeaban el permafrost sólido, era como chocar contra una pared de concreto. Pero al derretirse, el suelo se vuelve suelto y frágil, lo que facilita que el mar arrastre trozos enteros de costa. Así, pueblos como Quinhagak no solo han perdido casas, sino también sitios arqueológicos de gran valor cultural.
La reubicación no es tan simple como suena
Si bien algunas comunidades han optado por reubicarse, el proceso es todo menos ágil o justo. El caso de Newtok, una pequeña comunidad al oeste del estado, es el ejemplo estrella para los defensores de la reubicación climática, pero también un recordatorio de los enormes desafíos que conlleva. El proceso tardó décadas y costó unos 160 millones de dólares para trasladar solo a 300 personas a una aldea más segura llamada Mertarvik, a unos 14 km de distancia.
A ese ritmo, las más de veinte aldeas identificadas como en riesgo inminente no tendrán tiempo suficiente para reubicarse antes de que el mar las destruya por completo.
¿Y el gobierno federal? Tarde y lento
A pesar de algunos avances —como el programa de Reubicación Voluntaria Gestionada por la Comunidad del Buró de Asuntos Indígenas (BIA, por sus siglas en inglés), creado en 2022 con fondos del Acta de Infraestructura—, los recursos son exiguos: solo 115 millones de dólares para 11 tribus. ¡Ni siquiera alcanza para terminar de reubicar a Napakiak, que necesita desplazarse totalmente antes de 2030!
Además, el panorama político ha añadido incertidumbre. Durante la administración Trump, se propusieron recortes de más de 617 millones de dólares al Buró de Asuntos Indígenas, incluyendo fondos para auto-gobierno tribal. Más preocupante aún, se detuvo el desembolso de miles de millones en subvenciones ya aprobadas por FEMA, y se rechazaron solicitudes estatales de fondos para mitigación de riesgos.
Sin una autoridad de reubicación
Una de las críticas más pesadas es que en Estados Unidos no existe una agencia federal encargada exclusivamente de la reubicación de comunidades afectadas por el cambio climático. Las aldeas deben navegar una selva burocrática, lidiando con múltiples agencias como USDA, NOAA y el propio Departamento del Interior. Muchas veces, anunciar que se reubicarán bloquea nuevas inversiones en la comunidad actual, y esas mismas agencias no pueden financiar infraestructura en el nuevo sitio ¡hasta que la gente viva allí! Un círculo vicioso letal.
“Las comunidades no tienen ese tipo de tiempo”, advierte Sheryl Musgrove, directora del Programa de Justicia Climática de Alaska. “No pueden esperar otro Newtok. Necesitan soluciones más rápidas y acceso inmediato a recursos.”
Alternativas insuficientes a la reubicación
Algunas comunidades consideran estrategias alternativas como la protección in situ, que incluye reforzar infraestructuras, elevar casas con pilotes y levantar diques. Pero eso también requiere dinero, diseño técnico y tiempo, recursos de los que no disponen. Kipnuk, por ejemplo, estaba apostando por esta solución antes del último tifón, pero tras la destrucción de octubre, todo está en revisión.
El precio (invisible) del abandono
Las aldeas pierden mucho más que estructuras físicas. Se trata de hogares ancestrales, tierras sagradas, formas de vida centradas en la caza y la pesca, y la soberanía cultural de pueblos enteros. Cada aldea que el mar consume representa una pérdida irrecuperable no solo para Alaska, sino para todos los estadounidenses que entienden que su nación no es solo Nueva York, Miami o Los Ángeles.
¿Qué sigue?
Expertos y líderes tribales piden una legislación federal integral para abordar la reubicación climática. Se necesita una agencia encargada exclusivamente de coordinar estas transiciones, y un cambio profundo en la manera en que el gobierno se acerca al cambio climático: no como una amenaza futura o abstracta, sino como una emergencia presente que ya está cobrando vidas y destruyendo territorios.
En palabras de Musgrove:
“Ojalá lo que pasó con Halong sea el inicio de un cambio. La atención está ahí. Lo que falta es voluntad.”
El tiempo corre para Kipnuk, Kwigillingok y decenas más. El mar no espera comités ni presupuestos anuales. Lo único que aún puede salvar lo que queda es una respuesta rápida, decidida y equitativa. Por ahora, Alaska sigue siendo el canario en la mina de carbón climática del mundo.
Foto: Algunas casas y edificios que fueron arrancados de sus cimientos y flotaron mar adentro cerca de la aldea de Kwigillingok, Alaska, tras el paso del tifón Halong. Fuente: Lindsey Wasson. Octubre de 2025.