¿Alianza o intervención? El papel de EE.UU. en la lucha antidrogas en República Dominicana
La reciente decisión del gobierno dominicano de permitir operaciones militares técnicas de EE.UU. en bases nacionales levanta preguntas sobre soberanía, seguridad y cooperación en el Caribe.
Por más de una década, la República Dominicana ha sido un punto estratégico en la lucha regional contra el narcotráfico. Pero esta semana, el presidente Luis Abinader dio un paso que pocos países del Caribe han dado: autorizó que Estados Unidos opere, por tiempo limitado, dentro de áreas restringidas del país, específicamente en la Base Aérea de San Isidro y el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Junto a él, en la rueda de prensa, apareció el Secretario de Defensa de EE.UU., Pete Hegseth.
Un acuerdo técnico que apunta a una amenaza transnacional
Según Abinader, el acuerdo con EE.UU. es “técnico, limitado y temporal”. Pero lo que parece un ajuste logístico, es en realidad parte de una estrategia mayor que coloca a República Dominicana como socio principal en una ofensiva regional contra el narcotráfico.
“Nuestro país enfrenta una amenaza real... Una amenaza que no conoce fronteras ni banderas”, declaró el presidente dominicano. Desde 2019, el país ha incrementado en casi diez veces la cantidad de drogas decomisadas por año, gracias a la cooperación directa con las agencias estadounidenses.
¿Qué implica la presencia militar de EE. UU. en suelo dominicano?
El acuerdo permitirá que Estados Unidos despliegue aviones cisterna KC-135 Stratotanker para realizar repostajes aéreos, expandiendo la red de vigilancia sobre aguas y cielos caribeños. También incluyen la llegada de aviones C-130 Hercules, que facilitarán operaciones de rescate, evacuaciones médicas, monitoreo meteorológico e incendios forestales, según información oficial.
Pero más allá de los aspectos técnicos, el trasfondo geopolítico es claro: Estados Unidos necesita aliados cercanos para intensificar su lucha contra los flujos de narcóticos provenientes especialmente de Sudamérica, pasando por el Caribe hacia América del Norte.
Una estrategia que se extiende por el Caribe
La visita de Hegseth a Santo Domingo se suma a una serie de encuentros recientes de altos mandos estadounidenses en la región. Tanto él como el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, el general Dan Caine, han visitado Puerto Rico, Trinidad y Tobago y han explorado operaciones similares con países como Granada.
En Trinidad y Tobago, por ejemplo, Hegseth logró el visto bueno para entrenamientos conjuntos con militares locales y obras de infraestructura. La primera ministra Kamla Persad-Bissessar ha respaldado abiertamente las operaciones militares estadounidenses contra el narcotráfico, llegando incluso a declarar: “el ejército de EE.UU. debería matarlos a todos violentamente”, refiriéndose a los traficantes. Estas polémicas declaraciones provocaron tanto apoyo como críticas.
¿Una alianza verdadera o una cesión de soberanía?
El anuncio de la operación conjunta ha encendido el debate en círculos académicos y políticos de la República Dominicana. Aunque Abinader afirmó que se respetará la “soberanía y leyes” nacionales, algunos expertos temen que se esté abriendo la puerta a una nueva forma de injerencia de EE.UU. en la región.
No es la primera vez que se cuestionan los acuerdos militares con Washington. Durante décadas, América Latina ha tenido una relación ambivalente con la presencia militar norteamericana. Históricamente se recuerda la ocupación estadounidense de la República Dominicana entre 1916 y 1924, así como intervenciones más recientes en Haití, Panamá y Granada.
Narco-terrorismo: ¿retórica o realidad?
Hegseth fue claro en su mensaje: “Estamos absolutamente serios en esta misión. Sabemos de dónde salen, a dónde van y qué traen”. Según datos presentados por las fuerzas armadas estadounidenses, se han lanzado 83 ataques coordinados contra presuntas embarcaciones de narcotraficantes desde septiembre hasta la fecha.
El término “narco-terroristas” ha sido utilizado frecuente y estratégicamente por voceros del gobierno de Trump para justificar su ofensiva marítima y aérea, incluso generando especulación sobre si estas operaciones buscan indirectamente poner presión sobre Nicolás Maduro en Venezuela. Si bien Hegseth y Caine evitan mencionarlo directamente, sus movimientos en islas colindantes como Trinidad y Granada alimentan esa teoría.
Más vuelos, más turismo, ¿más control?
Paralelamente, la República Dominicana autorizó la llegada de 800 nuevos vuelos, provenientes principalmente de turistas que desviaron sus planes originales en Jamaica tras el paso del huracán Melissa. Irónicamente, este refuerzo del tráfico aéreo civil coincide con la intensificación del monitoreo militar de los cielos. Todo mientras se proyecta una ocupación hotelera del 95% durante la temporada alta.
La convergencia entre refuerzo turístico y refuerzo militar plantea una pregunta crucial: ¿Qué tan permeable es la línea entre cooperación estratégica y militarización del Caribe?.
Un precedente en una región históricamente estratégica
Desde la firma del Tratado del Canal de Panamá hasta la Doctrina Monroe, Estados Unidos mantiene desde hace más de un siglo el interés de crear un “anillo de seguridad” en el Caribe. Las más recientes movidas, bajo retóricas de asistencia técnica, parecieran ser una reinterpretación moderna de esos intereses geopolíticos históricos.
La República Dominicana, al prestar su territorio como eje logístico, se convierte en el primer país del Caribe en formalizar este tipo de cooperación en el contexto de los ataques de 2025. Abinader marca un hito, pero también asume un riesgo: caminar por la delgada línea entre liderazgo regional y subordinación estratégica.
¿Y qué gana realmente la República Dominicana?
En términos económicos, la relación con EE.UU. ha significado acuerdos de cooperación, inversión en seguridad y apoyo técnico. El impulso turístico reciente también podría reforzarse con la promoción de una imagen de “país seguro y protegido”.
Pero los críticos señalan que exponerse a tensiones regionales o internacionales podría dañar la tradicional postura neutral de la isla, especialmente en una región cada vez más polarizada con actores emergentes como China y Rusia tratando de expandirse en el Caribe.
El futuro inmediato: cooperación, resistencia o conflicto silente
Todo indica que esta nueva etapa de cooperación militar se mantendrá al menos hasta mediados de 2026. Durante este tiempo, el país deberá navegar cuidadosamente entre preservar su soberanía, consolidar logros en seguridad antinarcóticos y no transformarse sin quererlo en un peón dentro de un juego de poder mayor.
Como dijo Abinader: “Ningún país puede ni debe enfrentar solo al narcotráfico”. La pregunta que queda es: ¿a costa de qué?
