Kashmir: Cuando un estallido en Nueva Delhi reaviva el fuego de la represión

El caso de Bilal Ahmed Wani revela un patrón de detenciones arbitrarias y un creciente clima de angustia en la región más militarizada del mundo

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

Un suicidio que sacudió conciencias

El 14 de noviembre de 2025, Bilal Ahmed Wani, un vendedor de frutos secos de 55 años del distrito de Pulwama, en la Cachemira administrada por India, se roció con gasolina y se prendió fuego frente a su casa. Murió un día después en un hospital, según su familia, víctima del estrés y la humillación inducidos por las detenciones arbitrarias a manos de las autoridades, en relación con un atentado en Nueva Delhi el 10 de noviembre.

Ese ataque con coche bomba, ocurrido cerca del icónico Fuerte Rojo de la capital india, dejó al menos 10 muertos y más de 30 heridos. Las autoridades indias desviaron rápidamente la atención hacia Cachemira, iniciando una ola de redadas, interrogatorios masivos y arrestos. Entre los detenidos estuvo Jasir Bilal Wani, hijo mayor de Bilal, acusado de colaborar con los supuestos autores del atentado.

Una región bajo constante vigilancia

Cachemira ha sido un conflicto abierto desde 1947, cuando India y Pakistán obtuvieron su independencia. Ambos países reclaman el territorio en su totalidad, aunque solo administran partes de él. Desde 1989, una insurgencia armada ha prendido en la zona, avivada por frustraciones políticas, represión militar y ausencia de diálogo. India acusa a Pakistán de promover el terrorismo en la región; Pakistán lo niega, y muchos cachemires consideran que luchan por su autodeterminación.

Con más de 700,000 soldados indios desplegados en el área, Cachemira se ha convertido en la región más densamente militarizada del planeta. Y aunque los gobiernos indios recurrentemente justifican estas medidas como necesarias para el orden y la seguridad nacional, la realidad cotidiana revela otro panorama: represión sistemática, cortes de internet, restricciones a la movilidad, silenciamiento de la prensa e intimidación de la sociedad civil.

El caso Wani y el efecto del miedo

El 14 de noviembre, las autoridades detuvieron a Jasir Wani y al día siguiente capturaron a su padre, su hermano menor y su tío. Aunque Bilal y el hijo menor fueron liberados esa misma noche, el daño emocional ya estaba hecho. Al volver a casa, Bilal estaba visiblemente perturbado. A la mañana siguiente se inmoló, dejando a su familia devastada. Su hermano, un profesor de física también liberado tras la muerte, lo describió como “un acto desesperado ante una injusticia abrumadora”.

El contexto lo agrava aún más. Solo cuatro días antes, una explosión en una estación policial en Srinagar, originada por la manipulación indebida de material explosivo incautado durante las redadas, mató a nueve personas más. Según fuentes oficiales, fue un accidente, pero aumentó el nerviosismo en la zona.

¿Qué buscan las autoridades?

La Agencia Nacional de Investigación (NIA) apuntó a una supuesta célula militante en conexión con el atentado de Delhi, acusando a Jasir Wani de proporcionar apoyo técnico para fabricar explosivos y modificar drones. Además, señalaron como autor material del ataque a Umar Un Nabi, un joven médico de Pulwama. Las fuerzas de seguridad respondieron demoliendo su vivienda familiar, práctica común en la región cuando acusan a alguien de terrorismo.

Pero la represión no se detiene ahí. La investigación extendió el cerco a lo que llaman “ecosistemas de terrorismo de cuello blanco”, integrados por profesionales educados y estudiantes, incluyendo médicos. Docenas de doctores cachemires han sido interrogados sobre sus vínculos personales, afiliaciones políticas y redes profesionales. El temor se ha propagado entre quienes trabajan en el sistema de salud.

“No se puede apagar el fuego con gasolina”

Avinash Mohananey, exoficial de inteligencia que sirvió en Cachemira, ofrece un análisis contundente: “Este patrón de represión cíclica donde castigas a la comunidad entera por las acciones de unos pocos no hace sino alimentar el resentimiento”.

Desde la revocación en 2019 de la autonomía constitucional de la región, el gobierno indio ha intensificado su control. Bajo la narrativa de construir un “Naya Kashmir” (Una Nueva Cachemira), se han silenciado voces disidentes y disuelto entidades civiles. Según Praveen Donthi, analista del International Crisis Group: “El despojo político tras 2019 avivó una ola de ira silenciosa y una resurgencia del sentimiento insurgente. Las medidas punitivas solo ahondan la fractura.”

Casas demolidas, esperanzas también

El uso de demoliciones como castigo colectivo tiene precedentes, pero en el contexto actual se percibe más como una táctica de intimidación que como una herramienta legal. Los expertos en derechos humanos advierten que medidas como esta podrían violar convenciones internacionales, al castigar a familias por crímenes presuntamente cometidos por un individuo.

En palabras de Parvez Imroz, abogado de derechos humanos en Srinagar: “La demolición de casas no solo destruye ladrillos, derrumba vidas. Esto nos lleva hacia una justicia vengativa, no restitutiva”.

Una tragedia que resalta una crisis más grande

La muerte de Bilal Ahmed Wani es uno de muchos actos desesperados que ocurren bajo la sombra del conflicto. Pero su caso pone en evidencia la deshumanización sistemática que sufren los civiles inocentes en Cachemira. El hecho de que una persona prefiera inmolarse públicamente antes que seguir siendo parte del sistema habla de una sociedad colapsada moralmente.

Cachemira necesita un nuevo enfoque, no centrado en castigos colectivos ni vigilancia asfixiante, sino en justicia, empatía y representación política real. Hasta entonces, los gestos de desesperación como el de Bilal seguirán siendo el grito mudo de un conflicto que la comunidad internacional no puede seguir ignorando.

¿Hacia dónde camina Cachemira?

Mientras Nueva Delhi apuesta por el endurecimiento, crece la sensación de alienación. Cada redada, cada arresto arbitrario y cada acusación sin pruebas incrementan el sentimiento de injusticia colectiva.

El informe más reciente de la Human Rights Watch alerta sobre el uso selectivo de leyes antiterroristas como la Unlawful Activities Prevention Act (UAPA), con una tasa de acusación efectiva menor al 3%, pero cuyos efectos psicológicos y sociales son devastadores para los acusados y sus comunidades.

“La gente siente que no tiene adónde acudir,” comenta Sajad, un profesor universitario que rehusó dar su apellido. “La represión ha llegado hasta nuestras aulas, nuestras familias, nuestros hospitales.”

La elección no es entre seguridad o libertad. Ambas son necesarias para que la paz sea duradera.

Bilal Ahmed Wani ya no está. Su cuerpo quedó marcado por las llamas, pero su historia es reflejo vívido de una verdad más ardiente: en Cachemira, la lucha no es solo por la tierra, sino por la dignidad humana.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press