La visita del Papa Leo XIV a Líbano: un rayo de esperanza en medio del caos
Mientras el país lucha por justicia tras la explosión del puerto y la devastadora guerra, los libaneses depositan su fe en un cambio espiritual
Por décadas, Líbano ha sido un enclave estratégico tanto espiritual como geopolíticamente. Pero en tiempos recientes, el país ha atravesado una turbulencia profunda, desde el colapso económico hasta una guerra arrasadora. En este contexto llega el Papa Leo XIV, trayendo consigo una promesa de renovación espiritual, unidad religiosa y esperanza para una nación al borde del abismo.
Una visita esperada en medio de la desesperanza
Desde la devastadora explosión del puerto de Beirut el 4 de agosto de 2020, que causó la muerte a 218 personas y dejó heridas a más de 7,000, los libaneses han vivido una serie de tragedias encadenadas. La economía colapsó, los bancos congelaron los depósitos de los ciudadanos y los precios de los alimentos se dispararon. Una guerra reciente entre Israel y Hezbolá intensificó aún más la fragilidad nacional, dejando más de 4,000 muertos y daños materiales valorados en 11,000 millones de dólares.
En este sombrío panorama, el Papa Leo XIV inicia su primer viaje internacional con destino a Líbano. Es un acto profundamente simbólico: una reafirmación de la importancia del país como bastión espiritual en Medio Oriente y un esfuerzo por acompañar a sus ciudadanos en su dolor y resiliencia.
La fe como ancla: historias de duelo y esperanza
Mireille Khoury representa el alma de miles de familias libanesas que aún claman por justicia. Perdió a su hijo Elias, de 15 años, en la explosión del puerto. Cada día, al regresar del trabajo, prende una vela junto a su retrato, rodeado de imágenes de Jesús y la Virgen María.
“Necesitamos muchas oraciones, y necesitamos un milagro para que este país continúe”, afirma Khoury, que espera orar en silencio junto al pontífice en el sitio del desastre.
Para ella, y para muchos otros, la visita papal representa más que un acto diplomático: es un bálsamo para heridas aún abiertas, una voz internacional que puede reavivar la exigencia de justicia.
Un país marcado por los símbolos y la historia
Líbano es una nación única en Medio Oriente. Aunque de mayoría musulmana, cerca de un 33% de su población es cristiana, y la convivencia interreligiosa ha sido, por momentos, ejemplo de pluralismo. Fundado oficialmente en 1943, tras su independencia de Francia, el país cuenta con una larga y profunda relación con El Vaticano.
Desde la llegada de los misioneros maronitas y jesuitas en los siglos pasados, la Iglesia Católica ha tejido redes fuertes en el país: escuelas, hospitales, universidades y centros de ayuda comunitaria. La primera visita papal se realizó en 1964 —una etapa de bonanza— y fue sucedida por otras en 1997 y 2012, coincidieron con periodos de reconstrucción.
Esta cuarta visita llega en un momento crítico. Para el historiador Charles Hayek, esto tiene un propósito: “Todos en Líbano siempre entendieron que para que una nación pequeña sea escuchada, debe saber cómo influir. Por eso incluso los primeros ministros musulmanes han promovido visitas papales”.
Una iglesia que resiste entre los escombros
En el sur del país, en la localidad de Dardghaya, la iglesia melquita de San Jorge continúa en ruinas tras ser alcanzada por bombas israelíes durante el conflicto con Hezbolá. En una pequeña sala en el sótano, cristianos y musulmanes se reúnen los domingos para misa.
El padre Maurice el Khoury mantiene viva la llama de la fe y mira la visita del Papa con esperanza: “La visita del papa no es solo para los cristianos. Es una bendición y una salvación para todo Líbano”.
Aun así, muchos se sienten decepcionados por la ausencia del sur en la agenda del pontífice. “El sur sangra, y necesita al papa para ayudarnos a volver y mantenernos firmes en nuestra tierra”, dice Georges Elia, miembro de la comunidad.
El peso del compromiso papal: de Francisco a Leo
El Papa Francisco, predecesor de Leo XIV, demostró su cercanía con Líbano incluso en momentos de poca visibilidad internacional. En 2021, invitó a miembros de las familias de las víctimas del puerto a Roma, incluyendo a Mireille Khoury, quien pese al ofrecimiento, no logró asistir por razones emocionales.
“La última vez que estuve con mi hijo fue en Roma. No pude regresar, no emocionalmente”, expresó. Aun así, las palabras del papa Francisco le ofrecieron paz espiritual.
Ahora pone su confianza en su sucesor: espera que el papa Leo mencione el caso públicamente y le ayude a presionar para que la investigación no sea abandonada como tantas otras en la historia libanesa: “Le suplicaré y le rogaré que continúe hablando de la explosión del puerto”.
Un mensaje de unidad: diálogo interreligioso
Uno de los momentos claves del viaje será el encuentro de diálogo interreligioso en el corazón de Beirut, en una zona que sufrió alguna de las peores consecuencias de la explosión del puerto y que fue epicentro de protestas ciudadanas en 2019.
Allí, el papa se reunirá con líderes cristianos y musulmanes, buscando no solo reforzar la cultura del entendimiento sino también fomentar compromisos reales que ayuden a reconstruir el tejido social del país.
¿Intervención divina o impulso internacional?
Para muchos libaneses, la solución a tantos males parece inalcanzable sin una forma de intervención casi divina. Sin embargo, la llegada del Papa Leo XIV con un mensaje de paz, justicia y unidad puede actuar como catalizador de transformaciones sociales y políticas más tangibles.
La esperanza no está solo en el acto religioso, sino en la atención internacional que la visita suscita, en la reactivación de una agenda ignorada y en el recuerdo del sufrimiento de miles de ciudadanos que aún no han sido escuchados.
Como sentenció Mireille Khoury: “Vivo con la esperanza de volver a ver a mi hijo algún día”. Para ella, como para tantos, la fe sigue siendo el único refugio.
