Viola Ford Fletcher: Una vida de lucha, memoria y justicia tras la masacre racial de Tulsa
A los 111 años, fallece la última voz sobreviviente del atentado que destruyó Black Wall Street; su legado sigue marcando la lucha por la reparación histórica en EE. UU.
Una niña entre las cenizas
Viola Ford Fletcher tenía solo 7 años cuando vivió uno de los acontecimientos más aterradores y silenciados en la historia moderna de Estados Unidos: la masacre racial de Tulsa en 1921. En medio del horror, vio su comunidad arder, cuerpos apilados en las calles y la destrucción total del distrito Greenwood, conocido como Black Wall Street. Más de 100 años después, Fletcher falleció a los 111 años, no sin antes convertirse en una figura de referencia en la lucha por la verdad, la justicia y la memoria.
Black Wall Street: el sueño afroamericano que fue destruido
Greenwood era uno de los barrios más prósperos y simbólicamente importantes para la comunidad afroamericana en Estados Unidos. Construido al margen del sistema segregacionista, albergaba médicos, abogados, comercios, cines y una sólida clase media negra. Pero el 31 de mayo de 1921, todo cambió.
Una acusación sin fundamento contra un joven afroamericano, acusado de agredir a una mujer blanca en un ascensor, desató el caos. Una multitud blanca armada arrasó la zona con la complicidad pasiva (y en algunos casos, activa) de las autoridades locales. Se estima que más de 300 personas murieron, 10,000 quedaron sin hogar y más de 1,250 hogares fueron incendiados.
El silencio impuesto y el poder del testimonio
Durante décadas, Viola Ford Fletcher evitó hablar del tema por miedo a represalias. “No podía olvidar los cuerpos, la sangre ni el humo”, escribió en sus memorias “Don’t Let Them Bury My Story”, publicadas en 2023. Fue su nieto, Ike Howard, quien la convenció de compartir su historia con el mundo.
Howard declaró que contar la historia fue una forma de sanación para su abuela: "Este proceso la ayudó. Pasó de ser testigo a defensora de su comunidad".
Fletcher redactó sus memorias y testificó en 2021 ante el Congreso de Estados Unidos. En su declaración, enfatizó la necesidad de reparación para las víctimas y sus descendientes: “Se llevaron nuestras casas, hospitales, escuelas y nuestro futuro. Una noche bastó para perderlo todo”.
Una vida de fortalezas múltiples
Aunque marcada por la tragedia, Fletcher construyó una vida digna, resiliente y trabajadora. Aprendió a soldar durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como ama de llaves hasta los 85 años y crio a sus hijos sola, luego de salir de una relación abusiva. Su fe y la comunidad negra la sostuvieron a lo largo de su vida.
Su valentía le valió varios homenajes, aunque nunca recibió reparaciones económicas del estado de Oklahoma ni de la ciudad de Tulsa. A lo largo de los años, diversas plataformas ciudadanas y organizaciones privadas sí le brindaron apoyo financiero y logístico para continuar con su activismo.
Doble negación: justicia denegada en vida
En conjunto con otros dos sobrevivientes, su hermano Hughes Van Ellis y Lessie Benningfield Randle, Fletcher inició una demanda por reparación. En 2024, la Corte Suprema de Oklahoma desestimó el caso alegando que los perjuicios sufridos no encajan en la categoría legal de “molestia pública”.
“Por el tiempo que vivamos, seguiremos iluminando uno de los días más oscuros de la historia de Estados Unidos”, declararon Fletcher y Randle tras conocer el fallo, meses antes de su muerte.
Un caso emblemático de terrorismo doméstico
En enero de 2024, el Departamento de Justicia publicó un informe sobre los hechos de Tulsa en virtud de la Emmett Till Unsolved Civil Rights Crime Act. El informe concluyó que en su momento sí existieron suficientes pruebas para procesar a los responsables del crimen, pero el paso del tiempo imposibilitó cualquier acción penal actual.
Las conversaciones recientes sobre justicia transicional dentro del propio EE. UU. han tomado a Tulsa como un estudio de caso, subrayando la necesidad de que los Estados asuman la reparación no solo como acción económica, sino como herramienta ética y educativa.
El legado de Fletcher y la historia que no debe enterrarse
La historia de Viola Ford Fletcher se entreteje con la lucha por los derechos civiles, la resistencia afroamericana y la búsqueda de verdad. Su centenario testimonio representa el nexo entre la lucha de los supervivientes del pasado y las batallas actuales por el reconocimiento y reparación histórica.
Fue conocida cariñosamente como "Mother Fletcher". El alcalde de Tulsa, Monroe Nichols, expresó que “su luz seguiría guiando a esta ciudad”. No es casual: en sus últimos años, Fletcher se convirtió en un símbolo de memoria viva. Su frase “Don’t let them bury my story” se ha convertido en mantra para activistas, académicos y descendientes.
Hoy, su nombre figura en múltiples campañas por reparación histórica, proyectos educativos y documentales. La Universidad Estatal de Oklahoma anunció la creación del Centro Viola Ford Fletcher para la Memoria Racial, con objetivo de educar a las nuevas generaciones sobre lo que ocurrió en Tulsa y la importancia de la justicia colectiva.
Reparación y memoria: ¿Qué sigue?
La masacre de Tulsa volvió al centro del debate cultural y político estadounidense, especialmente tras la ola de movimientos como Black Lives Matter. En 2021, el presidente Joe Biden se convirtió en el primer mandatario en activo en visitar el sitio de la masacre, reconociendo formalmente los asesinatos como un acto de terrorismo racial.
Sin embargo, los avances legislativos han sido escasos. Aunque algunos programas incluyeron subsidios para pequeñas empresas afroamericanas en la región, no se habla aún de indemnizaciones sistemáticas, como sí ha ocurrido en casos como el del internamiento de japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.
Una mujer, un siglo, una lucha
Viola Fletcher no es solo un recuerdo o una víctima. Es una heroína civil cuya existencia nos conecta con las heridas abiertas del racismo estructural en Estados Unidos. Su vida y su testimonio son una brújula moral para entender los retos de construir una sociedad más justa e inclusiva.
Aunque el reloj biológico se ha detenido para ella, el reloj de la historia avanza, y con él, la exigencia de justicia. Que nunca se entierre su historia.
