El parque no es para todos: la nueva tarifa para turistas extranjeros reaviva el debate sobre el acceso a los parques nacionales de EE. UU.
Mientras los extranjeros pagarán $100 por persona para ingresar a parques como Yellowstone y el Gran Cañón, la medida genera preocupaciones sobre la equidad, el impacto en el turismo y la sostenibilidad ambiental
Una tarifa que marca un antes y un después
El reciente anuncio del Departamento del Interior de EE. UU. ha desatado un intenso debate: a partir del 1 de enero, los turistas extranjeros deberán pagar $100 por persona para ingresar a parques nacionales emblemáticos como Yellowstone, el Gran Cañón, Yosemite, Bryce Canyon y otros. Además, el pase anual para extranjeros costará $250 por vehículo, en contraposición al costo actual de $80 para los residentes estadounidenses.
La medida, que se presenta como una estrategia para generar fondos destinados al mantenimiento de estos espacios naturales, ha sido descrita por las autoridades como parte de una política de "America-first pricing", o precios prioritarios para los estadounidenses. Este modelo busca que los extranjeros contribuyan más a la conservación de los parques. Sin embargo, desde Montana hasta Arizona, la repercusión ya se deja sentir entre operadores turísticos, dueños de negocios locales y expertos en turismo.
¿Un incentivo económico o una barrera turística?
Según el Property and Environment Research Center (PERC), el aumento de tarifas podría devenir en ingresos anuales de hasta $55 millones solo para Yellowstone. Si se aplicara a todos los parques nacionales, el cálculo apunta a una recaudación de más de $1,000 millones provenientes de aproximadamente 14 millones de visitantes internacionales anuales. Brian Yablonski, presidente de PERC, asegura: "Es un enfoque de sentido común. Los estadounidenses ya pagan con sus impuestos. Es justo que los visitantes internacionales también contribuyan".
Este punto de vista resuena con prácticas establecidas en otras partes del mundo. En las Islas Galápagos, Ecuador, los turistas extranjeros pagan $200 por entrada, mientras que los ciudadanos locales solo pagan $30. Algo similar ocurre con Machu Picchu en Perú o las reservas naturales de Sudáfrica. Melissa Weddell, directora del Instituto de Investigación en Turismo y Recreación de la Universidad de Montana, afirma: “Casi todos los países con grandes atractivos naturales aplican tarifas diferenciadas, ya que el mantenimiento es costoso y los recursos son limitados.”
La otra cara: pérdida de turismo y desigualdad de acceso
No todos celebran esta política. Mark Howser, dueño del Whistling Swan Motel cerca del Parque Nacional Glacier, expresó su frustración: “Aproximadamente 15% de mis clientes son extranjeros. Con este aumento, muchos no vendrán. Es un golpe directo a los ingresos de mi negocio.”
Varias organizaciones han levantado la voz. Emily Thompson, directora ejecutiva de la Coalición para Proteger los Parques Nacionales de EE.UU., denunció: “Con recortes de personal de hasta un 25%, esta carga financiera no sólo es injusta, sino que complica aún más la labor del personal ya sobrecargado.”
La organización ambientalista Sierra Club también fue crítica. Su vocero, Gerry Seavo James, argumentó que esta medida “genera una brecha entre quienes pueden pagar y quienes no. Los parques se están convirtiendo en un lujo para pocos”. Su campaña Outdoors for All ha enfatizado que los espacios naturales deben ser accesibles sin importar nacionalidad o nivel económico.
Un ingreso clave para parques en deterioro
La Administración Trump ha defendido enérgicamente esta decisión como una forma de enfrentar la crisis presupuestaria de los Parques Nacionales. En palabras del exsecretario del Interior, Ryan Zinke, actualmente congresista por Montana: "Esta medida asegura que los parques sigan funcionando sin incrementar la carga para las familias estadounidenses".
La situación financiera de estos parques no es nueva. Varios informes han señalado que el sistema del National Park Service enfrenta un déficit acumulado superior a los $12,000 millones para tareas de mantenimiento, infraestructura y personal. Carreteras rotas, puentes colapsados y senderos clausurados son frecuentes en parques como Grand Teton o Sequoia.
El dilema ético del cobro diferencial
Quienes se oponen al cobro diferenciado señalan que el concepto de bienes comunes se ve afectado. “Los parques nacionales deben hermanar culturas y naciones, no dividirlas”, sostuvo Claire Tomasetti, antropóloga ambiental radicada en Colorado. “Esta medida contradice el valor fundacional de nuestros espacios naturales: ser accesibles para todos.”
Esto reaviva un debate ético de largo aliento: ¿deben los paraísos naturales ser financiados por quienes los visitan o por quienes los poseen? La respuesta suele ubicarse en una zona gris, donde la sostenibilidad económica debe equilibrarse con la inclusión social.
¿Un experimento con repercusiones globales?
Hay quienes ven esta política como un posible modelo de referencia para otros países. El profesor Vittorio Dell’Acqua, investigador de políticas públicas en Italia, afirma: “EE. UU. podría estar abriendo una senda: usar tarifas diferenciadas no sólo como una herramienta fiscal, sino también diplomática. Es una manera de marcar soberanía sin cerrar fronteras.”
No obstante, advierte que en tiempos donde el turismo promueve intercambios culturales esenciales, “cualquier decisión que excluya por razones económicas puede tener efectos colaterales profundos, tanto en la imagen del país como en sus relaciones internacionales”.
La temporada turística dirá la última palabra
Bryan Batchelder, de Let’s Go Adventure Tours en Yellowstone, cree que habrá un impacto, sobre todo a corto plazo. “Trabajo con clientes de Canadá, India, España… esto va a provocar fricción. Muchos seguirán viniendo, pero es muy probable que opten por destinos que no impliquen ese gasto adicional.”
Con un verano por delante, operadores turísticos y autoridades esperan ver cómo reacciona la industria. Mientras tanto, algunas voces piden que se evalúen métodos alternativos de recaudación: contribuciones voluntarias, donaciones privadas, incentivos por sostenibilidad o incluso impuestos verdes al transporte.
Mientras el mundo observa, la frontera entre conservación y comercio se vuelve cada vez más difusa. Y el acceso a la naturaleza en Estados Unidos podría cambiar no solo por cuánto ames los parques nacionales, sino también por cuán grande sea tu billetera.
