El futuro del petróleo canadiense: ¿Es la costa del Pacífico la vía para liberarse de la dependencia de EE.UU.?

El acuerdo entre Mark Carney y Danielle Smith reaviva el debate sobre la expansión energética en Canadá frente a la oposición ambiental y las tensiones internacionales

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Un nuevo capítulo en la estrategia petrolera de Canadá

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, y la premier de Alberta, Danielle Smith, han firmado un acuerdo que podría transformar la estructura energética del país. El objetivo principal: permitir la construcción de un nuevo oleoducto hacia la costa del Pacífico para reducir la dependencia de los Estados Unidos como único comprador del petróleo canadiense.

Este memorando de entendimiento no solo apunta a diversificar el mercado de exportación, especialmente hacia Asia, sino también a levantar parcialmente la prohibición de petroleros en las aguas de la Columbia Británica. La medida ha abierto un nuevo frente político, ambiental y social a nivel federal y provincial.

Antecedentes: ¿por qué la costa del Pacífico es crucial?

Canadá posee la tercera mayor reserva de petróleo del mundo, detrás de Venezuela y Arabia Saudita. Se estima que solamente Alberta tiene alrededor de 164 mil millones de barriles de reservas comprobadas, la mayoría en arenas bituminosas. Sin embargo, el 98% de las exportaciones de petróleo canadiense van a Estados Unidos, lo cual deja su economía petrolera vulnerable ante políticas o tarifas del país vecino.

“Tenemos que dejar de depender de un solo cliente. Estas reservas deben abrirse al mundo, especialmente a los mercados asiáticos”, afirmó Danielle Smith.

Y no es para menos. La reciente oleada de aranceles impuestos por EE.UU. a sectores como el acero y la madera ha encendido las alarmas en Ottawa. Carney ha declarado que busca duplicar las exportaciones no estadounidenses para 2035, como una manera de fortalecer la soberanía económica del país.

Fracaso y controversia: el caso del oleoducto Northern Gateway

Este no es el primer intento de llevar el petróleo de Alberta al Pacífico. En 2016, el entonces primer ministro Justin Trudeau aprobó un controvertido oleoducto desde las arenas bituminosas hacia la costa de Columbia Británica. Pero ese oleoducto, conocido como Trudeau Line, tuvo que ser financiado y construido por el mismo gobierno federal debido a la férrea resistencia de comunidades indígenas y grupos ambientalistas.

Al mismo tiempo, Trudeau rechazó el proyecto Northern Gateway, que habría transportado 525.000 barriles diarios hacia Asia. ¿Por qué? Porque debía atravesar el Bosque Lluvioso del Gran Oso, uno de los ecosistemas más biodiversos de Canadá.

“No podemos arriesgar uno de nuestros patrimonios naturales por el interés económico de corto plazo”, dijo Trudeau en su momento.

¿Qué dice la Columbia Británica?

El primer ministro de Columbia Británica, David Eby, no tardó en responder. Acusó a Ottawa de amenazar proyectos de desarrollo existentes y de romper consensos alcanzados con las Primeras Naciones costeras al considerar la suspensión parcial de la prohibición de petroleros. La oposición es feroz, tanto por sus implicaciones ambientales como por el impacto cultural y espiritual en las comunidades indígenas.

Eby defiende a estas comunidades, que han sido históricamente marginadas en las decisiones energéticas del país, subrayando su derecho a ser consultadas bajo el principio de consentimiento previo, libre e informado, reconocido internacionalmente por la ONU.

Carbono vs crudo: la paradoja climática

El acuerdo entre Carney y Smith no contempla solamente petróleo. También asocia el recién propuesto oleoducto con un ambicioso proyecto de captura y almacenamiento de carbono (CCS). Según declaraciones oficiales, ambos proyectos deben desarrollarse en paralelo, como condición para su ejecución.

Pero este enfoque tiene sus detractores. Según informes del Instituto Pembina, una organización canadiense sin fines de lucro en favor del medio ambiente:

  • 90% de las emisiones en Alberta provienen de la industria energética.
  • Las tecnologías de captura de carbono han reducido menos del 5% de dichas emisiones al día de hoy.

Organizaciones ambientales afirman que estos proyectos funcionan como “lavado verde”, socavando los esfuerzos reales por una transición energética justa y sostenible.

Presión internacional: la sombra de China

Carney fue claro: la prioridad es convertir a Asia ese nuevo gran cliente. En el fondo, esa estrategia gira en torno a China, el segundo mayor consumidor de petróleo del mundo y el principal cliente energético del planeta fuera de EE.UU. No obstante, no todo es color rosa: el proceso de exportación depende de una cadena de suministro marítima en la región del Indo-Pacífico cada vez más en disputa.

Esto levanta interrogantes sobre la viabilidad a largo plazo del modelo económico que pretende exportar crudo a regiones tan inestables política y comercialmente.

“Exportar a Asia no es simplemente una decisión logística; es una declaración geopolítica de independencia energética frente a Washington”, afirman analistas de política internacional como Jeffrey Simpson.

¿El fin de la era Trudeau?

Cabe destacar que el impulso actual se distancia de la línea más cautelosa adoptada por Justin Trudeau. Si el gobierno logra avanzar en estas iniciativas, podríamos estar presenciando un giro ideológico en la política energética federal, con una postura más abiertamente pro desarrollo fósil. Esto, a pesar de la promesa de alcanzar neutralidad de carbono para 2050 y las firmes obligaciones del país bajo el Acuerdo de París.

No obstante, también hay voces más optimistas que ven en esta jugada una oportunidad. Desde ONG empresariales hasta think tanks liberales, algunos argumentan que la expansión del mercado petrolero puede ir de la mano de la innovación climática, siempre que las inversiones sean sustanciales y no meramente simbólicas.

¿Qué sigue?

El camino hacia este nuevo oleoducto está lejos de ser claro. Carney mismo lo reconoció al declarar que sin promotores del sector privado no habrá proyecto. Además, exige una nueva rodada de negociaciones con Columbia Británica para crear los consensos territoriales y ambientales necesarios.

Lo que está en juego no es únicamente la construcción de un oleoducto más, sino la redefinición de la estrategia energética de un país con vastos recursos, pero atrapado entre la urgencia climática y la lógica del mercado global.

Mientras tanto, los canadienses observan con cautela una política que podría reconfigurar su relación con Estados Unidos, con Asia y con el planeta.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press